Los Maristas y la “banalidad del mal”

Las noticias relativas a los casos de abuso por parte de educadores y religiosos de los colegios de la Congregación Marista y sus detalles son tan escalofriantes como la respuesta del vocero de los mismos, Mariano Varona, quien con absoluto desparpajo y tono de soberbia ante las preguntas del entrevistador señaló a los medios que al año 2010 “no teníamos esa sensibilidad de denunciar. No se nos pasó por la mente” ante la confesión de los hechos por parte de Abel Pérez, sindicado como autor de abusos sexuales de menores en su ejercicio de más de 40 años en la docencia, no cabiendo duda alguna que los casos conocidos son seguramente una pequeña proporción del total de abusos y vejaciones cometidos, como suele ser en estos contextos donde las cifras negras suelen superar las denuncias.

Como suele ser en estos casos una vez corrido el tupido velo aparecieron nuevas imputaciones, esta vez contra el religioso Luis Humberto Cornejo Silva, quien se desempeñó por más de diez años en colegios de la Congregación. No será de extrañar que otras aparezcan con el correr del tiempo.

A esta altura es posible establecer que la política de instituciones eclesiales para con sus integrantes acusados de delitos sexuales implicó durante décadas el silenciamiento, ocultamiento, acusaciones y hostigamientos a los denunciantes, sistemática negación y articulación de una férrea defensa moral del acusado en aquellos casos en que los hechos llegaron a los medios.

En la mayoría de los casos el modus operandi fue el traslado de los abusadores a otras destinaciones, donde habitualmente aparecían nuevos casos de abusos y entonces eran reubicados una vez más, en una suerte de peregrinaje delictual que podía extenderse a perpetuidad.

No alcanzaría esta columna para la enumeración de los casos que han sido de público conocimiento y en los que es posible observar cómo estas prácticas son idénticas a las realizadas en otros países, generando un reguero de víctimas y de impunidad que han mermado globalmente la credibilidad de la iglesia católica.

Estas prácticas de defensa corporativa, de burda denostación de personas denunciantes y de encubrimiento de hechos delictuales o al menos reñidos con la ética no solo abarca el ámbito de los delitos sexuales, sino también innumerables casos de abuso de autoridad, maltrato físico o psicológico y  las diversas formas que toma la discriminación y la exclusión.

En todos ellos se requiere siempre de la complicidad, pasiva o activa de una comunidad disponible a participar avalando ciegamente los designios de la autoridad.

No es curioso ver entonces a feligreses, padres, madres, apoderados y funcionarios declarando en tribunales, en los pasillos, ante los medios o en redes sociales su irrestricto apoyo a la Congregación o al párroco denunciado de turno, dando fe de virtud o poniendo en duda cualquier acusación por medio del cuestionamiento del estándar de moralidad de quien denuncia.

Grupos de personas que incluso se organizan en pos del cuidado de la imagen de la santa obra que unos pocos corderos extraviados intentan mancillar. Es precisamente ese cúmulo de “gente buena”, pero suficientemente acrítica, obediente y disciplinada, disponible a lanzar la primera y la segunda piedra, el combustible que requiere la maquinaria para dar forma al fenómeno del encubrimiento y la impunidad.

Bien cabe preguntarse entonces cuáles son los determinantes sociales y culturales que predisponen a las personas a volverse avales de crímenes y abusos, a sostener y participar de prácticas institucionales que resultan ser finalmente caldo de cultivo para la naturalización de innumerables vulneraciones a la dignidad humana, eso que Hannah Arendt comprendió acuñando la expresión “banalidad del mal”, para expresar como algunas personas actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos, movilizados por la obediencia a las estructuras de poder internalizadas, pudiendo cometer los crímenes más atroces mientras en simultáneo se ajustan a una vida y a una moral convencional.

Asch, Milgram y Zimbardo, connotados autores de los más conocidos experimentos en psicología social de la obediencia avalan esta postura y nos demuestran que basta una estructura social propicia para que cualquiera pueda volverse un eventual torturador, un cómplice o un encubridor. El poder, esa bestia magnífica, susurraba Foucault, dando cuenta de cómo el poder que se constituye, articula y ejerce fundamentalmente en las relaciones sociales.

Es imprescindible poner en cuestión las características estructurales que propenden la obediencia, la lealtad irrestricta, la actitud devocional a la autoridad y las estructuras vinculares fundadas en la incuestionable jerarquía, como aquellos resortes que posibilitan la construcción de un entorno social donde lo monstruoso sea invisibilizado, justificado, encubierto, porque a diferencia de lo que propone el rebaño, no son meros casos aislados la fuente del problema, sino una estructura que deja espacio para que esos personajes operen con total libertad.

Son en cambio aquellas personas críticas, incómodas, irreverentes, inconformistas, muchas veces tildadas de desadaptadas o inconvenientes, y habitualmente expulsadas o marginadas de las instituciones acostumbradas a la opacidad, quienes ponen luz allí donde suele haber oscuridad, las que abren las ventanas y permiten que entre aire fresco, visibilizando y denunciando las prácticas indebidas, exigiendo rendición de cuentas y transparencia a las jerarquías, poniendo en duda aquellos fundamentos de autoridad sobre los que se ampara la impunidad. Esos bichos raros y esas prácticas proscritas son el mejor antídoto a la banalización del mal.

Esto solo tiene un punto de fuga posible, que es infiltrar otras lógicas institucionales a través de sus fracturas y son las personas que forman parte de esas comunidades aledañas al poder las llamadas a remediar estas situaciones o bien a perpetuarlas, reproduciendo las viejas prácticas de la autoridad amparando lo inaceptable, porque como señalara  Martin Luther King “no me preocupa tanto la gente mala, sino el espantoso silencio de la gente buena”.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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