De nepotismos, intocables y privilegios

Nuestra democracia está enferma. El diagnóstico devela corrupción, de la que rememora modelos monárquicos e incluso tribales, de castas intocables. El Presidente quería a su hermano de embajador y el Contralor declina pronunciarse. Con toda naturalidad hay primos, sobrinos e hijos en cargos del Estado. Críticas al nepotismo en otros, pero el propio no es considerado como tal.

El nepotismo rompe la fe pública, la confianza democrática y ciudadana, al priorizarse objetivos personales cual empresario que gobierna, mostrándose más monarca que presidente.

El Fiscal Nacional pronuncia un discurso donde, aun matizando, pide a sus fiscales un trato diferenciado para el poder político. El argumento sería, en apariencia, cuidar el sentir de los electores, pero en la práctica es una advertencia a tener mayor presunción de inocencia para estos ciudadanos que, pareciendo insuficiente la protección de su fuero, requieren de fiscales que no gasten tiempo en investigarlos.

Se suma el juicio abreviado del caso Penta, con nuevos perdonazos; el viaje personal del Ministro de Hacienda con platas del Estado; el caso del parlamentario Moreira y la suspensión del proceso.... Pero el ciudadano no importa, el bien público y el bien común se diluyen entre las oportunidades del poder.Se evidencia la comprensión subyacente de una “casta con privilegios”, para quienes no aplica la misma vara de la ley.

El Presidente no ve nepotismo. El Fiscal Nacional no ve en sus palabras la construcción del privilegio de impunidad. El Contralor desiste de hacer problema. El Ministerio Público no ve la gravedad de los delitos de personeros públicos; el ministro de Hacienda encuentra natural viajar usufructuando del Fisco. Detentan estatus de intocables.

Asistimos a la distorsión del sentido de la nación y su democracia. Somos responsables de un sentir que se ha instalado a lo largo de mucho tiempo, permitiendo ahora un abuso grotesco de poder que parece natural. Le dimos la bienvenida al progreso, al consumo y entró la distorsión.

Ese progreso anhelado por un malestar social de mayorías, conduce nuevamente al poder omnímodo de minorías privilegiadas. No hay monarquía formal, pero el gobierno es el de un monarca y su corte. Las señales hablan por sí solas.

Las implicancias conceptuales y filosóficas de la democracia se distorsionaron primero con prácticas que no parecían antidemocráticas, sino paliativas de necesidades circunstanciales, sobre todo financieras y de liderazgo.

Luego se instalaron actitudes, como la prepotencia, la pos verdad, la mentira descarada, la insana relación entre dinero y política, el juego siempre al borde de lo legal sin considerar la ética, el empatar situaciones con la coalición adversaria, la transformación de la política ya sea en oportunidad para vivir del Estado o en oportunidad para beneficiar inversionistas que defraudan al Fisco, el clientelismo. Esa que llega la hora del autoritarismo fáctico. En fin, el deterioro es radical y la ciudadanía experimenta im-potencia (ausencia de poder), que es lo contrario de la democracia, que es poder en la ciudadanía.

En este contexto al Presidente le resultaba natural nombrar a su hermano embajador y al Fiscal Nacional le resulta decente proteger a los políticos. Eso natural y decente es lo enfermo, que hiede a monárquico, a privilegios de sangre y estatus.

Estamos enfermos y parte de los síntomas tienen que ver con la aparente pasividad de casi la mitad de la población que no acudió a las urnas, pero que no es tan pasiva al momento de opinar, criticar o de replicar en los micro-espacios las mismas conductas de privilegios y estatus.

Si el Presidente enarboló el nepotismo para afrontar adversarios durante la campaña presidencial, no solo debe ser coherente, dando señales claras de no mezclar familia, negocios y política, sino que debe mostrar que fue convicción y no artimaña.

No debe tolerar en sí mismo lo que no está dispuesto a tolerar en otros.

No debe justificar bajo ningún argumento lo que la ciudadanía experimenta como cansancio, desilusión y desaliento.

Entre todos se justifican y todo sigue igual. “Algo huele mal en Dinamarca”, dijo Hamlet. Efectivamente, lo que se pregona como servicio público en los hechos no es ni servicio, ni bien público. Lo que realmente ocurre es la ocupación del poder para beneficio propio traducido en privilegios.

Hoy, como ayer, la derecha y la izquierda, el ejecutivo, el parlamento y ahora el judicial, celebran una suerte de pacto turnándose en el jolgorio de aquellos que están arriba del carrusel.

La democracia está enferma y los intentos mueren a plena luz del día, con estocadas llenas de venganza y rencor. Los líderes abandonan sus trincheras como ratones buscando salvar su pellejo. El poder se usa para lograr ganancias en cada pasada.

El bien público se esgrime como eslogan, no como objetivo real. La sociedad se disuelve en el sálvese quien pueda, la cuestión es que no se ven los constructores de lo social, sino sus demoledores.

Cuando algo se demuele algunos ganan usando esa demolición como oportunidad de emprendimiento.

Hoy vemos muchísimos emprendimientos siniestros, pues detrás de aquello demolido hubo un pueblo, una sociedad que hoy está dispersa, con rencor, con miedo, en soledad y aislamiento, mientras los buitres se lo llevan todo.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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