Educación no sexista, se necesita

Quizá más de algún varón piense que esta tercera ola feminista en el país se acabará cuando todos los municipios del país multen los piropos callejeros o cuando en todos los establecimientos educacionales y oficinas rija un protocolo que impida el acoso sexual. Pero no será así. 

Esto que estamos viviendo es sólo una expresión más de un largo grito, acallado por siglos con sordina y que revienta cuando algún vejamen que se repite demasiado, molesta o perturba la convivencia de la mujer con el hombre. 

A simple vista pareciera que el grito por el derecho a ser ciudadanas (votar y ser elegida),  la rebelión de las chilenas en dictadura o el más reciente, de no ser abusadas, golpeadas ni asesinadas por la pareja u otro miembro de la familia (“Ni una menos”), fuera más fuerte que el de hoy contra el acoso en la calle y en las aulas (“Me too”, a mí también). 

Tampoco es así. Porque tal hostigamiento es sólo el comienzo de la vorágine de invasiones que sufrimos las mujeres en el trato con nuestros pares humanos, los varones. 

Es que poco a poco se van develando las constantes molestias que soportamos defendiendo la soberanía de nuestro cuerpo. Difícil está resultando el camino de concientizar a nuestros compañeros varones - y a veces a nosotras mismas, invadidas por la cultura ambiente - de que somos legítimas dueñas de el y que nuestro libre albedrío como personas nos permite consentir o negar su abordaje en cualquier forma o en cualquier circunstancia. 

¿Por qué tendríamos que andar permanentemente a la defensiva en la calle, la escuela, la oficina o el hogar? 

La defensa contra tales hostilizaciones forman parte de nuestros Derechos Reproductivos y Sexuales, vigentes desde la Cuarta Conferencia de la Mujer en Beijing en 1995, y  aún antes, en la Conferencia sobre Población y Desarrollo en El Cairo, ambas patrocinadas por las Naciones Unidas. Por lo tanto, constituyen un derecho humano, aunque a muchos les cueste reconocerlo. 

De ahí la importancia de los cambios estructurales que requieren los contenidos de la educación. A esto alude la demanda feminista por una Educación no Sexista, que podría resumirse muy bien en la frase, “hay que dejar de criar princesas indefensas y machitos violentos”. O como reclamaba una feminista argentina, “Juana Azurduy y Micaela Bastidas Puyucahua dirigieron ejércitos, sin embargo en la primaria me enseñaron que en la guerra las mujeres cosían banderas”. 

Es decir, se trata de eliminar los roles culturales de la educación tradicional que fomentan y eternizan conductas sexuales donde el macho domina,  por una que contribuya a crear al hombre nuevo, aquella que no discrimina, que no admite la superioridad de un sexo sobre otro y termine, entre otros, con el cliché de la-mujer-en-la-casa, privando al mundo de su talento y creatividad. 

Que el profesor o profesora en la básica o media no fomente las matemáticas o las ciencias físicas o biológicas sólo entre los alumnos varones.

Que los trabajos manuales de carpintería o encuadernación las incluya también a ellas.

Que los chicos aprendan a coserse un botón o a tejer, y ellas, a cambiar un neumático o un enchufe.

Que resalten el papel de nuestras heroínas en la historia, que son muchas. 

A estos cursos en colegios mixtos, porque la vida es mixta, debieran asistir padres y apoderados. Y también, en especial, los publicistas. 

Así, ya en la vida adulta, cuando el hombre quede cesante, la mujer con empleo continuará con la mantención del hogar sin chistar. Y el papel de la mujer en la pista de baile o en la cama, no será solo pasivo. 

Con Educación no Sexista tendremos como resultado nuevas generaciones, donde el hombre y la mujer se tratarán como iguales y en un futuro no muy lejano, se habrán extinguido desde el acoso sexual hasta el femicidio. 

Como decían los carteles en una reciente marcha feminista. 

“Quiero salir sin miedo”.

“Quiero escoger las manos que me toquen”.

“Yo elijo cómo me visto y con quien me desvisto”.

“Educación sexual para decidir… anticonceptivos para no abortar… aborto legal para no morir.”

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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