A Chile lo están quemando

Es inevitable en estos días abordar el tema de los incendios forestales en una columna de medio ambiente. Sin embargo, son tantos y tan diversos los temas asociados a este fenómeno que cuesta ordenar las ideas. Sus causas, su combate, su prevención, su impacto, el desafío de la restauración.

Son todos temas relevantes y para todos ellos hay información cruzada, contradictoria, denuncias de negligencia, acusaciones de inoperancia. La gente con justa razón se confunde o comienza a difundir información poco rigurosa que, naturalmente, no ayuda en nada a enfrentar este problema.

Por ejemplo, el tema de los eucaliptos. Se ha instalado exitosamente a esta especie como uno de los ejes centrales de la problemática de los incendios forestales. Árboles pirogénicos, devastadores del suelo y del medio ambiente. Si bien no causan directamente los incendios, señalan sus acusadores, al menos lo facilitan y propagan con inusual velocidad e intensidad.

¿Si hay especies pirogénicas, deberíamos suponer que también hay especies “no pirogénicas”? De otro modo la clasificación es inoficiosa. Para incredulidad de todos quienes sostienen esta afirmación por verdadera, no existen especies“no pirogénica”. Esta es una cualidad que no posee ninguna especie. Todas se queman.

Las nativas se quemaron en la Reserva China Muerta el año 2015, o en el Parque Torres del Paine el año 2012 y el 2005; o en la Reserva Malleco el 2002. También se quemaron millonesde hectáreas de bosque nativo durante el período de colonización del sur de Chile, con el fin de despejar terrenos para la agricultura y la ganadería. El bosque nativo también se quema.

Y esta no es una defensa del eucalipto, es simplemente señalar que la solución no es estigmatizar una especie. De hecho, se produce el efecto contrario, generar tanta antipatía por una especie forestal puede llevar a incrementar la intencionalidad de algunos incendios forestales en plantaciones de esta especie; lo que a su vez fortalecerá la afirmación de que esta especie es peligrosa y concentra la superficie con ocurrencia de incendios. Se genera un círculo vicioso difícil de parar.

También concentrar en los eucaliptos las razones de los incendios, genera una falsa sensación de seguridad a aquellas comunidades rodeadas de vegetación nativa, que por creerse seguros pudieran decidir no construir cortafuegos y despejar su entorno más cercano de vegetación.

Los árboles no causan incendios, son las personas. Todos escuchan esta frase, pero parece no generar ningún impacto. Detrás de todas las trágicas imágenes de casas quemadas, combatientes muertos y heridos, flora y fauna desaparecida y personas desplazadas hay rostros invisibles que causaron esta tragedia. Por una desidia inaceptable al generar fogatas, asados, trabajar con herramientas que producen chispas en la cercanía de vegetación seca, o derechamente de manera intencional.

No es verdad que Chile se queme, a Chile lo están quemando. Y no sabemos quiénes son, pero sí sabemos que no son los árboles.

Este es un problema gigantesco y complejo, por la escala territorial y temporal de sus impactos ambientales, sociales y económicos. Por la recurrencia anual que presenta, a diferencia de cualquier otro desastre. Por la presencia en su gestación de factores no controlables por el hombre como es el factor meteorológico, y porque cualquier estrategia eficaz de enfrentarlo requiere recursos económicos y decisiones políticas que no son fáciles de llevar cabo.

En efecto, si la Presidenta preguntara a sus asesores respecto a una solución integral, éstos seguramente le dirán que:

1) Tomará más de cuatro años, es decir, no podrá capitalizarlo como logro suyo.

2) Generará con toda seguridad conflicto social, ya que la solución implica relocalización de poblaciones en sitios de riesgo, como es el caso de los cerros de Valparaíso, lo que a su vez generará el rechazo de dichos pobladores que se manifestarán contra la medida.

3) Implicará ingentes cantidades de recursos, para la relocalización  de personas, pero también para asegurar en el tiempo que no vuelvan a tomarse terrenos riesgosos, lo que implica generar vigilancia y destinar estos lugares a parques e infraestructura pública.

4) Se requerirá una serie de modificaciones legales, a la normativa forestal principalmente, pero también a las ordenanzas de urbanismo y construcción, a la gestión de emergencias, a la aplicación de exigencias a privados, entre otras. Principalmente se necesita una gestión territorial en la interfaz urbano -forestal, de la que carecemos y en la que no parece haber voluntad de avance.

5) Se requiere, finalmente, una Conaf pública y una ley marco de incendios forestales.

Todo lo anterior para una administración de sólo cuatro años que, ya hemos visto, debe lidiar además con aluviones, terremotos, maremotos y reformas.

En este contexto es entendible que se opte por medidas paliativas como el incremento de recursos para el combate (que es justo reconocer que los ha habido), aumento del número de aviones, helicópteros y brigadas. Para soluciones de largo plazo, que las vea el próximo gobierno de cuatro años.

Además, cuando todo falla y los incendios se producen, luego del combate, de la extinción y de las recriminaciones, también nos enteramos que no existe ningún fondo especial en la ley de presupuestos para enfrentar las tareas de restauración ecológica de los territorios quemados.

Hay que salir a juntar el dinero como se pueda, solicitando préstamos a organismos internacionales o bien, postulando a proyectos regionales, que se toman tiempo para deliberar. La naturaleza afectada no tiene tiempo y requiere acciones de control de erosión y reforestación inmediatas. En este tema también estamos al debe.

De hecho, hace solo unas semanas, el asumido Intendente de la Región de la Araucanía, Miguel Hernández, dio marcha atrás al financiamiento regional por seis mil millones de pesos para enfrentar la restauración de la superficie afectada por un incendio forestal en la Reserva Nacional China Muerta, aduciendo “una reevaluación de los programas y una nueva orientación de los recursos para entregarlos a iniciativas que tengan mayor impacto ya sea en la generación de empleos o bien en los temas productivos".

Y eso que estamos hablando de un área protegida del Estado, qué queda entonces para áreas afectadas por incendios en terrenos privados. Simplemente no habrá restauración en dichos terrenos y sus dueños podrán estar tentados a darle un cambio de uso definitivo a ese suelo. Así es como a veces se originan los proyectos inmobiliarios.

Vistas así las cosas, los incendios forestales, sus causas e impactos, deberían estar en la agenda de todos los candidatos presidenciales, y es nuestro deber interpelarlos sobre este tema para, en lo posible, generar algún tipo de compromiso para quien sea el responsable del gobierno en los próximos años.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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