Indolencia vial: cuando la muerte deja de conmovernos

En Chile, la muerte en el tránsito se ha vuelto cotidiana. Tan cotidiana, que ha dejado de escandalizarnos. Más de 75 mil siniestros viales al año, cerca de 2 mil personas fallecidas y más de 35 mil lesionados no parecen suficientes para generar una reacción colectiva proporcional a la magnitud del problema. Las cifras se acumulan, los nombres se olvidan y las vidas truncadas se diluyen en la estadística.

La seguridad vial no es solo un problema técnico ni exclusivamente normativo; es ante todo, un reflejo de nuestra cultura. Y lo que esa cultura revela hoy es inquietante: una normalización progresiva del riesgo, una banalización de la imprudencia y una desconexión emocional frente al daño que provocamos o toleramos en el espacio público.

Esta indolencia se expresa de múltiples formas. En la conducción distraída, en el exceso de velocidad, en el desprecio por las normas más básicas de convivencia vial. Pero también y quizás de manera más alarmante, en quienes tienen la capacidad de influir en otros.

Algunos influencers, comunicadores y figuras públicas han contribuido a legitimar conductas de alto riesgo, como manipular el celular al conducir. Se graban, transmiten en vivo, interactúan con sus seguidores. Llegando al punto de declarar una de ellas sin pudor que "es adicta al celular y que seguirá usándolo, porque todo se soluciona con plata y abogados".

Esta desconexión obscena no es solo una irresponsabilidad individual. Es la expresión brutal de una cultura donde el privilegio, el dinero y el poder se perciben como impunidad. Donde la ley es negociable y la vida de otros es insignificante.

La indolencia vial no es inocua. Tiene consecuencias concretas: debilita la legitimidad de las normas, erosiona los esfuerzos de prevención y perpetúa un sistema donde la responsabilidad se diluye. Detrás de cada cifra hay historias que no alcanzamos a ver. Familias que no vuelven a ser las mismas, proyectos de vida interrumpidos, que ni miles de abogados ni tampoco millones de pesos logran revertir.

Como sociedad hemos fallado profundamente en sostener esa dimensión humana del problema. Hemos permitido que la tragedia se vuelva paisaje.

Chile no puede seguir normalizando lo inaceptable, necesitamos instituciones con coraje. Coraje para sancionar de manera efectiva, para regular sin ambigüedades, para incomodar a quienes lucran o se validan promoviendo conductas de riesgo. Y también coraje social: para dejar de mirar al lado y no seguir normalizando lo inaceptable. Porque cuando la muerte deja de conmovernos, el problema ya no está solo en las calles, sino en cada uno de nosotros.