Había una vez un bus

En algunos años más alguna de mis hijas le contará a alguna de mis nietas que una vez en esta tierra un bus de inofensivo y engañoso color naranja recorrió las calles con mensajes de intolerancia a la diversidad sexual, señalándole a muchas personas que la manera de vivir sus vidas, de expresar su identidad y de conformar familia eran indebidas y contrarias a la moral, todo ello edulcorado con eufemismos relativos a la familia y la libertad, dos ideas en nombre de las cuales se han cometido y se siguen cometiendo las peores tropelías en la historia de la humanidad, seguidas de la idea de Dios, que tantos horrores y muertes tiene a su haber.

Tendrá mi hija que explicarle a su hija que los impulsores de ese bus decidieron llamarle a su iniciativa de propaganda “el bus de la libertad”, en ese tono de habitual sorna con que los recalcitrantes suelen usar nuestros estandartes para levantar sus propias banderas.

Le explicará mi hija que esas personas, capturadas por el miedo a lo desconocido y lo diferente, exigían pasear el bus por las ciudades amparándose en el derecho humano de la libertad de expresión. Preguntará mi nieta entonces si no tenían un poco de razón en eso.

Mi hija, instruida en Derechos Humanos desde pequeña, le explicará dulcemente y con palabras sencillas que ningún derecho en el mundo, incluso los fundamentales, es absoluto, pues la coexistencia con otros derechos o valores hace que estos en ocasiones puedan ser limitados en función del resguardo de los derechos de otras personas, porque como bien sabes, “mis derechos terminan allí donde comienzan los derechos de los demás”, recitarán ambas al unísono, con una sonrisa cómplice y cara de obviedad, la frase tantas veces reiterada en conversaciones de sobremesa en casa de los abuelos.

Pese a eso, le advertirá, algunos creen peligrosamente que la libertad de expresión es una una especie de licencia para decir cualquier brutalidad, atropellando la dignidad y la honra de las personas, habitualmente de grupos humanos que históricamente han sido maltratados y discriminados. ¿Cómo quiénes?, preguntará mi nieta. Personas en situación de pobreza, privadas de libertad, migrantes, personas diferentes y mujeres, como tú y como yo, le explicará la madre.

Habrá de contarle también que quienes se opusieron al bus fueron acusados de intolerantes, lo que hará que mi nieta abra los ojos sorprendida. “¡Pero cómo!, ¿los que defendían la diversidad eran acusados de intolerantes? ¡No puede ser!” Así fue, hija y le explicará, intentando calmar su ira, que por esos años la mayoría de las personas no entendía que los discursos que promueven el odio y la discriminación no tienen cabida en una sociedad democrática.

¿Y quiénes eran los que apoyaban ese bus?, preguntará mi nieta. Mi hija habrá de responder que son los mismos que se siguen oponiendo a esa idea eternamente nueva de que las personas, siendo tan diferentes, somos iguales en dignidad y derechos, sin excepción.

Habrá de hacer historia y tendrá que decirle que los que promovieron ese bus fueron los mismos que se negaron al matrimonio igualitario y la despenalización del aborto, los mismos que se oponían al Pacto de Unión Civil y a la ley de divorcio, los mismos que no querían en Chile ley de filiación para que dejaran de existir los hijos ilegítimos, los mismos que se opusieron al fin de la detención por sospecha y la censura cinematográfica, los mismos que defendieron hasta el final la pena de muerte, los mismos que no querían elecciones libres ni quisieron asamblea constituyente, los mismos que decían que no habían tales detenidos desaparecidos y que la tortura era un invento marxista, los mismos que descorchaban botellas el día del golpe, los mismos que se oponían a la reforma agraria y al voto femenino, los mismos que aplaudieron la matanza de obreros en Santa María de Iquique y el exterminio mapuche de Cornelio Saavedra.

Los mismos que no querían que enterraran a los disidentes en sus cementerios, los que se resistieron a la abolición de la esclavitud y a la idea de que los indios tenían alma.

Son los mismos de siempre y como siempre, por más que pataleen, les vamos a ganar la partida una y otra vez, habrá de decirle mi hija antes del beso de las buenas noches.

“La historia es nuestra” responderá mi nieta, acomodándose en su almohada, honrando una frase pronunciada de generación en generación y traspasada como amuleto, herencia inmaterial y antídoto a la amnesia oficial que desde tiempos de su abuelo, asolaba estas tierras.

Mamá, ¿me cuentas la historia de cómo fue que cambiaron la Constitución y Chile se hizo un estado plurinacional, porfa? Mañana hija, ahora a dormir. Dulces sueños.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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