Los límites de la sororidad

Se dice de nosotras muchas cosas: que somos más sensibles, más detallistas, que tenemos más habilidades con las personas…¿Qué quienes? Que los hombres, por supuesto. 

Uno de los mitos que con mayor frecuencia escucho en el mundo del trabajo es el que nos plantea a las mujeres como “difíciles para trabajar con otras mujeres”. Al parecer, nuestra naturaleza nos predispone a  rivalizar con nuestras colegas.

Marcela Lagarde, antropóloga mexicana, utilizó por primera vez el concepto de sororidad para hacer referencia a la posibilidad de hacer pacto social entre nosotras para lograr empoderamiento femenino.

Del latín sororis (hermana), este concepto señala las relaciones de complicidad entre mujeres. Como otros términos acuñados desde el feminismo (como el de femicidio) el efecto simbólico es mayor, se trata de poner palabras allí donde antes no las había. Aquello que no se nombra, tiende a no ser visible, a no existir.

¿Cómo co-existen, entonces, la sororidad como concepto político y el mito de la rivalidad femenina?

Simone de Beauvoir en su libro icónico ‘El segundo sexo’ (1949) ya planteaba que las mujeres, a diferencia de otros grupos oprimidos, rara vez decían “nosotras”- ese gesto nominal tan simple y significativo. Las mujeres vivimos dispersas entre los hombres, “si son burguesas son solidarias con los hombres blancos y no con las mujeres negras”.

El concepto de sororidad busca potenciar la capacidad de hacer pacto y plantear un “nosotras”. A modo de ejemplo, esta sororidad implicaría que las mujeres cisgénero[1] y heterosexuales harían alianza con las mujeres trans lesbianas y/o bisexuales, como parte del colectivo “nosotras”.

La precisión conceptual de este término contrasta con la proliferación de estereotipos que permean nuestras relaciones cotidianas.

“Nada peor que tener una jefa mujer”, dicen algunas mujeres; “¡oh! junta de brujas”, refiere un colega al observar una sala de reunión donde hay únicamente mujeres. Se trata de una rivalidad natural que existiría entre nosotras.

Acaso este mito, que mujeres y hombres reproducimos, sea una de las estrategias más efectivas para evitar que construyamos un “nosotras”. Estamos atrapadas entre la espada y la pared: o somos empáticas y cultivamos relaciones de total armonía con nuestra compatriotas en el género…o nos transformamos rápidamente en mujeres complicadas.

Voy a compartir un ejemplo reciente. En un panel sobre temas de igualdad de género en las empresas, una de las panelistas planteó una diferencia de opinión con otro panelista (hombre).

Él había presentado una postura del aporte del liderazgo femenino desde unos estereotipos muy naturalizados, hablando de nuestra naturaleza femenina. La panelista, experta en género, señaló que era preferible no caer en estereotipos tan fuertes, aún cuando fueran estereotipos positivos.

Al finalizar el panel y circular la panelista y yo por el pasillo, un caballero nos cedió el paso, al momento que le decía a mi colega, con una amplia sonrisa: “Adelante por favor, no vaya a ser que me reten como al señor del panel”. Si las mujeres no podemos expresar opiniones fundamentadas en disidencia con otros hombres, sin que sea relativizado como un “reto”, ¿qué nos queda para pensar las diferencias que tenemos entre las mujeres?

Sin duda la sororidad busca, frente a la diversidad existente, aliarnos en un pacto social en tanto compartimos una experiencia específica de opresión y discriminación. Pero con frecuencia disentimos entre nosotras y tenemos una mirada crítica de otras mujeres.

Y así como la opinión disidente de la panelista fue leída como un reto, las opiniones críticas de unas mujeres con otras, aún cuando fundamentadas, son leídas desde la confirmación del mito de que a final de cuentas las mujeres son las peores críticas de otras mujeres.

¿Qué hacer entonces, frente a mujeres que, ni santas ni perfectas,  ejercen por ejemplo malos tratos y abuso de  poder con otras mujeres?

En palabras de mi querida amiga Larissa (feminista y activista por la diversidad sexual) “criticar a una mujer, hacerle saber en qué está equivocada con razones de peso y hacerla responsable de lo que hace, no es faltar a la sororidad y menos es violencia de género. Por el contrario, no hacerlo solo por ser mujer es un acto de profunda misoginia y sexismo.

Se trata de un pacto inteligente, no ingenuo. Reflexionar sobre los límites de la sororidad no disuelve el pacto, solo lo fortalece.

[1] Cisgénero es aquella persona cuyo sexo biológico coincide con la identidad de género esperada socialmente. Es opuesto al concepto de transgénero.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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