IA y tech, una bendición para el comercio exterior de EE.UU.

Se subestima fuertemente lo que el dominio de EE.UU. sobre el sector tecnológico significa para el comercio exterior a nivel mundial. Es muy probable que ese país, hasta ahora deficitario en cuenta corriente (3% del PIB), muestre pronto un fuerte superávit en su balanza. Y para Europa y América Latina, triste consecuencia, un probable déficit, sabiendo que China se verá poco afectada.

Retomo de manera rápida pero con datos más precisos un muy llamativo artículo de Ricardo Hausmann y Andrés Velasco.

El siguiente cuadro presenta el volumen de negocios de los grandes de la tecnología y de la IA, todos estadounidenses: Nvidia, Alphabet, Apple, Microsoft, Meta, Broadcom, Tesla, OpenAI, Anthropic, SpaceX-xAI y Amazon Web Services. Llegamos a un nivel de ventas de cerca de US$1,9 trillones y una capitalización bursátil de US$24 trillones (el 80% del PIB estadounidense).

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Desde el punto de vista bursátil, hay fuertes presunciones de burbuja. Pero, no es la discusión presente. Ahora, el consenso de mercado arroja una tasa de crecimiento anual medio del beneficio por acción para estas 11 empresas del 18 % durante los próximos cinco años. Asumo prudentemente que este crecimiento será de solo la mitad, es decir, el 9 %, de los cuales dos tercios se destinarán a exportaciones de servicios hacia el resto del mundo.

Las cifras resultantes son espectaculares: a cinco años, las exportaciones de servicios habrían aumentado en casi US$ 2 trillones; a 10 años, en casi US$3 trillones; es decir, más que el déficit comercial de mercancías actual. EE.UU. podría volver a ser un país exportador neto.

Todo esto resultará diferente en los detalles, evidentemente, pues los demás países tendrán que reaccionar, los precios bajarán, los Estados intentarán gravar esta formidable renta oligopólica, etc., pero se percibe claramente una fuerza poderosa que puede cambiar radicalmente la estructura de los flujos comerciales mundiales, las relaciones entre las principales divisas y las relaciones de fuerza políticas que las acompañan.

Hausmann y Velasco plantean una cuestión importante: hay que pagar estos servicios, por lo tanto, hay que exportar a EE.UU. La única manera de hacerlo es exportar en ámbitos no digitales, que son más intensivos en empleo que el sector digital. Tendríamos así el efecto paradójico, muy contrario a Trump, de ver la balanza comercial restablecida pero simultáneamente una nueva hemorragia de empleos industriales.

Pues el dato más llamativo de este estudio es que estas 11 entidades sólo emplean hoy un millón de personas, es decir, menos del 0,6 % de la población activa estadounidense (unos 170 millones). La riqueza que contribuyen a crear es asombrosa (US$24 millones de valor bursátil por empleado), pero en detrimento del resto de la población activa.

Un aspecto que los autores pasan por alto, por ser incierto, es el impacto sobre el dólar. No se puede olvidar que EE.UU. es el exportador de un bien esencial, a saber, el billete verde, indispensable para usos de transacción, liquidez y seguro. Eso minimiza el déficit comercial de EE.UU.: las exportaciones de dólares -cuyo coste de producción es nulo- no se ven en la cuenta corriente. Pero si las cuentas reales se vuelven excedentarias, la demanda de dólares será aún mayor, lo que empujará a su apreciación, con impactos importantes sobre la competencia comercial de EE.UU. Eso es otra vez un mal presagio para el empleo estadounidense. Los tecno-oligarcas no siguen el juego de Trump.

Con la perspectiva del tiempo, se advierte hasta qué punto Europa y, en cierta medida, América Latina han quedado rezagadas. Europa tuvo mala suerte: demasiado abierta en el momento en que se construían industrias de un tipo radicalmente nuevo, dejó que las entidades estadounidenses se instalaran sólidamente en su territorio y se beneficiaran de las economías de escala. Las posibilidades de réplica local en las industrias digitales se ven reducidas. Es más difícil aun para América Latina. Como China mantiene más que sólidamente sus cuotas de mercado en el sector manufacturero, se está formando una especie de tenaza que puede perjudicar el crecimiento europeo. América Latina, incluido Chile, permanece protegida gracias a sus sólidas posiciones en materias primas, pero eso profundiza la dependencia de la economía en este único sector.