Logros de Bachelet son indiscutibles, el problema es político

La cuenta de la Presidenta Michelle Bachelet ante el Congreso Pleno, basada en la ética de las convicciones y en un impresionante resumen de los cambios promovidos por su administración, representa una recuperación no solo del estado de ánimo de la Jefa de Estado sino un intento por recuperar sintonía con la ciudadanía que hoy le es esquiva en todas las encuestas.

Utilizando la metodología de la reafirmación irrefutable de los hechos, Bachelet rescata al menos dos de sus más profundas convicciones que están en el origen de su presidencia.

La idea de que este es un gobierno, distinto a todos los de la transición, que está emprendiendo transformaciones estructurales que erosionan las políticas neoliberales e incorporan , desde un rol activo del Estado, una protección social integradora y la visión de que ellas son una necesidad que representa el sentir de una población y de un país que quiere y requiere cambios y que ello, más allá de errores e incomprensiones temporales, al final será valorado, en el tiempo, independientemente de los costos políticos que hoy se paguen en materia de popularidad.

Bachelet le ha hablado a la historia, tratando de que el tono, la fuerza y la emoción de su alocución pueda influir también en el presente. Ha intentado, incluso, al final de su intervención, recuperar liderazgo en su coalición al convocar a la unidad a una Nueva Mayoría, que construida a la medida del enorme liderazgo con el cual ella retornó al país y con un programa en cuya elaboración no participaron orgánicamente los partidos, se ha dividido y vive una crisis terminal que obligará, en un escenario muy complejo, a una refundación de la centroizquierda sobre bases distintas a las que se construyó la propia Nueva Mayoría.

La Presidenta, como figura, salió fortalecida de su última cuenta anual. No abdicó de nada, no hizo ninguna concesión a nadie, instaló los avances en políticas públicas, en materia social, cultural, institucional, en infraestructura y en la separación de la política y el dinero. En cada momento lo comparó con las escasas realizaciones del gobierno de Piñera y advirtió con claridad de los retrocesos que podría implicar un triunfo de la derecha.

Con ello entregó convicciones a una Nueva Mayoría dividida y alicaída y convocó a quienes en la ciudadanía aún la apoyan. Dio un golpe de fuerza, para cerrar su gobierno con realizaciones en curso y con un paquete de proyectos de ley que de ser aprobados, en los escasos meses que faltan para el fin de su gobierno, permiten instalar el sello de un gobierno transformador y de que ella cumplió con lo prometido al país.

Ciertamente, el contexto y la ideología del discurso presidencial excluían , y así ocurrió, una autocrítica de los límites de la gestión gubernamental y, sobre todo, de aquello que subyace extendidamente en la subjetividad de la ciudadanía, más allá de cualquiera alegoría, de que este gobierno ha carecido de conducción política, que ha creado ,con los déficit en la elaboración de sus proyectos y con una equivocada fijación de prioridades, una enorme incertidumbre en la población y con ello descontento diversificado - que no obedece a una sola razón y que es socialmente transversal - y falta de confianza en el futuro.

Todo ello se transforma en una pesada mochila para la opción presidencial de la centroizquierda y Bachelet podría tener una doble derrota política: entregar nuevamente el gobierno a la derecha y, más grave aún, terminar su período con una centroizquierda que no encuentre el camino del diálogo ni el liderazgo preeminente para conducirlo y se divida definitivamente, rompiéndose el pilar en que se apoyó la exitosa lucha final contra la dictadura, la gobernabilidad y los éxitos obtenidos en el desarrollo del país por los gobiernos democráticos .

Es decir, la separación de la izquierda y la Democracia Cristiana, y con ello la vuelta a los gobiernos de minoría, a la trágica división de los tres tercios y a una involución del país en que una derecha electoral y socialmente minoritaria gobierne por largos años.

El balance final del gobierno de Bachelet no tendrá, por tanto, solo una larga lista de realizaciones más o menos concretadas - y que existen, son reales - sino muy preponderantemente un juicio sobre la crisis y dispersión del progresismo donde la Presidenta tiene responsabilidades al no asumir nunca, junto al liderazgo de Estado, de gobierno, el liderazgo de su coalición y preocuparse, en un diálogo directo y más permanente con los partidos, de construir los consensos necesarios para el apoyo a su gestión y de proyectar algunas figuras que pudieran levantar su legado y encabezar a la centroizquierda. Esto tampoco ocurrió en su primer gobierno y ello significó que pese a que su popularidad era enorme ganó la derecha y ello puede hoy volver a repetirse en un cuadro de gran deterioro de la imagen, del apoyo a su gobierno y a su propia figura.

Pese a que la Presidenta Bachelet ha sido desde muy joven militante socialista, que con mucho heroísmo trabajó en la clandestinidad durante la dictadura después del asesinato de su padre y de las detenciones y apremios personales que sufrió ella  y su madre, ella nunca ha confiado en los partidos políticos.

Fue el Presidente Lagos, y no su partido, el que la sacó de un auto voluntario anonimato en que se situaba, en una mujer que nunca ha ambicionado el poder, la incorporó al gabinete en dos carteras y la proyectó junto a Soledad Alvear como precandidata presidencial, asegurando su sucesión.

Bachelet no se siente cómoda en el diálogo, que a veces puede ser áspero, con los partidos ni con los parlamentarios. Su fuerza es el contacto directo con la ciudadanía y ha buscado construir allí su principal reserva política. Durante la campaña presidencial no le otorgó a los partidos un rol relevante ni en lo formal ni en las ideas programáticas. Ella, es verdad, ganaba con la ciudadanía.

En el primer período de su gobierno permitió que se construyera, con gente de los partidos pero al margen y por sobre ellos, una especie de “fuerza propia” que se distribuyó, liderada por su ministro del Interior Rodrigo Peñailillo, en todos los ministerios. Ese diseño fracasó rotundamente y posteriormente la mandataria no quiso o no logró reconectarse políticamente con los partidos e influir en el curso de los acontecimientos.

Ha gobernado con gente de su absoluta confianza sin que ello asegurara un vínculo permanente con el complejo organigrama de los partidos y con el individualismo típico de los parlamentarios.

No intervino oportunamente, en su propio partido, para asegurar que se crearán las condiciones de una primaria presidencial de la Nueva Mayoría que permitiera mantener unida a la coalición y lograr que el candidato o candidata emergiera con un gran liderazgo y posicionamiento. Por ello, su llamado a la unidad, hecho en su cuenta presidencial, es extemporáneo y carece de peso político.

Son las luces y sombras del gobierno de Bachelet. Un legado indiscutible en materia de derechos, libertades culturales, autonomía y protección social de las personas, un país que se encamina hacia una mayor igualdad especialmente en el plano de la educación, y, de otra parte, las grandes falencias políticas que es donde ella tendrá su mayor deuda en el presente y con el futuro. El problema es político.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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