Andrés Zaldívar, un imprescindible

El miércoles pasado tuve el privilegio de participar en un emotivo y merecido homenaje que se hizo a Andrés Zaldívar, con motivo de sus 90 años de vida. Una vez terminado el acto, creo que todos los asistentes sentimos que habíamos participado de un encuentro lleno de sentido, fundamentalmente por dos elementos: el cariño y la admiración que sentimos respecto del homenajeado y los valores que han inspirado su vida.

Andrés Zaldívar pertenece a esa generación de políticos que entendieron el poder como un instrumento de servicio y no como un fin en sí mismo. Abogado de gran talento, acogió tempranamente el llamado del presidente Eduardo Frei Montalva y optó por dedicar su vida al servicio público. Fue ministro de Estado, parlamentario, presidente del Senado, de la Democracia Cristiana y de la Internacional Demócrata Cristiana. Pero, más allá de los cargos que ejerció, lo que distingue su trayectoria es la coherencia entre sus convicciones y su conducta de vida, su modestia, inteligencia y su genuina vocación de servicio.

Don Andrés conoció la adversidad. Su valiente lucha en contra de la dictadura de Pinochet le costó el exilio. Sin embargo, a pesar de la persecución y las incomprensiones que sufrió junto a su familia, jamás ha tenido una actitud odiosa o revanchista. Por el contrario, a través del diálogo franco y respetuoso, y más allá de las caricaturas que se hacen (y que él ha sabido enfrentar con un sano sentido del humor), ha procurado siempre construir acuerdos lo más transversales posibles, los que han permitido avanzar a mayores grados de libertad, justicia social y solidaridad (más allá de nuestros problemas y carencias, nadie debería cuestionar que el país de hoy es muy distinto al Chile de 1990).

Probablemente uno de los momentos que más emotivos de su intervención fue cuando llamó a los asistentes a recuperar la esperanza. En tiempos de "vacas flacas" para los partidos reformistas y de centro, nos invitó a reivindicar la vigencia de los valores y principios del humanismo cristiano (teniendo como base principal la Doctrina Social de la Iglesia Católica), especialmente respecto del valor universal de los derechos humanos y del valor intrínseco de la democracia (a propósito de esto, criticó duramente el doble estándar de los partidos y dirigentes políticos que siguen apoyando regímenes totalitarios y dictatoriales en otras latitudes).

Tiene razón Andrés Zaldívar: en tiempos de polarización, individualismo y desencanto con la política, el humanismo cristiano conserva una extraordinaria vigencia. Su riqueza radica precisamente en su capacidad de conciliar aquello que algunos presentan como contradictorio: los principios del cristianismo con el valor universal de la democracia, de la fe con la razón (cómo no va a ser importante en un mundo que muchos países son gobernados por fanáticos religiosos o que mantienen un sistema teocrático), la libertad con la solidaridad (¿Quién se hace cargo de los perdedores de un mundo cada vez individualista, por ejemplo de los cientos de miles de niños y jóvenes que han desertado del sistema escolar?), y el progreso económico con la justicia social (sin crecimiento económico no hay posibilidad alguna de generar oportunidades y de financiar las políticas sociales en favor de las personas, especialmente los más pobres).

El mejor homenaje que podemos hace a Andrés Zaldívar no consiste sólo en valorar su trayectoria, sino que en proyectar hacia el futuro los valores que han inspirado su vida y en comprender que el humanismo cristiano no es un resabio (con olor a naftalina) del pasado, sino que una corriente de pensamiento capaz de seguir aportando respuestas a los desafíos del presente y del futuro. Tiene razón el homenajeado: hay razones para recuperar la esperanza.

Hay jóvenes viejos y viejos jóvenes. Andrés Zaldívar, (al igual que el presidente Lula, que fue reelegido como mandatario de Brasil) es un viejo joven que debería ser un ejemplo para las generaciones más jóvenes, por su testimonio y coherencia de vida al servicio de Chile.