¿Será verdad que aprender música es importante?

Si bien hay mucho ya dicho y escrito en términos científicos de las ventajas de aprender música, quiero esta vez compartir una experiencia en que al parecer responde de manera afirmativa la pregunta que titula esta columna, pero en sus variables sociales y además con resultado palpable.

Hace un par de meses postulé a un trabajo ad-honorem para ser el director de orquesta en una producción operática amateur en la inglesa ciudad de York.

Pues bien, luego de que los encargados revisaran mi currículum y vieran algunos videos míos en Internet, me citaron a una entrevista. Yo, pensando encontrar a una comisión de expertos, me sorprendí al ver que el promedio de edad del grupo de personas que me entrevistaban (que eran como veinte) no superaba los 21 años. Se trataba de la Sociedad Gilbert & Sullivan de la universidad de York.

Me enteré con asombro extremo que esta sociedad creada en 1972 está integrada exclusivamente por estudiantes de dicha universidad; que hay lo mismo en muchas universidades británicas y que levantan dos o tres producciones de ópera al año. 

Frente a esto yo pensé inmediatamente que se trataba de agrupaciones de estudiantes de música, lo que haría cierto sentido a semejante currículum, pero no. Son sociedades de estudiantes en general: biólogos, arqueólogos, cientistas políticos, químicos, trabajadores sociales, etc., y por cierto uno que otro estudiante de música.

Cuento corto, me seleccionaron para hacer la dirección musical, que por cierto estaba bajo la supervisión administrativa de la verdadera Directora Musical de la agrupación, quien es una estudiante de arqueología y que además de integrar el coro, es la pianista acompañante para los ensayos. 

Me programaron los ensayos con la orquesta integrada también por estudiantes. La oboísta estudia geografía, el primer corno y el jefe de segundos violines, química, la primer clarinete, trabajo social, y suma y sigue. Y lo más importante para mi asombro, todos vienen de la educación pública.

Ya al frente de las presentaciones, que fueron cuatro (cuatro para una ciudad de menos de doscientos mil habitantes), hicimos los ensayos en el teatro en cuestión.

Una sala pequeña de 320 butacas, pero con todo lo necesario (foso para la orquesta, iluminación, etc.). Estaba yo en un descanso cuando conversando con un asistente de iluminación del teatro, éste me comenta que todo el staff es voluntario.

A esas alturas mi cara de vergüenza por la realidad chilena y de asombro por lo que estaba viviendo era de una deformación más allá de lo imaginable.

Iluminadores, encargados de los sistemas de grabación, filmación a cinco cámaras, acomodadores, vendedores de entradas, todo, todito es voluntario. Todos tienen sus trabajos estables o están jubilados, pero vienen a hacer este voluntariado, que según me explicaba el señor, es porque además de amar la música, van al teatro a colaborar con las producciones para y por el bien de la comunidad.

En suma, una orquesta de más de veinte estudiantes, un grupo de solistas y coro de igual cantidad, y un grupo de producción también numeroso y a la vez profesionales y técnicos del teatro, todos unidos por un bien común, el entretenimiento y bienestar de la comunidad.

Para completar la historia, la sala estuvo a tres cuartos de su capacidad durante las cuatro presentaciones, y las entradas costaban unos diez mil pesos. Entonces, yo en mi desgraciada y pequeña mente neoliberal pensaba que habría repartición de las platas. Pues no. Los dineros recaudados son entregados a una fundación de caridad. 

O sea, ¿Estudiantes de cualquier carrera tocan un instrumento que les permite integrar una orquesta amateur o cantar un papel principal en una ópera, se organizan de tal manera que levantan una producción altamente complicada, y encima regalan la plata que ganan?

Estas personas están enfermas pensé desde mi pequeño y tristemente entrenado y deformado pensamiento, haciendo brillar mi calidad de buen hijo del capitalismo extremo nacional. Pero luego de una miradita en el espejo, pude darme cuenta de la dimensión real de todo los que cuento. Entonces, habiéndome arrepentido de tan descarado y nefasto pensamiento, me vino la respuesta a la pregunta ¿será verdad que aprender música es importante? Pues sí.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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