Hay figuras que no necesitan presentación. Aparecen en escena y, antes de decir una palabra, ya instalaron un clima. En la escuela le llamábamos el matón del curso: era el que imponía reglas, el que subía el tono, el que confundía autoridad con abuso. No pedía permiso; avanzaba. No buscaba acuerdos; exigía obediencia. Y cuando alguien intentaba discutirle, la respuesta no era diálogo, sino castigo.
A tres semanas de iniciar el gobierno de José Antonio Kast, la sensación que empieza a instalarse en Chile es incómodamente familiar. No por nostalgia, sino por advertencia.
Porque las primeras decisiones no son neutras. Son señales evidentes. Cuando los primeros movimientos combinan alza en los combustibles, debilitamiento del Mepco, eliminación de programas Becas Chile, un portazo en política exterior a la expresidenta Michelle Bachelet, un ajuste fiscal de magnitud y el despido de la directora del Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género, lo que emerge va más allá de una agenda económica. Es una forma de ejercer el poder y el rol de jefe de Estado.
El alza de la bencina y el diésel no es una medida técnica más. Golpea directamente el bolsillo de las familias, encarece el transporte, tensiona la inflación y termina afectando a quienes menos margen tienen para absorber esos costos. La modificación del Mepco -ese mecanismo que, con todas sus limitaciones, operaba como amortiguador- parece responder a una lógica más ideológica que pragmática: dejar que el mercado actúe, aunque el costo social sea evidente. El mensaje es claro: el Estado se retira incluso de donde podría proteger.
La eliminación de programas en Becas Chile, en tanto, es más que un recorte presupuestario. Es una definición de horizonte. Es decirles a miles de estudiantes que la formación en el extranjero, la especialización y el capital humano avanzado dejan de ser una prioridad país. Es clausurar una política pública que, más allá de sus críticas, representaba una apuesta por el conocimiento como motor de desarrollo. El matón del curso no cree en eso. Cree en lo inmediato, en lo utilitario, en lo que no incomoda a su propio relato.
En política internacional, el retiro del apoyo a la candidatura de la expresidenta Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU es un gesto cargado de simbolismo. Chile abandona una carta con reconocimiento global, no por falta de méritos, sino por diferencias políticas internas. Es el repliegue de una tradición de Estado en favor de una lógica de trinchera. Otra vez: no se busca construir, se busca marcar territorio.
Pero hay decisiones que, más que ideológicas o programáticas, interpelan directamente el plano humano y ético del ejercicio del poder. El despido de la directora del Servicio Nacional de la Mujer y Equidad de Género (SernamEG), Priscilla Carrasco, ocurre en un contexto particularmente delicado: se trata de una autoridad que actualmente enfrenta un diagnóstico de cáncer triple positivo y que se encuentra en tratamiento activo con quimioterapia e inmunoterapia.
No es un detalle accesorio. Es un elemento que tensiona cualquier justificación administrativa. Porque si bien todo gobierno tiene la facultad de designar y remover autoridades de su confianza, no todas las decisiones son equivalentes en su significado político y humano. Hay momentos en que el ejercicio del poder exige algo más que atribuciones formales: exige criterio, prudencia y, sobre todo, humanidad.
La señal que se transmite es inquietante. No sólo por lo que implica para la continuidad de una institución clave en materia de equidad de género, sino por lo que revela respecto de la sensibilidad del mando. En un servicio cuya misión es precisamente abordar desigualdades, vulnerabilidades y contextos de alta complejidad social, la remoción de su máxima autoridad en medio de una situación de salud crítica parece contradecir el estándar mínimo de empatía que el propio Estado debiera encarnar.
El matón del curso no distingue contextos. No matiza. No se detiene ante la circunstancia personal del otro. Aplica la regla con la misma dureza, independientemente de las consecuencias. Y en ese gesto -más que en el acto administrativo en sí- es donde se vuelve visible el estilo.
Pero quizás donde el tono se vuelve más explícito es en el ajuste fiscal. El anuncio de recortes por más de US$4.800 millones, sumado a una rebaja transversal del 3% del gasto en todos los ministerios y una poda adicional focalizada, instala una política de shock que no distingue contextos ni prioridades. La Dirección de Presupuestos operará como brazo ejecutor de un tijeretazo uniforme que, en nombre de la responsabilidad fiscal, puede terminar debilitando áreas sensibles del Estado y de los servicios públicos.
Ordenar las cuentas públicas es necesario. Nadie serio lo discute. Pero hacerlo sin gradualidad, sin diferenciación, sin considerar impactos sociales, es otra cosa. Es imponer disciplina sin diálogo. Es, nuevamente, la lógica del matón: todos pagan, todos se ajustan, todos se alinean. El problema no es sólo el contenido de las medidas, sino la narrativa que las envuelve. Se habla de "emergencia", de "urgencia", de "corregir el rumbo". Conceptos que, históricamente, han servido para justificar decisiones unilaterales y reducir espacios de deliberación. Cuando todo es urgente, nada se discute. Cuando todo es excepcional, las reglas dejan de importar.
En estas primeras semanas no estamos viendo un programa en ejecución. Estamos viendo un estilo de gobierno autoritario. Uno que privilegia la imposición sobre el acuerdo, la velocidad sobre la reflexión, la señal de fuerza por sobre la construcción de legitimidad. El matón del curso no necesita tener la razón. Le basta con que los demás guarden silencio.
Sin embargo, los países no son salas de clases. Las democracias, por definición, no funcionan bajo la lógica del miedo ni de la imposición. Funcionan -o deberían funcionar- sobre la base de contrapesos, diálogo y responsabilidad compartida.
Porque al final, más allá de la bencina, las becas, el gasto público o los cambios de autoridades, lo que está en juego no es sólo un conjunto de políticas. Es la forma en que se entiende y ejerce el poder. Y esa, a diferencia de cualquier otra, es la señal más difícil de revertir.