Una larga película de verano

Recuerdo cuando en enero íbamos a los festivales de cine del Teatro de la Católica en la plaza Ñuñoa, o a los ciclos especiales con los que nos deleitaba en tiempos de verano el Normandie con su seguidilla de comedias italianas, los filmes de Bergman o un vistazo con películas de la Nueva Ola francesa, entre muchas otras alternativas que ofrecía la cartelera fílmica de Santiago en esos años. No se trataba de ciclos para una élite cinéfila, por el contrario, era un panorama masivo familiar de clase media y estudiantes, parejas jóvenes y mayores que después del cine iban a comentar la película a Las Lanzas, ahí, al otro lado de Irarrázaval, rincón que aún existe pese al paso del tiempo, o a El Castillo en la Alameda, a pocos metros del Normandie.

Pero no sólo en esos teatros se veía buen cine, también en el Cine Las Condes en pleno Apoquindo, que era como un cine de estrenos del Barrio Alto, recuerdo que vimos allí "Fanny y Alexander" el gran fresco autobiográfico de Ingmar con intermedio y golosinas. Yo quedé flechado con el filme, me remeció tanto que aún no dimensiono la importancia que ha tenido en mi vida como fuente de reflexiones existenciales. Incluso el cine comercial de entonces era más variado, más jugado, "menos comercial", si hasta en el Golf o las Lilas, el Rex o el Multicine de Vitacura se estrenaban buenas películas de Claude Sautet, Federico Fellini, Wim Wenders o Carlos Saura por nombrar sólo a cuatro directores europeos hoy casi de culto.

No se que pasó, hoy hay más salas que antes, y todas repiten hasta el cansancio los mismos filmes de autos que dan vueltas en el aire, balaceras de grueso calibre, casas embrujadas de monstruos sangrientos y espeluznantes, la secuela enésima de películas de superhéroes americanos que luchan ya no contra el mal eslavo sino contra delincuentes urbanos, fuerzas malignas o poderes extraterrestres, como una especie de comic que satisface las los temores endémicos de una sociedad norteamericana ávida de enemigos catastróficos y enamorada de los poderes redentores de sus héroes, donde Dios, Trump, las chicas superpoderosas o el Capitán América no son tan distintos.

Es probable que sean la televisión y el cable, las nuevas tecnología, responsables en parte de este cambio, hoy esas películas de otrora incluso el pastiche de aquellas otras producciones actuales que imitan a las anteriores están en Netflix, Amazon, Disney, HBO o Google, para la gran sala y los parlantes estéreo quedaron las películas industriales, las más grandilocuentes y a la vez vacías superproducciones llenas de efectos especiales, como si la vida del cine se fuera en los pixeles de una animación, y el sonido surround, las experiencias de adrenalina y la piel de gallina versus el estímulo del espíritu y la reflexión.

Esas comedias, las de Woody Allen, las de Rob Reiner o Herbert Ross, o los grandes dramas y las extraordinarias y sensibles cintas de las industrias de Italia, Alemania o Francia, quedaron relegadas en esas sucias copias en los desaparecidos videoclubs catalogadas en la sección de "clásicas", a mitad de precio respecto de los estrenos recién exhibidos en los cines, y luego con los años, la aparición -como decíamos antes- de las plataformas de streamin' para hacerlas pasar al olvido.

Todo cine es digno de verse, no hay duda, incluso esos bofes italianos de monstruos y chicas livianas de ropa, las comedias desopilantes de Bud Spencer y Terence Hill, las podridas versiones de Batman y Superman, pero cuando una expresión artística se ve reducida a su mínima expresión, cuando el acceso al buen cine sólo queda plasmado en las mismas películas en todos los cines al mismo tiempo y casi todo el año, nos indigna o obliga a rememorar un tiempo pasado que no necesariamente sería mejor.

Los festivales de cine de la Católica de enero en los años 80 representaban lo mejor de esa época, no se trataba necesariamente de las mejores películas del año, aunque muchas veces la prensa lo vendía así, sino de películas destacables generalmente de autor, que pasaban rapidito por las salas comerciales o que, lisa y llanamente, no fueron estrenadas en su momento. No, no hablamos de cine complicado ni experimental, no se crea, no, sólo de buenas películas de ambas costas del Atlántico cuando no por ahí alguna japonesa, y filmes tan variados como atractivos. Ahí vimos, me acuerdo, "El amigo americano" de Wim Wenders, "Estallido mortal" del gran Brian de Palma, "Pasaje a la India" ese fresco anticolonialista de David Lean, "Ginger y Fred" de Federico Fellini, o "La noche de San Lorenzo" de los hermanos Taviani.

