La familia y la soledad de Lisette

Sobre la crisis política del Sename ya mucho hemos escuchado o leído: denuncias, informes, reportajes, investigaciones, sumarios, el problema tiene mucho paño que cortar aún. Con esto no estoy queriendo decir que la arista burocrática y política no sea importante. Creo que no todo se resuelve con mayores recursos sino por un cambio de institucionalidad radical, que saque a cualquier persona con conflicto de interés de alguna entidad asociada e integre a personas calificadas para desarrollar las acciones pertinentes. Pero, debo compartir que esto representa la mitad de este entramado de problemas que no parece tener principio ni final.

La otra mitad y de la que se ha hablado poco es sobre una cuestión social, humana, básica,  las familias de estos niños y niñas que están hoy en centros del Sename o de alguna de las instituciones en convenio y sobre nosotros como sociedad. Ese es un punto que poco y nada se ha hablado y es el puntapié de todo este problema, el rol de la familia en los casos de los abusos de los derechos fundamentales de los chicos. Porque ellos primero están con sus familias (en la teoría) y luego llegan a centros del Sename.

El caso de Lisette es dramático desde el punto de vista quue se mire. Lisette (ese es su nombre y no un número más) se encontraba en la red de protección del Sename desde los cinco años y estaba internada desde sus siete años en un centro para protegerla de los abusos sexuales de su padre, el cuál afirma que jamás la tocó y que las conclusiones a las que llegaron las pericias primeramente y luego la justicia para denunciarlo, investigarlo y sentenciarlo, no son verídicas.

Este abuso (si es que no fueron más de uno) provocó severos cuadros de angustia y estrés por los que estaba siendo tratada con Sertralina y Carbonato de Litio, medicamentos de uso común para este tipo de patologías. La madre de Lisette indicaba que cuando visitaba a su hija la veía hiperdopada, acusando que esa fue la razón por la que habría muerto, lo que fue ratificado por la autopsia.

El domingo previo a su muerte, Lisette esperaba la visita de un familiar, el que no llegó; luego de ello la historia es conocida por la sociedad, la niña se descompensó y sufre la crisis cardiorespiratoria ocasionando su muerte.

"Los medicamentos Sertralina y Carbonato de Litio, encontrados en el examen toxicológicos en dosis terapéuticas, se encuentran en el grupo que pueden producir síndrome de QT largo adquirido", es decir, una alteración en el sistema de conducción del corazón, según el análisis firmado por el médico legista René López Pérez. En otras palabras arritmia o un ataque al corazón.

"Muy dopada estaba mi hija, siempre como mal. Lo único que ella quería era salir. No sé cuál fue mi error, por qué nunca me la entregaban. No lo niego, hubo mucho tiempo en que la dejé solita, pero ahora había vuelto a verla harto tiempo. Dejé de ir a verla por problemas que tenía con otro hijo también y necesitaba mi apoyo", dijo Juana Poblete, su madre.

Cuando leo la historia una y otra vez lo primero que hago es guardar silencio tibetano y luego me cuestiono si es posible que una familia pregunte a la opinión pública y en su fuero interno cuál habría sido el error que se cometió para que Lisette de once años estuviese en un centro de cuidados. ¿Es en serio? me vuelvo a preguntar. Tengo una hermana de doce años que cada vez que voy a verla a casa de mis padres no se quita de mis brazos y una niña como Lisette  carente de afectos y protección fue dejada “¿solita?”

Se estima que el 30% de niños y niñas en nuestro país sufre o ha sufrido algún tipo de abuso sexual y que casi la mitad ha sufrido abuso psicológico y/o físico. Esto es un hecho que cruza a toda la sociedad; sectores con alto poder adquisitivo, clase media, clase baja. El abuso no es un asunto de algunos, una realidad lejana, pero toma ribetes dramáticos cuando se conjugan aún más factores.

En Chile, el 21% de ingresos al Sename correspondió a víctimas de abuso y explotación sexual, o sea, 1 de cada 5; a este servicio son llevados todos los chicos que aparte de esta flagelación tienen antecedentes familiares nefastos: drogadicción, causas judiciales, pobreza, baja escolaridad, violencia física y psicológica.

¿Qué estamos haciendo como sociedad para prevenir el abuso?

¿Qué estamos haciendo como sociedad para denunciar el abuso?

¿Qué estamos haciendo como sociedad para sanar a las víctimas de abuso?

¿Qué estamos haciendo las familias para prevenir, denunciar y sanar a las víctimas de abuso?

Es un tema muy triste de que muchas familias prefieren hacer vista gorda y mejor no pensar ni hablar de ello, pero es necesario. Cada familia tiene su propia dinámica, pero ese chico, esa chica va a crecer y será un adulto carenciado, con altas probabilidades de desarrollar alguna patología psicológica y psiquiátrica e incluso puede, que desarrolle en un futuro la misma dinámica, porque sus heridas no han sido tratadas de forma adecuada.

Existen múltiples fundaciones que tienen la ardua tarea de enseñar sobre qué es el abuso, como prevenirlo, como denunciarlo, como reparar el daño. Un claro ejemplo es la Fundación para la Confianza - la más mediática - cuyo director, José Andrés Murillo fue víctima de Karadima, un abusado que ayuda a otros que han sido abusados a denunciar y reparar.

También existe la Fundación Amparo y Justicia, la Fundación Previf, entre muchas otras, que desarrollan sus labores de forma silenciosa, ahí, donde la familia, la red primaria de protección, de cariño, de contención, de confianza falla. ¿Cuánto adolescente se va de su casa por violencia, por vergüenza y termina durmiendo en la calle o pernoctando en algún Hogar de Cristo? De esos, no tenemos cifras.

La familia moderna parece que está fallando, toda agrupación social falla, pero la familia tiene los roles fundamentales en el desarrollo del individuo; lo forma, lo educa, le da las herramientas mostrándole ciertas directrices de cómo es la vida, lo influye, le permite ser persona.

Cuando leo nuevamente que a Lisette la “dejaron solita” me da una rabia inconmensurable, porque no solo la dejaron solita, sino desamparada, desprotegida, desnuda con sus heridas abiertas.

Hay muchas Lisette y muchos José por la calle que nosotros jamás sabremos - yo podría ser uno de esos José y su hija una Lisette - y si sabemos de algún caso, como personas, como sociedad tenemos el imperativo moral de hacer algo.

Tenemos que dar la alerta de que esa Lisette o ese José está siendo abusado o maltratado y necesita de ayuda. Hemos fallado como sociedad. No hemos puesto el otro cincuenta por ciento y eso es lo más terrible de todo.

Lisette se fue, no tenía a nadie, no tuvo su cincuenta por ciento.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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