53 años después…

Hay algo inquietante en este 11 de septiembre. Han pasado 53 años desde el golpe de Estado y, en vez de alejarnos de aquella fractura, pareciera que volvemos a acercarnos a ella. No necesariamente porque Chile sea hoy más pinochetista que antes -no estoy segura de que se pueda afirmar algo así-, sino porque algunas cosas que durante años parecieron quedar fuera de los márgenes aceptables del debate vuelven a decirse con una naturalidad que sorprende.

Hace 13 años, Sebastián Piñera habló de los "cómplices pasivos" de la dictadura, aludiendo a quienes sabían de las violaciones a los derechos humanos y no hicieron nada, o prefirieron no saber. Sus palabras provocaron molestia en su sector, por supuesto, pero las dijo un Presidente de la República, de una coalición de derecha y -más allá de la controversia- había algo que parecía haberse instalado como un mínimo común: el golpe significó la ruptura de la democracia y las violaciones a los derechos humanos no admitían justificación. Me pregunto si Piñera podría decir hoy lo mismo sin provocar una reacción bastante más dura desde esa misma derecha que lo respaldaba, o de la nueva derecha que trata de "cobarde" a la tradicional.

Tal vez lo que cambió sea algo más difícil de medir: el costo de decir ciertas cosas. Durante bastante tiempo reivindicar abiertamente a Pinochet, justificar el golpe o relativizar lo ocurrido después tenía un costo político. No impedía que hubiera personas que pensaran así, pero había una especie de pudor democrático. Ese costo hoy parece menor.

Hay datos que obligan, al menos, a hacerse la pregunta. En 2013, CERC-MORI registraba 16% de personas que consideraban que los militares habían tenido razón para dar el golpe. Diez años después eran 36%. No creo que una encuesta pueda explicar por sí sola cómo mira un país su historia. Pero 20 puntos tampoco son algo que pueda ignorarse.

Y hay otro dato que quizás conviene poner al lado. José Antonio Kast ganó la segunda vuelta presidencial con el 58,17% de los votos: más de 7,2 millones de chilenos votaron por él. Eso no significa, por supuesto, que esos millones de personas compartan su mirada sobre el golpe o sobre Pinochet. Sería una conclusión demasiado fácil. Pero tampoco votaron por un candidato cuya posición sobre esos años fuera desconocida. Kast nunca la escondió. Durante años habló sin demasiados complejos de lo que considera la obra del régimen militar y llegó incluso a decir que, si Pinochet estuviera vivo, votaría por él.

Quizás por eso no comparto del todo las críticas al Presidente José Antonio Kast por haber decidido pasar este 11 de septiembre fuera de Santiago, cumpliendo actividades de gobierno en la Región de Los Ríos, y no realizar una ceremonia oficial en La Moneda. Entiendo el argumento de quienes creen que el Estado debe conmemorar una fecha como ésta, pero también me pregunto qué ceremonia habríamos tenido hoy.

No sé si lo mejor para Chile era poner al Presidente en medio de un acto donde cualquier gesto podía terminar convirtiendo una conmemoración en otra cosa. Una bandera, una consigna, alguien intentando cantar la segunda estrofa del himno nacional. Bastaba muy poco para que el sentido completo de la jornada cambiara.

Eso no significa que el Presidente no tenga nada que decir. Se puede prescindir de una ceremonia y, al mismo tiempo, afirmar con claridad que hace 53 años se quebró la democracia, que las violaciones a los derechos humanos son injustificables y que nunca más un conflicto político debe resolverse por la fuerza. Para eso no hace falta estar en La Moneda.

Porque ése debería ser el piso. No una interpretación única de la historia. No pretender que todos pensemos lo mismo sobre Salvador Allende, la Unidad Popular o la crisis que vivía Chile en 1973. Podemos discutir todo eso, y probablemente seguiremos haciéndolo. Lo que me preocupa es que volvamos a discutir los límites.

La democracia tiene algo incómodo. Obliga a convivir con personas que piensan radicalmente distinto, aceptar derrotas, soportar gobiernos que no nos gustan, esperar elecciones, negociar cuando quisiéramos imponer. Es lenta y muchas veces frustrante.

Pero justamente de eso se trata. Cuando empezamos a creer que nuestra causa, nuestro miedo o nuestra certeza son suficientemente importantes como para saltarnos esas reglas, la democracia deja de ser una convicción y se convierte apenas en algo que defendemos cuando nos conviene.

No sé si Chile está más dividido frente al golpe que hace 10 o 15 años. Lo que sí percibo es menos pudor para reivindicar a Pinochet y menos costo al justificar aquello que durante mucho tiempo creímos que no debía volver a justificarse. Y eso, 53 años después, me parece bastante más preocupante que la ausencia de una ceremonia.