Monseñor Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, ejemplo a seguir por nuestros líderes religiosos

Al conmemorar el martirio, un 24 de marzo de 1980, de Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, arzobispo de San Salvador, no podemos dejar de reflexionar sobre el Chile de hoy y el compromiso de nuestros pastores, que parecen no tener el coraje ni la voluntad de monseñor Romero, para abandonar esa suerte de neutralidad que adormece, ese relativismo moral frente al poder, como si todo fuera aceptable o respetable (salvo la ferviente oposición al aborto) y donde su influencia, o lo que queda de ella, no la ponen para combatir decididamente un orden social y económico que destruye la naturaleza, las comunidades y que mercantiliza todo, incluso a las personas.

El papa Francisco ha sido valiente y claro en su mensaje, pero parece ser silenciado por sus propios hermanos obispos, que no reproducen ideas tan relevantes como:

"El derecho a la propiedad privada sólo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes creados, y esto tiene consecuencias muy concretas que deben reflejarse en el funcionamiento de la sociedad. Pero sucede con frecuencia que los derechos secundarios se sobreponen a los prioritarios y originarios, dejándolos sin relevancia práctica", Fratelli TuttiNº 120.

Quienes atentaron en contra la vida de monseñor Romero son, sin duda, los defensores de la propiedad privada, de sus privilegios y de las nuevas y viejas formas de esclavitud.

El asesinato fue concebido y coordinado por oficiales del ejército salvadoreño y líderes de grupos paramilitares de derecha, hombres de influencia que fueron capaces de impedir todo intento de hacerles responsables de su crimen y los que hasta hoy están impunes.

En mayo de 1980, una redada efectuada en una reunión de un escuadrón de la muerte produjo documentos que implicaban al líder de derecha Roberto D'Aubuisson quien en 1981 cofundó y dirigió el partido político Alianza Republicana Nacionalista (Arena) y sirvió como presidente de la Asamblea Constituyente de El Salvador de 1982 a 1983. Éste fue señalado por la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas para El Salvador como el autor del asesinato de monseñor Romero, murió en 1992 en la más absoluta impunidad. Su jefe de seguridad, Álvaro Saravia, fue uno de los ejecutores materiales.

En las semanas que siguieron, a mayo de 1980, los paramilitares de extrema derecha llevaron a cabo una serie de amenazas y ataques terroristas para asegurar la puesta en libertad de los conspiradores. D'Aubuisson y Saravia fueron puestos en libertad sin cargos. Varios años después, en una muestra más del poder de las oligarquías, de una forma irónica y cruel, el abogado privado de D'Aubuisson fue nombrado fiscal del caso Romero.

En 1986 se reabrió el caso y finalmente se descubrió evidencia de que conectaba a Saravia con el crimen. Para cuando un juez emitió una orden de arresto, Saravia había emigrado a Estados Unidos. El Salvador interpuso una petición de extradición con el gobierno Estadounidense, pero un año después la Corte Suprema Salvadoreña rescindió la orden de arresto y retiró la petición de extradición. El presidente de la Corte Suprema no era otro que el mismo abogado de D'Aubuisson.

Monseñor Romero, pese a un inicio conservador, se había convertido en una voz de esperanza para los oprimidos, en una figura central en la lucha contra la injusticia. Sus homilías, que denunciaban la represión y la desigualdad, eran escuchadas por miles y ofrecían consuelo a aquellos que sufrían bajo un régimen civil y militar brutal.

No tuvo miedo de tomar partido, la Teología de la Liberación tuvo un impacto profundo en él, moldeando su enfoque pastoral y su compromiso con la justicia social en El Salvador. Al tomar conciencia de las realidades que enfrentaba su pueblo, adoptó una perspectiva que enfatizaba la necesidad de luchar contra la injusticia y reconocer que la fe cristiana debe estar vinculada a la acción social y política.

Por ello su opción preferencial por los pobres, encarnó este principio al ponerse al lado de los más vulnerables y marginados. Su ministerio se centró en escuchar y amplificar las voces de aquellos que sufrían, convirtiéndose en un defensor de sus derechos.

Creía y vivía, especialmente desde su asunción como arzobispo de la arquidiócesis de San Salvador, que la fe no puede ser un asunto meramente personal o espiritual, sino que debe traducirse en acción concreta en el mundo; adoptó esta visión al utilizar su plataforma como arzobispo para denunciar las violaciones de derechos humanos y la represión estatal y de los grupos paramilitares de derecha. Sus homilías se convirtieron en un llamado a la acción, instando a la población a resistir la opresión y buscar justicia.

Criticó abiertamente las estructuras de poder que perpetuaban la pobreza y la violencia en El Salvador. Su valentía para desafiar a los poderosos y su rechazo a la indiferencia moral de la élite lo posicionaron como un líder que buscaba una transformación social. Esta crítica se reflejó en su mensaje pastoral, que abogaba por un cambio radical en la sociedad. Esto lo convirtió en un peligro para el sistema y lo puso en la mira.

A la humanidad y a Chile le hacen falta líderes religiosos de la estatura de Oscar Arnulfo Romero, que no claudiquen en la lucha por la justicia social, en su compromiso con los pobres y que sean valientes para enfrentar a las oligarquías, que no dudan en matar cuando se trata de defender sus privilegios.

Se necesitan pastores que sean capaces, en medio del horror y la muerte, de alzar su voz: "En nombre de Dios y de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben al cielo cada vez más tumultuosos, os suplico, os ruego, os ordeno, en el nombre de Dios, ¡cese la represión!".

Desde Facebook:

Guía de uso: Este es un espacio de libertad y por ello te pedimos aprovecharlo, para que tu opinión forme parte del debate público que día a día se da en la red. Esperamos que tus comentarios se den en un ánimo de sana convivencia y respeto, y nos reservamos el derecho de eliminar el contenido que consideremos no apropiado