Mala educación

Arturo, después de haber hecho una larga y fructífera carrera como médico cirujano en Miami, se dedica ahora a la docencia y oficia actualmente como médico director de un importante hospital en Florida . Fue él quien, movido por la nostalgia , me incentivó a convocar a la cena anual del glorioso 5º D Humanidades del año 1965 del Instituto Nacional .

Recuérdese que por el año 65 del siglo pasado, la educación tenía dos etapas, una primaria y otra secundaria o de Humanidades. Después, el 68, Frei Montalva amplió en dos años la educación primaria y se dividió el ciclo colegial en básica- de ocho años- y media- de cuatro. Cierro paréntesis y vuelvo a Arturo.

Este amigo , semanas después de haber tenido lugar la agradable cena institutana , junto con las fotos de la comida, me hace llegar un testimonio fotográfico que inspira esta columna . Aparece Arturo fotografiado en el mismo banco de hace 47 años. La misma sala de clases.Incluso se podía , entre aquellos añosos pupitres con asiento empotrado al suelo a través de una gruesa viga de acero, distinguir a mi propio y viejo pupitre, intentando sobrevivir al paso de los años.

Lo notable para mí no fue ciertamente constatar el paso de los años en rostro y la cabeza de mi amigo, ya que si estuviese yo frente al espejo podría sorprenderme de la misma manera al contemplar mi faz.

Lo que me llamó la atención es el entorno, la sala de clases, holladas sus paredes por la inmundicia y los grafitis ; infame rémora de una barbarie sobrecogedora. Al recibir y examinar ese testimonio gráfico, se me ocurrió rescatar de entre mis archivos, otra imagen, esta vez en blanco y negro, con clara tendencia al sepia. La instantánea la tomó el mismo amigo de quien hablo , pero en Junio o Julio de 1965.

En ellas se muestra a los niños que éramos en aquel tiempo; todos sonrientes, curiosos , algunos gesticulando, como suelen hacerlo jóvenes de quince, de dieciséis, cuando aun no tienen el “alma con mediasuela” , en medio de un ambiente de paredes impolutas, recubiertas de madera corrugada , pudiéndose ver, al fondo, un diario mural profusamente lleno,con trabajos,caricaturas y eventos del curso.

Estas líneas serían solamente un vehículo de la nostalgia que muchos desdeñarán por sentimental pero no es eso lo que me moviliza. La foto actual es para mí una imagen viva del deterioro de la educación pública.

Imposible, además , no preguntarse tras cartón si en los colegios particulares pagados, con los cuales frecuentemente los institutanos de todos los tiempos compiten – antaño en el Bachillerato y la PAA ; hoy en la PSU o en pruebas deportivas-, se toleraría un maltrato semejante a sus aulas.

No es necesario ser partidario de una dictadura, como decía el ahora defenestrado Bichi Borghi, confundiendo lastimosamente disciplina básica con autoritarismo, para entender que los groseros grafitis, la indecencia del entorno que se muestra en nuestra vieja sala de clases , no son aceptables. Porque antes que nada emporcan el proceso educativo que tiene lugar allí y bañan de mugre a quienes intervienen, entre ellos a los propios alumnos.

Junto con esa reflexión , añado algo que mi buen doctor y ex condiscípulo me contó a propósito de su visita a las aulas que nos formaron en tiempos demasiado remotos.

Me refiere Arturo que en esa ocasión los maestros con quienes se entrevistó le hicieron ver que los ambientes escolares que conocimos y que hacían prácticamente imposible concebir atentados de esa naturaleza, han dejado de existir, reemplazándolos , como forma de convivencia, por una suerte de entramado de incomunicación y falta de confianza .

Se me vino a la cabeza los que nuestra hermosa ex profesora de música de aquellos días felices, me dijera en la misma comida anual de curso , al relatarme que hacia mediados de los 80, el ambiente tóxico de sospechas de todo tipo , desde y hacia los profesores o de estos entre sí, era de tal naturaleza que consideró necesario abandonar el Colegio para siempre.

Todo eso me hace pensar que el emporcamiento de las salas de clases tiene raíces más profundas en esta historia de la mala educación de que padece nuestro país , pues si en la convivencia diaria entre los actores subyace la desconfianza y el recelo, no hay que ser muy avispado para concluir entre las víctimas de tal marasmo se hallarán el aprendizaje y la disciplina.

Y mal que mal , cuando la promesa de adquirir disciplina y de paso aprender algo, no se va cumpliendo , no es de extrañar que a poco andar campee el vandalismo , ese estadio superior de la falta de respeto. No se trata de repetir, con Jorge Manrique “ como a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fue mejor”, ni caer en raciocinios simples, pero me parece que lo que “huele mal” en esta Comarca está a veces en la base del proceso y lo que se ve no es sino la punta del iceberg.

Mientras tanto, yo propondré a esos muchachos del 65 , con ocasión del cercano bicentenario del querido Instituto Nacional que colaboremos con gestos de desagravio. Que le lavemos la cara y le peinemos la frente al viejo colegio.Sugeriré que apadrinemos a esa maltrecha Sala, garantizándole ornato y aseo . Para que envejezca con dignidad.

Mal que mal , cerquita de mi amigo Arturo me sentaba yo y pienso que si el viejo pupitre cuyo asiento sigue empotrado al cemento, se ha dignado sobrevivir al paso del tiempo y a los maltratos , es porque espera el salvataje de alguno de sus antiguos amigos. Para seguir sirviendo de soporte a nuevos hombres que, de verdad, como decía Camilo Henriquez en el manifiesto de fundación, “den a la Patria honor y la hagan florecer…”

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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