El club de amigos de las letras

En alguno de sus ensayos, Borges declaró que uno no quiere deberle nada a sus contemporáneos. Se trata de una especie de particular incomodidad propia del escritor ante el prójimo que deambula quizás demasiado cerca del espacio propio y que puede oscilar entre la simple indiferencia estilo torre de marfil o, sencillamente, tirarse cual stuka de resonante sirena para descalificar la obra de pares de una generación a la cual, a regañadientes, se forma parte.

Lo que surge como una reacción tan básica como tiritar de frío por culpa de una ventana abierta se puede transformar en una interesante forma de arte por derecho propio.

Pienso que los rendimientos estéticos de la invectiva literaria a largo plazo no deberían desestimarse tan sencillamente en esta era donde el hipócrita eufemismo se impone para no ofender a tanta epidermis hipersensible que exhibe a gritos e insultos una supuesta vulnerabilidad que termina siendo mera pose.

No valido aquí ni la grosería, ni el bullying u otros escupos similares que practican miles de energúmenos en redes sociales sedientas de sangre. El insulto como gesto literario tiene sentido en tanto hijo putativo de la comedia.

Recuérdese que el término “comedia” toma su nombre del irrespetuoso y burlón dios de la risa, que divierte, pone los pelos de punta y revela la verdad en plena desnudez.

El insulto literario vendría siendo aquel que exige cuidadosa meditación, selección y combinación en la producción de la invectiva, no los meros exabruptos como los que hoy se acostumbra a evacuar y desmentir a los pocos minutos; como dije se trata de arte que exige integridad, no agresión troglodita contra los más débiles con la saliva escapando por todos lados.

Precisamente el propio Borges escribió, sin ir más lejos un “Arte de injuriar” y junto a  Adolfo Bioy Casares la llevó a más que jocosas alturas en sus a mi juicio poco apreciadas Crónicas de Bustos Domecq.

Los y las actuales revisionistas (en los que vislumbro una especie de laico Santo Oficio buscando prohibir cualquier discurso con un poco más de especias) olvidan que, por ejemplo, en la literatura filosófica y teológica de la Antigüedad abundaban los polemistas, vitriólicos oradores que producían deliciosos tratados “Contra…” muchos de los cuales atraen hoy en día más por su ingenioso andamiaje retórico para ridiculizar los postulados del rival que por las ideas concretas que podrían aportar a sus respectivas disciplinas. 

El reciente episodio entre Raúl Zurita y Colombina Parra es el pretexto para volver a hablar de este tema que no deja de divertir al lector curioso y travieso. Nada como ver una pelea de backstage.

El poeta, en una entrevista concedida a La Tercera deslizó infecciosos comentarios acerca del Nicanor Parra - cuyo deceso se conmemora por estos días -  en los cuales no sólo trató de deslizar una cierta aquiescencia del antipoeta con la Dictadura; fue incluso más allá, relatando una algo apócrifa historia en la cual un senil Parra a nadie ni nada recuerda salvo a Zurita y algunos de sus memorables versos (asumiendo que éstos lo sean).

La réplica twittera de Colombina fue rápida, visceral, rockera, ninguneando el irregular corpus literario de Zurita en desmedro de los Artefactos parrianos,  la que no es tal vez la mejor obra de su padre, ciertamente.

El insulto es sencillo, pero, a mi juicio gana aquí una obra menor de Parra vale por varios libros del autor de la cara marcada y los escritos en el desierto.

El mecanismo del insulto funciona si es lo suficientemente - y jocosamente - artero, revelando, las carencias del supuestamente serio contradictor con el mejor estilo posible.

Es cierto que en la literatura de nuestra fértil provincia señalada abunda el compadrazgo, las camarillas y los golpecitos en la espalda, responsables de los febles éxitos actuales que todos conocemos y entusiasman más que nada a jovencísimos profesores de lenguaje.

Sin embargo, también tuvo magníficos ejemplos en las voces de esos grandes a los cuales Zurita intenta, heroicamente, acercarse. Ejemplos hay por montón, Faride Zerán los reúne en notable volumen La guerrilla literaria; Huidobro se burla de De Rokha aduciendo que la obra poética de éste parecía monólogo de zarzuela.

Éste le contestó diciendo que él se limitaba a “echar chorritos de vaselina perfumada”, y consagró más de algún libro para fustigar a Neruda, (no sin razón), como en los notables Neruda y yo o los sabrosos Tercetos Dantescos a Casiano Basualto.

Ante tal contundencia, el lector inquieto, no el que se conforma con el pueril expediente de la envidia, puede recordar en estos barrocos versos rimados las sabrosas escaramuzas verbales entre Quevedo y Góngora, que más de algunas esquirlas arrojaron a Lope de Vega y al mismísimo Cervantes.

A propósito de Neruda que también se defendía a veces (no con afortunada pluma), Enrique Lihn llamó “majamama” a sus Odas Elementales, y, ante las objeciones de Ignacio Valente a uno de sus libros (algo que, seamos sinceros, era infrecuente que hiciera), respondió nada menos que con todo un opúsculo “Del antiestructuralismo de José Miguel Ibáñez Langlois”.

La acerada pluma de Bolaño no escatimó en blandirse (no sin razón) contra las mismísimas Isabel Allende, Diamela Eltit y otros conspicuos miembros de nuestro establishment cultural.

Y ya que hablamos de Zurita y Parra, Rodrigo Lira le dedica una sabrosa catilinaria que les dejo como tarea para la casa.

Para los que se aprestan a endilgarme todas sus prédicas políticamente correctas, en nombre de un mundo mejor y sonrosado como un peluche les recuerdo que en las obras de William Blake, del pío y genial Chesterton y las del bienamado (por todas y todos) Oscar Wilde abundan en excelentes páginas de invectiva literaria.

Recomiendo para los curiosos, la compilación del poeta y bloguero Batania llamado “Troyas Literarias”, que garantiza horas de inteligente y sana diversión para chicas y chicos y que inspiró en buena parte este artículo.

Se cuenta que una vez en los sesenta, el notable y trágicamente fallecido trovador Phil Ochs conversaba con Bob Dylan en un auto; éste desplegaba su clásica arrogancia y actitud de rock star, (su capital a mi juicio), ante el impasible Ochs, que se limitó simplemente a decirle: “Tú nunca serás tan grande como Elvis Presley”.

Dylan lo expulsó del vehículo. La comedia hace reír y enseña. El insulto literario es una de sus más eficaces cápsulas.

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