La Bandera nos hermana

Se han cumplido 200 años desde que el 18 de octubre de 1817, por decisión del Director Supremo Bernardo O'Higgins, fuera adoptada la bandera tricolor con la estrella solitaria como emblema patrio. Han sido dos siglos en que ha logrado unir y entregar un símbolo de identidad a Chile y su gente.

En comparación a Roma y su rol en la antigüedad, a la milenaria China o al imperio otomano, dos centenarios de Chile pueden parecer poco, pero aun así dos siglos son un tiempo decisivo, sobretodo en esta época en que la revolución científica y técnica y el impacto digital transforman los tiempos y lo que antes se producía en meses o años ahora convulsiona los países en fracciones de segundo.

Sin embargo, las revoluciones políticas y sociales también han conmocionado a la humanidad en su conjunto; tanto el desmoronamiento hasta el colapso de monarquías que parecían eternas, como el quiebre del  odioso sistema colonial que fuera un opresor muchos siglos, imponiendo las más crueles formas de esclavitud.

Asimismo, la instalación, crecimiento y posterior desaparición de la Unión Soviética y del bloque de países que se agrupaba en torno suyo, como la consolidación y posterior debilitamiento del Estado de Bienestar Social en Europa y la implantación de la democracia como sistema político de gobierno en la mayor parte del mundo y luego la oleada neoliberal de la última parte del siglo XX.

Todos son sucesos que con sus contradicciones plantaron la semilla de otro orden global.

En definitiva, durante este periodo de 200 años, la civilización humana vio modificarse sus propios cimientos, muy probablemente como nunca antes, y la bandera nacional se erigió en un factor simbólico de identidad y unidad de chilenos y chilenas.

Se confirma que el Estado - nación sigue en el centro de la organización de tipo institucional creada por la cultura universal en esta era del desarrollo humano. Incluso, cuando hay movimientos independentistas de regiones con fuerte identidad propia lo hacen con vistas a la formación de un nuevo Estado, que asuma esas funciones institucionales, culturales y sociales.

De modo que el carácter nacional del devenir social continúa siendo primordial. El aspecto universal del proceso civilizacional se expresa desde lo nacional, que lo concreta y realiza. Por eso, los ideales libertarios y de justicia social del socialismo, los que nacen y afianzan en la cultura universal son ideales que hunden sus raíces, se practican y proyectan en la realidad del país, fuera de ella son, simplemente, estériles.

Entonces, cuando la bandera de la estrella solitaria flamea con vigor acompañando el himno patrio, ante un estadio repleto de hinchas que representan el corazón del país, lo que ocurre es una firme expresión de la validez del sentido nacional que anima a la humanidad en el planeta.

Esa dimensión nacional, de vivir en ese tipo de comunidad humana, se contrapone a la xenofobia, al racismo y al odio a la diversidad que nubla a muchos grupos, de rasgos fascistas, que han aparecido el último tiempo. Amar la patria y valorar lo nacional no es lo mismo que el chovinismo que estimula la ira contra otras naciones. Esos son grupos exaltados que empujan a sus países a insensatas pugnas o guerras con sus vecinos.

Por eso, es importante insistir en que la bandera nos hermana para bien del país, con voluntad de diálogo y de representar en democracia las opciones legítimas de cada fuerza, con vistas a que la nación chilena pueda progresar y resolver con justicia e inclusión las necesidades de su gente.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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