¿Quién engañó al Papa?

La carta del Papa Francisco a los obispos chilenos, escrita después de una larga serie de hechos, penosos unos, incompresibles otros, evidencia que el problema de la institución eclesiástica es muy grave. La convocación del Papa a la Conferencia completa a Roma para explicar en persona las decisiones que tomará para que ella enmiende su curso, no tiene antecedentes. La noticia da vuelta al mundo.

Francisco confiesa y se confiesa. Se confiesa de haberse equivocado y pide perdón. Y, como todos nosotros, da al menos una explicación que aligere su culpa. Estas son las palabras centrales: “… he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada”. Continúa: “Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí…”. Se confiesa, pero también confiesa haber sido engañado.

¿Quién lo engañó? No sabemos. No tenemos información. Pero hay responsabilidades institucionales que autorizan a cualquier persona a suponer que determinadas autoridades son inocentes o culpables de informar debidamente a su superior mayor.

En este caso, ya que consta que los obispos chilenos no querían a Juan Barros de obispo en Osorno, es más, que se opusieron a su nombramiento, deben responder por sus actos el nuncio Ivo Scapolo y el Cardenal Francisco Javier Errázuriz.

Errázuriz es un hombre de suma confianza del Papa. Pertenece al pequeño grupo que Francisco ha llamado a Roma para que lo aconseje en el gobierno de la iglesia. Su deber ha sido informarlo rectamente. ¿Le explicó el Cardenal al Papa la situación en que se encuentra la iglesia chilena?

Ciertamente ha debido decirle quién ha sido el líder de la agrupación sacerdotal del “El Bosque” y los obispos nombrados, ya que él mismo ha sido parte del problema. Errázuriz ha reconocido públicamente su tardanza culpable en hacer justicia a las víctimas de Karadima. Si Errázuriz cumplió su deber, ¿por qué Francisco no le hizo caso?

Tal vez le creyó más al nuncio Ivo Scapolo. Los nuncios tienen una enorme responsabilidad en el nombramiento de los obispos. En una carta anterior del Papa Francisco que alguien filtró los días de su visita, decía que no había prosperado la remoción de Barros, y de otros dos obispos de “El Bosque”, por culpa de Scapolo. ¿El nuncio haciéndole trampas al Santo Padre?

Es muy posible que haya habido otras personas que han decidido y mantenido a Barros en el cargo, engañando al Papa una y otra vez. Los católicos chilenos tenemos la impresión de que la suerte de nuestra iglesia se transa entre cardenales, unos locales, otros extranjeros. Hace demasiados años que la iglesia católica chilena vive a la sombra Jorge Medina y Angelo Sodano.

Llegamos así al problema de fondo. Esperamos que el Papa, que no solo ha actuado por engaño, sino que también por culpa propia, ya que no ha oído debidamente a la dirigencia de los obispos chilenos, tome decisiones drásticas.

Pero, en el fondo de los fondos, el problema es mayor. La Iglesia Católica hoy ha perdido la capacidad de reformar sus estructuras y, a propósito del caso en comento, son estas antes que la calidad de los curas las que facilitan la ocurrencia de los abusos sexuales y de conciencia que lamentamos.

Esta es la conclusión de la Royal Comission de Australia (2017) sobre el tema de abuso de menores. El Papa ha sido elegido para reformar la Curia romana. Algo avanza. Tiene una contra enorme. Pero más importante que reformar la Curia, es que cambien por completo las relaciones de las iglesias locales y regionales con la iglesia de Roma.

La Santa Sede tiene sofocada la posibilidad de un despliegue inculturado del cristianismo, acorde con la realidad de los diversos continentes y países.

A esta altura, lo mínimo que podemos pedir los católicos chilenos es que nos dejen elegir a nuestros obispos. Osorno ha comenzado por no tolerar que se le imponga a uno que su gente, que no es tonta, no quiere.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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