Del riesgo a la resiliencia: restaurar el territorio para recuperar el agua

Los temporales que afectaron a la Región de Coquimbo durante julio de 2026 dejaron una lección categórica: el desafío actual no es solo cuánta lluvia cae, sino cuánta agua es capaz de retener el territorio cuando ocurren.

Tras más de una década de megasequía, las precipitaciones intensas provocaron erosión, activación de quebradas y graves daños en infraestructura rural. Millones de litros de agua escurrieron velozmente hacia el mar sin infiltrarse en los suelos ni contribuir a la recarga hídrica. La degradación del paisaje genera una profunda afectación socioambiental, erosionando los medios de vida de las comunidades rurales, profundizando su vulnerabilidad y debilitando los ecosistemas de los cuales dependen para subsistir. La paradoja es evidente: mientras enfrentamos escasez de agua, seguimos perdiendo la capacidad natural del territorio para almacenarla y generar bienestar a las personas que habitan en ellos.

La raíz del problema radica en la degradación acumulada de los ecosistemas. Suelos erosionados, escasa cobertura vegetal y pérdida de materia orgánica interrumpen los ciclos biogeoquímicos entre el suelo, el agua y las plantas, reduciendo drásticamente la infiltración, aumentando la escorrentía acelerando la desertificación y la vulnerabilidad frente a eventos extremos. En consecuencia, lluvias que podrían convertirse en una oportunidad de recuperación terminan profundizando la crisis ambiental y social del territorio.

Frente a este escenario, la adaptación al cambio climático hace necesario que se recupere la funcionalidad ecológica del territorio mediante soluciones basadas en la naturaleza que permitan restaurar la relación entre suelo, agua y vegetación.

Las Obras de Conservación de Agua y Suelo (OCAS) han demostrado ser herramientas altamente efectivas para este propósito. Mediante zanjas de infiltración, limanes y otras estructuras, es posible capturar la escorrentía, disminuir la erosión y favorecer el establecimiento de cobertura vegetal. Su verdadero potencial se consolida al integrarlas en un modelo sistémico que restaura la dinámica e interacción de todo el sistema suelo, agua y vegetación, devolviendo la sostenibilidad a las comunidades afectadas

Más de dos décadas de investigación desarrollada por el Instituto Forestal (Infor) en la Región de Coquimbo confirmar que estas intervenciones incrementan la humedad del suelo, potencian la recuperación de la cobertura vegetal y restablecen los servicios ecosistémicos esenciales para las amortiguar el impacto climático y asegurar el bienestar de las comunidades rurales.

La experiencia demuestra que la clave no es solo en construir obras, sino articular estrategias integrales de restauración territorial que conecten conservación ambiental con el desarrollo social y productivo.

La principal lección de los temporales de 2026 es que la seguridad hídrica no depende solo de la lluvia. Depende, sobre todo, de la capacidad de nuestros ecosistemas recuperar sus ciclos naturales, capturar el agua, almacenarla y ponerla nuevamente al servicio de las personas y la naturaleza. Invertir en restauración territorial no es un gasto ambiental: es una inversión estratégica e indispensable para el futuro de Chile.

Porque el agua no se pierde cuando deja de llover; se pierde cuando el territorio olvida cómo retenerla.