Pero el cine, como experiencia total, no era sólo visionar en la oscuridad del teatro una película en una pantalla grande, sino por sobre todo, ir luego a compartir una cerveza a Las Lanzas (o al Otto Schopp o al Jaque Mate) y hablar de cine, esbozar incluso sin ser experto, en los elementos fílmicos que nos llamaron la atención, y cómo estos elementos son coherentes con el contenido de la película; qué se yo, de la fotografía, del montaje, del guion, de la diégesis, de los alcances psicológicos de los personajes, del discurso del director, de la forma en expresar fílmicamente sus ideas y las similitudes, diferencias y contrastes con otros filmes del cine de su época, como para comprender mejor los contextos, que tan importante es para cualquier obra de arte, incluso importante para la vida misma.

Hablar de la fotografía de Antonioni en el "Desierto rojo", el rol de la música y el montaje a la usanza de Hitchcock en los filmes de De Palma, la paleta de intensos colores en las historias de Sídney Lumet, el efectismo de Oliver Stone, mientras pedíamos el segundo chacarero para acompañar la próxima cerveza.

El cine era vida social, salir con los amigos, una excusa para conversar de música y política; un bálsamo para las restricciones que vivíamos, el cine eran besos furtivos robados en la pisadera de la micro, profundas disputas epistemológicas, descubrimientos de un mundo hostil más allá de nuestras narices, el encantamiento de bellas historias de amor reencontradas o fallidas, de sueños galvanizados y literatura, de mucha literatura, y curiosidad intelectual que nos hacía comprar libros y revistas, publicaciones varias para comprender mejor para tener mayores herramientas para disfrutar el arte.

Coincidió la época con la edición de una revista extraordinaria, que más de alguno se podrá acordar, editada por la Embajada de Canadá y bajo la dirección primero de José Román y luego de Constanza Johnson, "Enfoque" fue un refresco para la agenda cultural santiaguina, una revista que revisaba en profundidad distintos temas del cine desde reflexiones semiológicas y filosóficas hasta monografías de directores y filmes, yo soñaba con escribir allí, pero claro, no estaba tan preparado y tenía tan sólo 22 años. Aún guardo gran parte de la colección de Enfoque, especialmente por su ranking de películas estrenadas en la última página que iba comparando con mis propias notas. Si Mampato fue mi revista de cabecera entre los años 1969 y 1976, Enfoque lo fue entre 1983 y 1990.

(Otro día hablaremos de Mampato, la añorada revista de Eduardo Armstrong y Themo Lobos)

Todo tiempo pasado fue... distinto, hoy podemos disfrutar del mejor cine cómodamente en nuestros hogares, aunque el mágico ecrán gigante y el sonido envolvente no podrá ser reemplazado por ninguna otra tecnología doméstica. Pero la modernidad de nuestra posmodernidad nos permite acceso a películas que antes nunca ni siquiera soñé ver, hoy están aquí, a un clic de distancia a la suscripción de una plataforma, Internet nos deleita con infinitas posibilidades de leer críticas y análisis y no se hace necesaria la pesquisa de viejos libros usados en San Diego para acceder a una publicación interesante ya que con otro clic puedo comprar en casa el libro que siempre quise.

Cada momento tiene su ventaja y su goce, antes fue el sándwich compartido o una pizza con la polola o la novia y los viejos amigos tras la visión de una película emblemática en un festival o ciclo de verano a la sombra de la tarde de plátanos orientales y castaños de plaza Ñuñoa, entonces lo importante era el cine; lo importante seguirá siendo el cine como máquina de sueños y vehículo espacio temporal de nuestra conciencia.

Está ahí, más vivo que nunca, sus nuevas y viejas películas, los grandes y pequeños autores, los que ya se han ido o los siguen con nosotros representados en sus historias meticulosamente escenificadas, los que siguen vivos ansiosos de sorprendernos con nuevas ideas, colores y encuadres, como si la vida misma fuera un verano de cine, como su la vida misma fuera una larga película.

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