Tristemente, en Chile nos hemos acostumbrado a nombrar lo innombrable con eufemismos. "Incidente por persona en las vías", se escucha en el Metro; "lamentable crimen pasional", dice el titular del matinal a la hora del desayuno; "escolar se des-suscribe de la vida", advierten los videos en TikTok, entre otras frases que se repiten en la rutina informativa, como si la distancia del lenguaje pudiera amortiguar el dolor. Pero eso no sucede. Lo que hay detrás de esas palabras es la expresión más brutal de una crisis silenciosa y profunda: la precaria salud mental que atraviesa la sociedad.
Las cifras son elocuentes y estremecedoras. El aumento de los suicidios, especialmente entre jóvenes, no puede seguir siendo explicado como una suma de decisiones individuales. No es una falla aislada; es el síntoma de un entorno que empuja, desgasta y abandona. La precariedad laboral, la fragilidad de los vínculos sociales y familiares o la insuficiencia estructural de los recursos públicos en salud mental configuran un escenario que ya no admite negación.
A esta realidad se suma la falta de condiciones dignas para el tratamiento y cuidado de la salud física y mental. Mientras la demanda crece, los dispositivos se reducen. La disminución de camas en hospitales especializados, la escasez de profesionales y los recortes presupuestarios revelan una contradicción inaceptable, en la que el país enfrenta una crisis, pero actúa como si no existiera. No es solo una omisión; es una forma de negligencia.
Los hechos recientes en el Colegio Instituto Obispo Silva Lezaeta de Calama, donde una trabajadora de la educación perdió la vida en un acto de violencia extrema al interior de su lugar de trabajo, nos golpean con crudeza. No corresponde simplificar ni anticipar juicios que competen a la justicia. Pero sí corresponde mirar el contexto cuando la violencia irrumpe en espacios que debiesen ser de formación, cuidado y convivencia. Es legítimo preguntarse qué está ocurriendo con nuestra salud mental colectiva.
En el sector salud, esta realidad no es ajena. Día a día, quienes trabajan en hospitales y centros asistenciales conviven con expresiones de angustia, desborde y violencia. No se trata de hechos aislados, sino de una constante que evidencia un deterioro más amplio. La deshumanización, tanto de quienes sufren como de quienes cuidan, es parte del mismo problema.
Recientemente fue el caso de violencia que sufrió una funcionaria del Hospital Félix Bulnes, un establecimiento concesionado y moderno, que supuestamente otorga todas las prestaciones para que el trabajo de la salud pública se entregue de manera óptima y segura. Antes de eso, fue el triste desenlace de Karin Salgado, la enfermera víctima de acoso cuya muerte inspiró la ley que lleva su nombre. Solo una muestra de casos que dan cuenta de cómo se hace urgente cambiar el enfoque al hablar de salud mental directamente y sin eufemismos.
De manera clara y categórica, no como una exageración retórica, hemos descrito esta situación como una "pandemia" con la finalidad de dimensionar su alcance y su impacto. Así como una crisis sanitaria requiere medidas excepcionales, esta crisis de violencia, muerte y falta de acceso a la salud también demanda una respuesta decidida del Estado y de la sociedad en su conjunto. Darle relevancia, más recursos, más profesionales, más prevención y blindarla con más vida en comunidad.
Se requiere un cambio cultural. Nombrar las cosas por su nombre, dejar de esconder el sufrimiento bajo fórmulas vacías, reconstruir la idea del cuidado mutuo. Educar para la convivencia, para el respeto y para la vida no puede seguir siendo una consigna abstracta; debe convertirse en una práctica concreta y sostenida.
Honrar a quienes hemos perdido -en el silencio de una casa a oscuras, en el anonimato de la calle o en sus lugares de trabajo- implica algo más que proponer duelos y medidas reaccionarias. Implica actuar. Porque mientras sigamos tratando esta crisis como un problema secundario, la pandemia silenciosa seguirá avanzando, cobrándose vidas en silencio y fragmentando, cada vez más, el tejido de nuestra sociedad.