Tierra Santa: cuando el dolor deja de ser noticia

A pocos días de que se cumplan tres años de los ataques de Hamas contra Israel -que dejaron alrededor de 1.200 muertos, cientos de secuestrados y marcaron el inicio de la guerra en Gaza- regresé a Tierra Santa. La coincidencia me resulta significativa: el 6 de octubre de 2023, un día antes de esos ataques, yo estaba en la misma región, ya que mi avión despegaba de Beirut después de una visita a Siria y Líbano.

Ambos viajes fueron como parte de una delegación de la fundación Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN), con el fin de conocer de cerca la realidad de los cristianos en Medio Oriente. Volver ahora tuvo un significado especial: comprobar cuánto ha cambiado esa tierra durante estos años de guerra y escuchar a los cristianos, sin desconocer el sufrimiento de las demás comunidades, porque estar ahí permite dimensionar una realidad que afecta profundamente a todos los habitantes de esa región.

Por razones de seguridad no mencionaré todos los nombres de las personas con las que conversamos. No fuimos a buscar respuestas políticas, sino a escuchar, y lo que encontramos fue una tierra exhausta, que clama por la paz.

Entre Israel y los Territorios Palestinos, los cristianos son una minoría muy pequeña: apenas el 1% de la población. Pero su presencia tiene una historia milenaria y, para muchos, abandonar su tierra no es sencillo. "Todos tenemos parientes o conocidos que se han ido", nos dijo una persona; otra resumió su realidad así: "Ser cristiano en este lugar es una vocación".

La falta de trabajo empuja a muchos a marcharse. La mayoría de las familias cristianas dependía del turismo y con la guerra llegó la caída de las peregrinaciones. Durante toda la semana que estuve ahí vi un solo grupo de peregrinos. En la Ciudad Vieja de Jerusalén, nuestro guía estaba emocionado, porque éramos los primeros turistas que atendía en tres años. Pero a pesar de su felicidad, su mirada revelaba preocupación y sufrimiento. En Belén, la plaza ubicada a un costado de la Basílica de la Natividad estaba vacía, y los locales, cerrados. Al igual que algunas de las calles cercanas a los lugares santos de Jerusalén.

Pero hay algo que me llamó especialmente la atención: pese a ser pocos, los cristianos siguen teniendo un papel que va mucho más allá de sus propias comunidades. La iglesia mantiene escuelas que alcanzan también a otras religiones. En los colegios del Patriarcado Latino de Jerusalén, por ejemplo, conviven niños cristianos y musulmanes, y esa convivencia les enseña desde pequeños que el otro no es una amenaza, sino alguien con quien compartir un futuro.

En Cisjordania nos reunimos con jóvenes cristianos que nos hablaron de su deseo de quedarse, pero también de la falta de oportunidades. Una joven profesional con compartió que la mayoría de sus amigos piensan en emigrar, porque no ven futuro en la tierra donde nacieron. Ayudar, entonces, no significa solo entregar asistencia de emergencia, sino crear oportunidades para que los jóvenes tengan razones concretas para quedarse.

En Gaza, la situación es todavía más dramática. Pudimos conversar por videoconferencia con el padre Gabriel Romanelli, párroco de la única iglesia católica de Gaza, quien nos habló de muerte, destrucción y carencias de todo tipo. Antes de la guerra había poco más de mil cristianos. Hoy la comunidad la forman 541 personas, que además intentan acoger a quienes han perdido sus casas, en una realidad donde el sufrimiento alcanza a casi toda la población. Sin embargo, incluso ahí encontramos esperanza: la parroquia acaba de reabrir una de sus escuelas. Impresiona ver cómo, en medio de tanta destrucción, hay personas que siguen apostando por la vida, la educación y la convivencia.

Las guerras tienen una segunda batalla: la del olvido. Hay un momento en que las imágenes dejan de aparecer en televisión y otras crisis ocupan nuestra atención, pero para las personas que conocimos, el dolor no desaparece cuando dejan de ser noticia. Detrás de cada cifra hay una familia, un joven que quiere quedarse en su tierra, un padre que busca trabajo.

En Gaza, hoy, 1.000 niños vuelven a clases en una escuela que hace poco era solo escombros. Ese colegio va a seguir abierto, con cámaras o sin ellas. La pregunta es si nosotros vamos a seguir mirando.