Hace algún tiempo le escuché a una psicóloga una afirmación que me quedó dando vueltas. Planteaba, más o menos, que buena parte de nuestras discusiones están orientadas a tener la razón y, con ello, a alimentar nuestro ego; muchas menos -en cambio- están realmente dirigidas a alcanzar un objetivo.
La idea parece sencilla, pero encierra una pregunta incómoda: ¿Para qué discutimos?
Es fácil reconocer en los demás esa necesidad de tener razón. Mucho más difícil es darse cuenta de cuándo somos nosotros quienes quedamos atrapados en una convicción, transformándola en una certeza. En ocasiones nos vemos enfrascados en discusiones donde defendemos el diálogo, pero secretamente imaginamos que será el otro quien terminará cambiando de opinión.
No podemos vivir sin convicciones. Necesitamos algún lugar desde donde mirar el mundo. A lo largo de nuestras vidas vamos acumulando experiencias, conocimientos, valores y creencias que nos permiten interpretar aquello que ocurre y decidir cómo actuar. Entre las más enraizadas podemos encontrar nuestra concepción de la dignidad humana, de la justicia, de la libertad y, quizás, nuestras creencias espirituales. Por otro lado, tenemos otras más contingentes: interpretaciones, preferencias o respuestas posibles frente a determinados problemas, que van matizando ese núcleo más duro de ideas que nos proporciona cierta estructura.
Y no debemos olvidar que también somos nuestras contradicciones e inconsecuencias, que, aunque a veces nos incomodan, le dan sazón a nuestra personalidad. Después de todo, nadie es tan coherente como quisiera ni tan predecible como imagina.
Escudriñar dentro de nosotros mismos, intentar conocer esa amalgama, esa maraña de ideas, emociones y experiencias que nos constituye, es también una manera de aproximarnos a lo que somos. O quizás, más modestamente, a lo que somos en un determinado momento, porque tampoco permanecemos inmutables a lo largo de la vida.
Volvamos entonces al diálogo. Cuando tener la razón se convierte en un principio irrenunciable, el intercambio de ideas deja de ser nutritivo. Una discrepancia comienza a sentirse como una amenaza y una concesión como una derrota. Dejamos entonces de defender una idea y comenzamos, casi sin advertirlo, a defendernos a nosotros mismos.
Allí aparece el ego. No tanto el ego como concepto psicológico, sino esa cotidiana necesidad de reafirmación del yo: demostrar que sabemos, que nuestra interpretación es la correcta, que anticipamos lo que ocurriría o que el otro estaba equivocado. Tener razón produce una pequeña recompensa. Nos confirma, nos tranquiliza y, por qué no decirlo, también nos proporciona cierta satisfacción. Pero encierra una paradoja: cuanto más necesitamos tener razón, menos disponibles estamos para aprender. O, mejor dicho, menos dispuestos estamos a dejarnos permear, a entregar algo de nosotros y recibir algo de aquello que el otro nos aporta.
Quizás por eso, antes de algunas discusiones, deberíamos hacernos una pregunta muy sencilla: ¿Tener la razón es lo que realmente quiero?
Si quiero tener razón, escucharé al otro buscando la debilidad de sus argumentos y seleccionaré aquello que confirma los míos. Pero frente a este callejón sin salida existe otra posibilidad: intentar comprender, seguir el camino, el flujo del pensamiento de aquel con quien dialogamos. No necesariamente para compartir sus conclusiones, sino para descubrir cómo ha llegado hasta ellas.
Naturalmente, esto no significa que todas las opiniones sean equivalentes ni que debamos renunciar a distinguir entre una afirmación fundada y otra que no lo está. Dialogar no supone abandonar la evidencia ni instalarse en un relativismo confortable donde todo puede ser verdadero. Por el contrario, exige argumentar, contrastar y verificar. Pero exige algo adicional y bastante más difícil: someter nuestras propias razones al mismo escrutinio crítico que aplicamos con tanta facilidad a las razones ajenas.
Hay además otro elemento que solemos olvidar. No llegamos a estas conversaciones provistos solamente de argumentos. Llegamos también con emociones, experiencias, temores, afectos y prejuicios.
Pero quizás también estemos formulando mal la pregunta. Tal vez no se trate solamente de encontrar un equilibrio entre razón y emoción, como si fueran dos fuerzas que debiéramos mantener a raya. Nuestra manera de pensar, sostenida tanto en el razonamiento como en la intuición y las emociones, forma parte de aquello que somos. No podemos desprendernos de una dimensión para privilegiar la otra, ni sería deseable hacerlo.
Lo importante, quizás, sea aprender a reconocerlas, saber leer nuestras propias emociones, valorar nuestras intuiciones y, al mismo tiempo, comprender cómo nuestras razones se van construyendo sobre ellas. Aceptar que pensamos desde nuestra historia, desde nuestras experiencias y también desde nuestras contradicciones. Y que el otro hace exactamente lo mismo.
Desde allí, el diálogo puede adquirir una dimensión diferente. Ya no se trata solamente de escuchar los argumentos ajenos para aceptarlos o rechazarlos, sino de intentar comprender el camino que ha recorrido el pensamiento de quien tenemos enfrente. Qué experiencias, emociones, conocimientos o convicciones lo han llevado a mirar el mundo de esa manera y no de otra.
Es allí donde el diálogo puede encontrarse con la empatía. No necesariamente para compartir las conclusiones del otro, sino para comprender cómo ha llegado a ellas. Y quizás, en ese ejercicio, descubrir también algo de nosotros mismos. Porque, después de todo, tener la razón puede dejarnos exactamente donde comenzamos. Comprender al otro, en cambio, siempre abre la posibilidad de llegar a un lugar distinto.