Incorporemos 27.750 km² y una población cercana a los 11 millones de habitantes, formando así la décimo séptima región administrativa de Chile. Sí, la llamaremos Región del Caribe Chileno. Suena extravagante también, aunque no tanto.
No se trata de una usurpación territorial, ni de una incontinencia expansionista, tampoco de una nostalgia colonial. Imaginemos que, mediante un proceso democrático, libre e informado, el pueblo haitiano decide solicitar su plena integración a Chile. Seamos aún más vanguardistas: imaginemos que somos nosotros quienes tomamos la iniciativa y le proponemos a Haití convertirse en territorio chileno. Se alcanza un acuerdo entre dos Estados soberanos sin vulnerar el Derecho Internacional y listo: Haití pasa a ser una nueva región de Chile.
Su ubicación geográfica constituye un activo geopolítico excepcional: una ventana permanente hacia el mar Caribe, al canal de Panamá y al mayor mercado consumidor del planeta. Chile dejaría de ser exclusivamente una nación del Pacífico Sur para proyectarse desde el Atlántico, simultáneamente hacia Norteamérica y Europa.
Desde la perspectiva demográfica, el proyecto también presenta fortalezas. Mientras gran parte del mundo desarrollado envejece y en Chile hay menos nacimientos, Haití posee una población marcadamente joven. Ese potencial capital humano, adecuadamente educado y capacitado, podría transformarse en uno de los principales motores de crecimiento durante las próximas décadas. Ese país dispone, además, de un clima tropical que permitiría diversificar la matriz agroalimentaria chilena hacia bienes difíciles de producir competitivamente en nuestro territorio continental sudamericano.
Pero Haití también presenta enormes debilidades. Según el Banco Mundial, su ingreso per cápita apenas supera los US$2.694 anuales, aproximadamente una séptima parte del chileno. Su inflación multiplica cinco veces la de Chile y ni siquiera existen estadísticas oficiales plenamente confiables sobre desempleo. Apenas la mitad de la población dispone de acceso regular a electricidad. La esperanza de vida al nacer no supera los 65 años. Su infraestructura vial presenta un deterioro considerable y sus recursos naturales han sufrido una intensa degradación: erosión de los suelos, pérdida de biodiversidad y sedimentación de cuencas hidrográficas han reducido la productividad agrícola y han aumentado la vulnerabilidad frente a huracanes y terremotos. En definitiva, el Índice de Desarrollo Humano elaborado por las Naciones Unidas confirma una realidad indiscutible: los haitianos viven en condiciones muy duras.
Al poner en la balanza los beneficios y los costos sociales que implicaría una anexión, optar por ella parece ser una pésima decisión. La construcción de infraestructura, las campañas de alfabetización, la restauración ambiental, las urgentes prestaciones en salud y la reducción de la corrupción exigirían al Estado chileno un gigantesco esfuerzo financiero con un retorno altamente incierto. En buen chileno, anexar Haití sería un cacho. Si ya dentro de nuestro territorio sudamericano enfrentamos problemas de delincuencia, sequía, corrupción política, deserción escolar y largas listas de espera para atenciones vitales; parece absurdo sumar otros de mayor magnitud.
La alternativa, sin embargo, tampoco es gratuita. Consiste en continuar administrando indefinidamente desde Chile parte de las consecuencias del colapso haitiano: contención fronteriza, regularización de inmigrantes, atención sanitaria a esos extranjeros, integración escolar a aquellos niños forasteros, capacitación laboral a sus padres y otros costos indirectos asociados a una crisis que, aunque se genere fuera de nuestras fronteras, inevitablemente termina impactándonos. En efecto, en un mundo globalizado las crisis económicas y los virus generados desde lejos no pasan por aduana, simplemente llegan.
Si enviar regularmente ayuda humanitaria desde Santiago de Chile hacia Puerto Príncipe implica destinar recursos que bien podrían asignarse a chilenos, tal vez no duela si esos compatriotas habitan a más de cinco mil kilómetros. Retomemos entonces esta delirante idea. ¿Podría la incorporación de Haití, con todos los problemas que eso arrastra, transformarse en una vía para el anhelado desarrollo de Chile?
