En los últimos años, la manera en que entendemos la relación entre ciudad y naturaleza ha comenzado a transformarse en Chile. Las ciudades ya no pueden pensarse únicamente como espacios construidos, sino como sistemas socioecológicos, donde ríos, humedales y bordes fluviales cumplen funciones clave para la resiliencia climática, la biodiversidad y la equidad territorial. En este contexto, la reciente declaración del río Mapocho como humedal urbano constituye un hito histórico para la Región Metropolitana, pero también abre un debate mayor sobre cómo, y con qué instrumentos, queremos proteger los ríos del país.
Durante décadas, el Mapocho fue concebido principalmente como infraestructura hidráulica: un canal de evacuación, un límite urbano o un espacio residual entre autopistas y obras duras. Sin embargo, el río nunca dejó de ser un ecosistema. Incluso en un entorno altamente urbanizado, ha seguido funcionando como corredor ecológico, conectando la precordillera con el valle, permitiendo flujos de agua, sedimentos, especies y procesos ecológicos fundamentales para Santiago.
La Ley 21.202, que establece la protección de los humedales urbanos, define estos ecosistemas como "extensiones de marismas, pantanos y turberas, o superficies cubiertas de agua, sean estas de régimen natural o artificial, permanentes o temporales, estancadas o corrientes, dulces, salobres o saladas, que se encuentren total o parcialmente dentro del límite urbano". Esta definición amplia y ecológica permitió abrir una nueva mirada sobre territorios históricamente excluidos de la planificación urbana.
Sin embargo, cuando se discutía y diseñaba esta ley con el Senador De Urresti y su equipo, jamás imaginamos que el río Mapocho podría llegar a ser reconocido como humedal urbano. Pensar que un río metropolitano, canalizado, intervenido y atravesado por infraestructura vial cumpliría con esta definición parecía, hasta hace pocos años, simplemente impensable. Que hoy esto sea una realidad da cuenta no solo de la potencia de la ley, sino también de un cambio cultural profundo en la manera de comprender los ríos urbanos.
La declaratoria, que abarca el tramo entre Lo Barnechea y Padre Hurtado, permite proteger más de 600 hectáreas de ribera y reconocer al Mapocho como un sistema vivo y continuo, con valores ecológicos, sociales y territoriales. Pero, sobre todo, instala una pregunta de fondo: si un río urbano como el Mapocho puede ser reconocido como humedal, ¿no es momento de avanzar hacia una figura de protección integral para los ríos de Chile?
Este debate ya está en curso en el Congreso, a través del Proyecto de Ley que crea el instrumento de conservación "Río Protegido" (Boletín N°16.629-12).
Esta iniciativa reconoce a los ríos como ecosistemas complejos, considera no solo el cauce, sino también su espacio fluvial, riberas y planicies de inundación, y busca proteger sus valores ecológicos, culturales, recreacionales y paisajísticos para que puedan fluir libres y sanos. A diferencia de los instrumentos actuales, este proyecto propone una protección integral, con planes de manejo y exigencias más rigurosas para actividades que afecten la conectividad, la calidad y la cantidad de agua.
La experiencia del Mapocho como humedal urbano ofrece un aprendizaje clave para esta discusión. Muestra que es posible articular gobernanza metropolitana, que la protección legal puede cambiar la forma de planificar y que los ríos no deben seguir siendo entendidos solo como infraestructuras o bordes duros. También evidencia los límites de las herramientas actuales: la declaratoria es solo el primer paso si no se acompaña de gestión activa, financiamiento, fiscalización y planificación territorial coherente.
Abrir el debate sobre ríos protegidos no es oponer instrumentos, sino complementarlos. Los humedales urbanos han demostrado ser una puerta de entrada eficaz para proteger ecosistemas en ciudades. El proyecto de ríos protegidos ofrece, en cambio, la posibilidad de abordar los ríos como corredores socioecológicos a escala de cuenca, integrando biodiversidad, agua, territorio y bienestar humano.
Que el Mapocho haya llegado a ser humedal urbano -algo que nunca imaginamos al discutir la ley- es un logro impensado. Que ese logro sirva ahora para empujar una protección más ambiciosa de los ríos de Chile es el desafío que tenemos por delante.
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