Segunda vuelta, aprendamos de la historia

Hace algunas semanas, planteábamos en otra columna la necesidad vital de que el Frente Amplio tome una posición unitaria para enfrentar una eventual segunda vuelta entre Sebastián Piñera y Alejandro Guillier. En esta columna se buscará realizar un análisis político de la manera en la que las fuerzas de cambio han enfrentado estas coyunturas en el pasado, para sacar aprendizajes que nos permitan diseñar una estrategia sólida para esta ocasión, la que además debe servir para nuestros propios objetivos electorales, toda vez que la encuesta CEP ha mostrado que el paso de Beatriz Sánchez a segunda vuelta no es una quimera y la pregunta de cómo le ganamos nosotros a Piñera nos interpela de manera más clara.

La primera instancia de repechaje fue la de 1999, cuando Ricardo Lagos venció por estrecho margen a Joaquín Lavín en primera vuelta. La principal candidata de la izquierda fue Gladys Marín. Junto al PC llamaron a anular, con la lucidez de comprender a Lagos como un candidato neoliberal pese a su militancia socialista. Sin embargo, esa lucidez no sirvió como herramienta de conducción: los votos que obtuvo en primera vuelta la eterna Gladys fueron los que permitieron a Lagos vencer al candidato Opus Dei. Así, una primera lección es que cualquier posición que no se base con firmeza en las posiciones existentes realmente en la sociedad (e incluso en los votantes propios), corre el riesgo de caer en vanguardismos o testimonios que reafirman una posición propia sin mover un ápice las posiciones del resto.

El 2005 la instancia del balotaje produjo un quiebre de facto en las fuerzas extra duopolio. La división en la decisión ya fue una mala noticia, y el fracaso de las tácticas seguidas fue aún peor. Mientras el candidato presidencial Tomás Hirsch llamó a votar nulo con un destino similar a lo ocurrido con Gladys 6 años antes, el PC en esta ocasión decidió apoyar a Michelle Bachelet exigiendo 5 puntos: cambiar el binominal, establecer un derecho a huelga efectivo, cambiar el sistema de pensiones, rechazar Pascua Lama y verdad y justicia para las víctimas de DD.HH, con un énfasis en la primera demanda a la hora de llegar a un acuerdo. Ninguno de esos puntos se concretaron durante el gobierno 2005-2009. La lección en este caso es más clara: los tiempos de campaña son propicios para promesas genéricas, que cuando deben ser ejecutadas por la Concertación (o sus derivados) pueden desaparecer o “traducirse” a un código neoliberal.

En 2009 una Concertación en decadencia perdió por primera vez las elecciones, pese a los apoyos (sin vocación de disputar el eventual carácter del gobierno) dados por ME-O y Arrate.

En 2013, por el contrario, el triunfo de Bachelet nunca estuvo en duda. La estrategia más novedosa fue la tomada por RD, denominada colaboración crítica, en que tras un pacto por omisión para la elección en Santiago dispusieron militantes para trabajar en puestos de asesoría para las reformas en educación, sin integrarse como partido a la Nueva Mayoría.

En este caso, la evaluación debe hacerse de acuerdo a su capacidad de torcer el rumbo de las reformas, y la renuncia de tales asesores a mitad de camino es la mejor demostración de que aquello tampoco funcionó: la conducción de los ministros de la cartera nunca permitió una reforma que atentara contra los intereses de los mercaderes de la educación, como hubiese sido el expandir la educación pública, permitiendo que decenas de miles de jóvenes pudiesen estudiar allí en lugar de seguir enriqueciendo a tales mercaderes. Nuevas lecciones: de nada sirve que haya algunas personas muy preparadas pujando “por dentro” para reformas efectivas, si quienes deciden el rumbo político de las mismas siguen siendo del mismo proyecto político de la transición y su alianza con el gran empresariado.

Es fácil ser general después de las batallas, y el espíritu del resumen hasta aquí desplegado no es criticar decisiones pasadas, sino entender qué es lo que salió mal. En cada ocasión, o se construyó una posición cómoda que no incidió en el curso de las cosas, o se delegó en la Concertación la construcción de las reformas, las que terminaron a la medida de quienes se han enriquecido con el mercado en los derechos sociales.

En esta ocasión, con un Piñera encumbrado y un Frente Amplio con posibilidad de pasar a la segunda vuelta y con la necesidad de proyectarse como proyecto político más allá de las elecciones, los siguientes objetivos deben ser cumplidos.

Trabajar por asegurar nuestra competitividad si nosotros pasamos a segunda vuelta.

Acordar que, en caso de que no lo logremos, tendremos una posición unitaria, para seguir siendo una coalición después de noviembre.

Oponer a la tesis de apoyo al “mal menor” de la Nueva Mayoría los lineamientos concretos en torno a los cuales se podría derrotar a Piñera en una segunda vuelta, forzando a la candidatura de Guillier a definirse ante la necesidad de reformas que expulsen al mercado de los derechos básicos, tanto en términos de contenido como de entrega de poder al mundo organizado que ha permitido que estas reformas se discutan.

Esta tarea es la que permitirá que en una eventual segunda vuelta sin nosotros, la discusión no se reduzca al “todos contra Piñera” y refleje nuestra capacidad de mover la agenda hacia la superación de este neoliberalismo extremo.

Bien sabemos que cualquier reforma delegada a la Concertación o uno de sus derivados se transforma en más financiamiento para el mismo sistema.

Pero también sabemos que la sociedad sigue reconociendo diferencias entre los dos proyectos históricos del neoliberalismo local, especialmente cuando Piñera ya prometió, por ejemplo, más fondos para las clínicas privadas o recortar la precaria y recién aprobada ley de aborto.

El desafío en esta ocasión, es que la fuerza de nuestra coalición nos permita generar condiciones para que, estemos o no en segunda vuelta, sean los intereses excluidos de la sociedad los que avanzan, y los intereses de los dueños de Chile los que retroceden. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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