Habla solo Pacheco, o la inmensa soledad de nuestras sociedades

"Te echo mucho de menos, hermanita"
(Septimio del Canto)

Pacheco era un profesor del liceo de niñas de la ciudad donde vivíamos, y del que era estudiante mi hermana, en el sur del país. Era un hombre tranquilo, sin grandes ambiciones, y hacer clases no sólo era su fuente de sostenimiento sino aquello que, literalmente, podía llevarse sus días y, en ocasiones, también sus noches. Preparar clases, y revisar pruebas y trabajos, sobre todo, no era algo rápido; menos un asunto sin implicancias que pudiera hacerse así sin más.

Mi hermana era alegre, y estaba en medio de esa edad donde todo es florecer pero que, a vista del entorno, no es más que carencia en su adición, o adolescencia, como triste e irreflexivamente solemos repetir. No conforme, ella prefería pasar del insulto y reír, aunque a veces confesaba su molestia y, también, que no siempre estaba segura de lo que decía ni hacía lo que hubiese querido. Un enredo que, sin embargo, a ella no la enredaba ni le arrebataba el buen ánimo, cosa que siempre se agradecía.

El liceo de niñas, en tanto, era el más antiguo de la ciudad, un emblema de la educación pública en los tiempos que ello era importante, aunque tampoco supiéramos muy bien por qué. Era lo que se decía, algo que cuando falta, tal como con el aire, se nota en su ausencia: una pregunta que ahoga, ese impulso que ni siquiera alcanza a anidar como eventual respuesta.

Profesor de Filosofía y amante de la conversación, Pacheco solía repetir en clases que a través suyo podía conocerse el mundo, en minúsculas, porque ello era la manifestación en pequeño de aquello que, proyectado, seguramente estaba en más partes. Y aunque tampoco sabía si era cierto, en estricto rigor no le interesaba porque su ejercicio era el importante dado que ahí, como le gustaba decir, era donde se jugaba el encuentro y la civitas: o la vida en ciudad, que salida de su boca sí que parecía relevante.

Mi hermana acostumbraba a traer esto a colación cada vez que conversábamos en familia, extrañamente no cuando la conversación fluía, sino al contrario, cuando el flujo de ésta se rompía y la escucha comenzaba a perder terreno. Tras el silencio de alguna desafortunada intervención, o como expresión de burla por la ausencia de efecto en lo que se decía, casi sin falta arremetía: "Habla solo Pacheco". Y se sonrojaba, incluso, si era ella la merecedora de dicha alocución.

Como un resorte, la escena se repitió en casa largamente, cada vez que ese silencio seguía a la palabra y ello traía a Pacheco, inocente protagonista y germen de lo que, cada vez más, fue asomando como llamado de atención por nuestra propia desatención. Entonces la ampliación de las burlas que a diario podía recibir en clases, y después otra de las formas de lo que ahora conocemos como bullying, su traída a la memoria guarda relación con la ninguna preocupación que nuestras acciones, o las de otros, pueden llegar a suscitar en lo público.

Manifestación, de otro modo, de una normalización que a nadie parece importar, en concreto emerge aquí como extensión de un par de situaciones que, vividas en el día a día de nuestras ciudades, bien nos puede situar de uno u otro lado de esa línea del desinterés. O ser quien la sufre, pero también quien empieza su dibujo o ayuda a terminarlo, para que así se sienta.

La primera, que tomo del matinal traslado en bicicleta con rumbo al trabajo, me ubica cayendo en una de las ciclovías que cruzan la intersección de calle Portugal con General Jofré, luego de que un automovilista decidiera pasar sin tener la preferencia. Chocado, pero más en shock por lo que sucedería a continuación, no sólo me asombro ante el hecho de que no se detuviera a socorrer a quien ha embestido, sino que nadie lo hiciera, ni siquiera los peatones que en no poco número cruzan la calle y evidentemente han sido testigos de lo ocurrido.

La segunda, sucedida no hace mucho en el trayecto del metro que une las estaciones de La Moneda con Universidad de Chile, tiene a un pasajero intentando hacer ver a otro, repetidamente, la violencia con que le ha pasado a llevar al entrar al carro. "Estimado, me ha golpeado usted", le dice. Una, dos, tres veces, los auriculares que tapan sus oídos sólo son la expresión material de la imposibilidad de una comunicación que a nadie, tampoco a mí, logra sacarme de donde sea que estuviéramos. "¡Oiga, al menos conteste pues!", molesta le dice otra usuaria, tocándole el hombre con similar poco efecto.

Solo como Pacheco, la violencia de la situación no sólo recarga el aire de incomprensión, sino varios días después me hace recordar la anterior, además del apellido de este profesor, olvidado casi ya en la silenciosa noche que ha venido reduciendo las horas de filosofía y educación ciudadana en el currículo escolar. Sin esa insistencia, y la de mi hermana, ¿cuántas otras han de haber antes de que nos descubramos gritando el nombre de alguien más por las calles o, peor, siendo perseguidos en nombre de algún absoluto, ninguno a fin de conversar y encontrarnos en la ciudad?