En tiempos de polarización, incluso la memoria parece obligada a competir. Como si recordar una tragedia significara minimizar otra. Como si honrar a unas víctimas implicara negar el dolor de otras. Como si el sufrimiento humano tuviera que organizarse en un ranking para ser validado. Pero la memoria no compite. La memoria enseña.
Conmemorar el Holocausto cada 27 de enero no es un acto exclusivo, ni identitario, ni reservado para una comunidad en particular. Es un ejercicio universal de conciencia. Un recordatorio de hasta dónde puede llegar una sociedad cuando la deshumanización se convierte en lo normal. Y ese es el punto central: el Holocausto es una tragedia histórica pero, también es un espejo. No para mirarnos con culpa, sino para mirarnos con responsabilidad y visión de futuro.
El Holocausto no empezó con cámaras de gas. Empezó con palabras. Con estereotipos. Con caricaturas. Con rumores. Con teorías conspirativas. Con la idea de que había un grupo humano que no merecía los mismos derechos, la misma dignidad, la misma vida. Y cuando eso se normaliza, el resto llega después.
La memoria del Holocausto nos recuerda que la indiferencia no es una postura cómoda: es una complicidad pasiva. Nos recuerda que los discursos que deshumanizan no son "opiniones fuertes": son señales de alerta. Nos recuerda que el odio no siempre se presenta con violencia explícita: a veces se presenta con una sonrisa, con un meme, con una frase repetida.
Por eso, recordar el Holocausto no es una "competencia de dolores". Es un llamado a comprender el mecanismo de la persecución. Cuando se recuerda el Holocausto, se está diciendo algo mucho más profundo: cuando se rompe el límite moral que protege la dignidad humana, nadie está a salvo.
Es fundamental que la memoria no se transforme en un campo de batalla ideológico. Que no se use como arma para humillar al otro, sino como herramienta para elevar el estándar ético de todos.
Por eso, este 27 de enero, la pregunta no debería ser "¿por qué recordar esto?". La pregunta debería ser ¿qué tipo de sociedad queremos ser cuando recordamos? Porque si algo nos deja el Holocausto es una lección que atraviesa generaciones: el odio no necesita mayoría para crecer. Solo necesita silencio. Y si la memoria sirve para algo, es precisamente para romper ese silencio.
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