Para comenzar debemos comprender que el aprendizaje no es un simple intercambio de datos cognitivos; es un fenómeno de resonancia emocional, ya que no se queda en la superficie del intelecto, más bien, es un proceso que se derrama por los canales de la emoción y los valores. Bajo esta premisa, el carácter del líder está lejos de ser un accesorio, un aledaño o un adjunto.
De nada sirve un diseño curricular de vanguardia con una metodología de moda, si quien lo encabeza carece de la integridad necesaria para producir una vinculación afectiva y lograr el aprendizaje en otro. Por eso se hace fundamental comprender que la coherencia queda impregnada en quienes nos observan, ya que nuestras acciones hablan tan fuerte que impiden escuchar lo que decimos. O como lo dice el famoso ensayista Ralph Emerson: "What you are stands over you the while, and thunders so that I cannot hear what you say to the contrary" ("Lo que eres está sobre ti todo el tiempo y truena de tal manera que no puedo oír lo contrario que dices").
Por ello, el liderazgo en educación no se ejerce desde lo lejano e ilusorio, sino desde la integridad cotidiana. Si el carácter es el que educa, entonces el líder tiene la obligación ética de ser el primer aprendiz de su propia conducta. No podemos exigir resiliencia si ante la crisis nos desmoronamos, no podemos dar lecciones sobre integridad si nuestras soluciones ante el conflicto carecen de justicia, ni pedir respeto si nuestra gestión se basa en la desconfianza, Es improductivo solicitar a un docente que atienda la diversidad de la sala de clases, si como líderes no escuchamos las inquietudes de nuestro propio equipo.
El llamado es tener siempre como norte que el aprendizaje real, ocurre en el momento donde cuaja la técnica con la evidencia; es ahí donde la formación deja de ser un plan de estudios para convertirse en una demostración empírica.
Sabemos que integrar la empatía y la autogestión en la formación no solo mejora la convivencia, sino que dispara el rendimiento académico. Según el Center for Character and Citizenship, Citizenship (Universidad de Missouri-St. Louis) la formación del carácter permite que el alumno deje de ser un pasajero del currículo y asuma la dirección de su proceso cognitivo, navegando con propósito y autonomía, encontrando el sentido profundo y la motivación necesaria para la excelencia, desde el hábito de la voluntad.
Por lo tanto, no se puede educar sin formar, porque el aprendizaje es un acto de confianza, el carácter es la coherencia bajo presión, no hay método que reemplace a la persona, ni discurso que supere al ejemplo; al final del día, se enseña lo que se sabe, pero se educa como se es.
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