Las primeras elecciones generales celebradas en Israel tras los trágicos sucesos del 7 de octubre de 2023 tuvieron lugar el martes 27 de octubre de 2026. Más de una semana después de la votación, y habiendo sido desestimadas por los organismos electorales las acusaciones de fraude e injerencia extranjera presentadas por el actual gobierno de Netanyahu, conviene resaltar ciertos aspectos fundamentales del proceso.
En primer lugar, el partido Likud liderado por el primer ministro Netanyahu encabezó los resultados electorales, al adjudicarse la bancada más numerosa, con 27 de los 120 asientos en juego, pero implicó un retroceso frente a las 32 que obtuvo en 2022. Asimismo, el bloque oficialista, compuesto por el Likud junto a facciones de la ultraortodoxia antisionista, la extrema derecha nacionalista y el sionismo religioso, sumó únicamente 53 escaños, tras perder 15 plazas, quedando lejos de la mayoría absoluta de 61 escaños requerida para constituir un nuevo gobierno.
En segundo lugar, las distintas agrupaciones judías de la oposición obtienen en conjunto 48 bancas. La fuerza más votada de este espacio es el nuevo partido Yashar, conducido por Gadi Eisenkot, que alcanza 21 escaños. Se trata de un conglomerado heterogéneo que reúne desde sectores de centroizquierda como Demócratas (ocho escaños) hasta agrupaciones de derecha como Juntos/Beyajad (12 escaños) y de extrema derecha como Israel Beitenu (siete escaños).
En tercer lugar y, quizás uno de los aspectos más determinantes y significativos de la jornada electoral, el bloque conformado por las fuerzas políticas israelíes árabes alcanzó un récord electoral histórico. Con una participación ciudadana en aumento dentro de las comunidades árabes, estas agrupaciones lograron consolidar una bancada de 19 escaños en la Knesset, distribuidos entre la Lista Conjunta, que obtuvo 11 escaños, y la agrupación islamista Ra'am, que conquistó ocho escaños.
El incremento sin precedentes de los partidos israelíes árabes no solo fortalece la representación política de la minoría árabe en la Knesset (el parlamento israelí), sino que también posiciona a este bloque como un actor decisivo en el equilibrio de poder, abriendo la posibilidad de incidir directamente en las negociaciones para la formación de una coalición de gobierno o para la viabilidad parlamentaria de futuras alianzas.
A partir de los resultados electorales de octubre de este año, se perfilan tres escenarios principales para la constitución de un nuevo gobierno. Por una parte, una coalición encabezada por Eisenkot que cuente con el apoyo directo de las agrupaciones árabes o, al menos, con su abstención para permitir la investidura. Por otro lado, una opción de menor probabilidad en la que alguna lista opositora decida otorgar sus votos a Netanyahu. Y, finalmente, un escenario de estancamiento donde ninguna facción logre reunir el mínimo de 61 firmas exigidas para formar gobierno, a causa de los vetos cruzados entre la oposición, Netanyahu y las agrupaciones minoritarias, lo que obligaría a convocar a nuevas elecciones.
Sin embargo, un elemento crucial que podría incidir de manera determinante en la estructuración de la coalición gubernamental israelí es el resultado de las elecciones de medio mandato en Estados Unidos, efectuadas este 3 de noviembre de 2026. El severo revés electoral del Partido Republicano y el consecuente debilitamiento de las líneas políticas y de la capacidad de maniobra del segundo mandato del presidente Donald Trump suponen un claro contratiempo para Benjamín Netanyahu. Esto se debe fundamentalmente al estrecho vínculo estratégico, político e ideológico que históricamente ha unido a ambos liderazgos en el ámbito internacional.
A lo largo de su trayectoria política, Netanyahu ha respaldado de manera decisiva la agenda estadounidense alineada con las posturas conservadoras, beneficiándose de medidas de gran impacto simbólico y diplomático formuladas durante la primera administración de Trump, tales como el traslado de la embajada de Estados Unidos a Jerusalén y el impulso de los Acuerdos de Abraham. Del mismo modo, en el transcurso del conflicto reciente en Gaza y en las negociaciones multilaterales regionales, el liderazgo republicano en Washington había otorgado un firme respaldo a las acciones de la coalición israelí de derecha. Además, ambas dirigencias mantuvieron posturas convergentes frente a la guerra contra Irán.
En conclusión, las elecciones israelíes de 2026 reconfiguran el mapa político tras el impacto del 7 de octubre, dejando un escenario fragmentado donde ni el bloque oficialista de Netanyahu ni la oposición judía alcanzan la mayoría, situando a la bancada árabe en una posición importante de poder decisivo. Por lo tanto, la viabilidad gubernamental oscila entre una compleja coalición liderada por Eisenkot, una improbable reagrupación en torno a Netanyahu o el riesgo de un nuevo estancamiento electoral. Por su parte, el debilitamiento de la administración Trump tras las elecciones de medio mandato en Estados Unidos reduce el respaldo político y diplomático del Likud, complicando aún más las aspiraciones del primer ministro y redefiniendo las dinámicas de negociación parlamentaria en Israel.