La Teoría de Sistemas Complejos ofrece algunas pistas motivantes. Existen numerosos casos en que organizaciones humanas y organismos vivos prosperan precisamente al incorporar entidades inicialmente deterioradas.
En el ámbito de los negocios corporativos ocurren casos clásicos. Cuando una empresa adquiere otra al borde de la quiebra, no compra únicamente sus deudas. También adquiere activos aparentemente ocultos: marcas, tecnologías, talento humano y una cartera de clientes que, bajo una administración más eficiente, pueden convertirse en ventajas competitivas.
Pero el caso más interesante proviene de la historia de la vida. Teorías biológicas establecen que hace 2.000 millones de años, una célula primitiva incorporó en su interior una bacteria que "andaba a medio morir saltando". Mantener aquel organismo extraño implicaba consumir recursos para regular su comportamiento y asumir los riesgos propios de convivir con un huésped. Sin embargo, aquella bacteria poseía algo valioso: una enorme capacidad para producir energía. En lugar de ser digerida, esa antigua bacteria terminó convirtiéndose en la mitocondria, la central energética de prácticamente todas las células animales y vegetales.
Tanto las finanzas corporativas como la evolución biológica confirman algo tan simple como universal: ningún sistema incorpora otro únicamente por altruismo. Lo hace porque el organismo incorporado entrega un beneficio capaz de compensar el costo de mantenerlo.
La pregunta resulta entonces inevitable. Si Chile "engullera" a Haití, ¿qué recibiría a cambio? Porque si la respuesta fuera "nada" o "no se sabe", toda esta última analogía biológica se derrumba. La primera respuesta es geográfica. Así como la mitocondria aportó energía a la célula, Haití aportaría una posición estratégica de enorme valor. Chile dejaría de ser exclusivamente una potencia del Pacífico Sur para consolidarse soberanamente en el hemisferio norte aprovechando de cerca las oportunidades tanto naturales como culturales que desde ahí se ofrecen. En geopolítica, la ubicación puede ser tan valiosa como la energía lo fue para la evolución celular.
Pero quizás el mayor activo no sería el nuevo territorio, sino el desafío mismo. La eventual reconstrucción de Haití obligaría a Chile a desarrollar capacidades que hoy simplemente no posee. Si semejante esfuerzo tuviera éxito, Chile no solo habría mejorado la calidad de vida de once millones de nuevos compatriotas. También habría construido un conocimiento singularmente apreciado y exportable a numerosos países que enfrentan problemas similares.
Desde esta perspectiva, Haití no aportaría únicamente territorio con población. Aportaría algo mucho más escaso: una oportunidad de evolución institucional. Del mismo modo que aquella antigua bacteria transformó para siempre la historia de la vida al convertirse en mitocondria, la incorporación de un espacio geográfico deteriorado podría convertirse en el catalizador de una profunda transformación del propio Estado chileno.
Por supuesto, semejante proyecto podría terminar en un fracaso monumental. Si Chile intentara administrar Haití con las mismas debilidades institucionales que tantas veces exhibe dentro de sus actuales fronteras, ambos terminarían probablemente peor que antes. La historia está llena de organizaciones que colapsaron precisamente por incorporar más problemas de los que eran capaces de solucionar.
La pregunta, entonces, deja de ser si Haití constituye hoy un problema. Su respuesta es obvia. La interrogante cuya respuesta sirve es otra: ¿Posee Chile capacidades propias para convertir ese problema en fuente de su desarrollo?
Salir en busca de problemas y meterse en nuevos líos a veces resulta rentable. Después de todo, la célula que un día decidió anexar aquella bacteria jamás pronosticó que, gracias a esa decisión irracional, terminaría iniciando una de las revoluciones evolutivas más extraordinarias de la historia de la vida.
Quizás las naciones del mañana serán las capaces de hacer propios aquellos problemas ajenos para transformarlos en el motor de su bienestar. Y así, tal vez en un futuro cercano, la bandera tricolor con su estrella solitaria flamee en una región de alto desarrollo humano ante una cálida y húmeda brisa caribeña.