Coescrita con Abraham Magluff Martínez, licenciado en Ciencia Política UTalca y doctorando en Ciencias de la Complejidad Social, Universidad del Desarrollo
El debate público sobre el conflicto y su discusión teórica suelen utilizar el término "teocracia" para describir el sistema político de Irán. Esta columna argumenta que esa categoría puede cuestionarse. Este posible error conceptual podría conllevar a consecuencias estratégicas que explican en parte por qué sus enemigos -como Estados Unidos- no han podido someterlo ni acabar con su régimen.
La literatura especializada distingue dos conceptos que pueden confundirse. Por un lado, la "teocracia" refiere a una soberanía divina, un orden político donde la legitimidad última es sobrenatural y se concentra en una figura sagrada e irremplazable. Por otro lado, la "hierocracia", refiere al dominio institucional del clero sobre la vida política, donde la autoridad religiosa está constitucionalizada y trasciende a cualquier individuo. Tiende a vincularse a un régimen de sacerdotes más que a la divinidad misma.
Las teocracias históricas ilustran la diferencia con claridad. En el Egipto faraónico, el faraón era un dios, no un representante de Dios. En el Imperio Inca, el sapa inca era hijo del Sol. En ambos casos la legitimidad era ontológicamente personal y divina. Cuando Pizarro capturó a Atahualpa, el sistema no tuvo mecanismos institucionales para resistir porque la legitimidad estaba concentrada en esa figura. Para el caso de Irán, la evidencia podría demostrar lo contrario.
El Velayat-e Faqih, el principio de gobierno del jurista supremo establecido por Khomeini, no se basa en el poder de una persona sagrada. Es una institución clerical con más de 500 años de historia en el chiismo, constitucionalizada en 1979. El teólogo Osredkar y Ghobadzadeh describen a Irán como una "hierocracia híbrida", que combina dominación clerical institucionalizada con mecanismos electorales, facciones clericales rivales y tensiones persistentes entre el establishment religioso de Qom y el poder político de Teherán. Siguiendo a Sartori, opera además como un sistema de partido hegemónico donde la disidencia existe, pero solo para legitimar al régimen, nunca para desafiarlo realmente.
Esa arquitectura explica en parte su resistencia frente a intentos de derrocamiento del régimen. Teniendo en cuenta que sus principales enemigos son Israel y Estados Unidos cabe destacar las acciones acontecidas en 2026. Washington tuvo por objetivo derrocar el régimen iraní mediante la muerte a su líder supremo. Sin embargo, no eliminó el Consejo de Guardianes ni las facciones clericales que disputarían la sucesión, ni los 500 años de historia institucional que respaldan el sistema.
Los conflictos entre ambos actores dan a entender que persiguen sus intereses nacionales no sólo en términos materiales, sino también políticos. El derrocamiento a un régimen y a un sistema político evidencia un antagonismo entre democracia y teocracia aparentemente. Es decir, los valores democráticos occidentales son parte fundamental indirectamente de una retórica que podría utilizar Trump para justificar sus acciones. De esta manera, las narrativas utilizadas en estos términos teóricos tienden a contradecirse y a generar un enemigo externo que no cumple con los elementos básicos de una democracia.
Sin embargo, el interés de Estados Unidos puede verse cuestionado en cuanto a los términos en que cataloga a su principal enemigo. El clero mantiene su poder, el sistema político no cambia con el derrocamiento del régimen. Las políticas llevadas a cabo por Irán se mantienen, por tanto, pareciera ser que el sistema teocrático no es el que se elimina. Para llevar a cabo las acciones acordes a la agenda exterior estadounidense se deben tener en cuenta estas nociones teóricas y analizar en detalle cómo se comportan los principales actores iraníes.
En definitiva, en un conflicto de esta envergadura no sólo tienen relevancia los aspectos militares y económicos sino también geopolíticos a escala internacional y regional. Al parecer, Estados Unidos diseñó una operación para desestabilizar una teocracia, pero encontró una hierocracia híbrida. El error conceptual fue también un error estratégico que no logró el cometido e incluso pudo fortalecer a actores internos.