Santiago necesita decir las cosas como son. Y en eso el alcalde Mario Desbordes ha dado pasos. Hay que reconocerlo: avanza en seguridad. Se ve más dotación, más presencia en las calles, más azul. El turista lo nota y el vecino también. Después de años de abandono, eso es avance. En eso no podemos ser injustos.
Pero un alcalde no gobierna solo con patrullas. Gobierna también con comercio, con pega, con vida de barrio. Y ahí está la deuda. Porque mientras por un lado se ordena, por el otro la pyme se asfixia. La famosa "ventanilla única" que se vendió como solución, hoy expulsa. Así lo reflejó también La Tercera, al dar cuenta del cierre masivo de locales en el centro. Hoy muchos emprendedores prefieren no abrir, porque es más fácil cerrar. Pase por el centro y cuente: "Se arrienda" en cada esquina. Los locales se siguen cerrando. Y con cada local cerrado se va una familia, se va un puesto de trabajo, se va vida.
Y no son solo las pymes. Es la ciudadanía. El centro todavía da miedo. La gente apura el paso, no se queda, no consume. Puede haber más carabineros, pero si la percepción de inseguridad sigue, el comercio no vuelve.
Por eso este avance en seguridad es solo media cancha. Falta la otra mitad, que el centro vuelva a ser de la gente y de los emprendedores.
Si Desbordes quiere hablar de futuro, y de una nueva coalición rumbo a 2030, aquí tiene la prueba. No basta con ordenar. Hay que reactivar. Hay que cambiar esa ventanilla única por una que de verdad acompañe, que facilite, que invite a abrir y no a cerrar. Santiago no se salva solo con más seguridad. Se salva cuando la Pyme respira, cuando el vecino vuelve a caminar sin miedo y cuando el centro deja de estar vacío.
La prueba de fuego será en diciembre. Cuando el comercio de Navidad mida si el centro está vivo o sigue apagado. Ahí veremos si el avance fue real o solo un paso.