A Bachelet, con admiración

En estos días hemos estado en presencia de varios y muy buenos artículos acerca del segundo gobierno de Michelle Bachelet, los cuales han destacado interesantes y valiosos aspectos de su gestión.

Bajo el expediente del llamado “legado de Bachelet”, en muchos de ellos se han enumerado los significativos logros de la mandataria, los que sin duda darán mucho que hablar.

En esta oportunidad, más allá de analizar con algún detalle su obra y gestión 2014-2018, cosa que trasciende el espacio de esta columna y que por lo demás espero hacer en una próxima publicación de una investigación en curso, quisiera detenerme en un par de cuestiones más bien cualitativas que, a mi juicio, configuran parte esencial  de lo que ha sido la  impronta y sello de la actual conducción de la Presidenta, desde donde se ha fundamentado y desplegado  un  exitoso resultado de su administración.

La sociedad chilena evidenciaba en el ámbito político-institucional y en el socio-económico una urgencia de cambios, acerca de lo cual había coincidencia en la mayoría de los diagnósticos.

Frente a esta situación y sin desconocer el significativo antecedente del movimiento social del 2011 encabezado por los estudiantes,  la entonces candidata Bachelet decidió postular para obtener el mandato popular para encarar esta preocupante realidad. Es así que ella es elegida Presidenta con un programa que, en lo medular, incluía una osada y  necesaria agenda de reformas, la que algunos, rápida y temerosamente, calificaron  de excesivamente ambiciosa cuando no de ser  “ideologizada” (como si esto fuera algo maléfico o inusual).  

Fue esta propuesta, y este es un aporte del gobierno de Bachelet que no siempre se menciona, la que jugó un rol clave para instalar en Chile las condiciones para un imprescindible e impostergable debate sobre la sociedad que se quería construir para las próximas décadas.

Un país que se proyectaba hacia el futuro casi por inercia, “fue remecido” y dejó al descubierto retóricas camufladas y posiciones que habían hecho de los consensos mal entendidos una obstrucción para el legítimo derecho de discutir y decidir sobre cuestiones de fondo.

En segundo lugar, la Presidenta fue capaz de vencer la tentación de asumir un liderazgo pragmático y meramente administrativo, con el que transara y acomodara lo esencial de su proyecto gubernamental, obedeciendo a las encuestas  y/o dejándose llevar por la voluntad política expresada por algunos dirigentes que solo deseaban responder a las manipuladas  opiniones ciudadanas.

Por el contrario, ella asume una actitud y discurso  comprometido con su programa de cambios y transformaciones de la sociedad chilena, ante lo cual nunca abdica, a pesar de las turbulencias  en su entorno personal, en la coalición oficialista y en la política nacional.

Si bien es cierto la Presidenta Bachelet no siempre logró movilizar plenamente a sus seguidores y a la ciudadanía en la consecución de los objetivos programáticos, mantuvo una persistencia en su discurso y un voluntarismo funcional, lo que fue clave para “trascender lo seguro” y hacer que el gobierno siguiera hasta el final emprendiendo los cambios y proyectos con los que se comprometió ante el país.

Una ilustración palmaria de lo que quiero decir, lo constituye el hecho de que en medio del descrédito transversal de la política, en un momento de una mala evaluación de su gestión, de ataques virulentos y desproporcionados de la derecha política y viviendo una situación personal extremadamente dolorosa por las torpezas de su hijo, es capaz  no solo de mantener la serenidad, sino que persevera en sus horizontes de sentido y constituye la llamada Comisión Engels, con la que catapulta la crisis política hacia una de las reformas más completas, profundas e inéditas del sistema político chileno en décadas.

Un tercer aspecto que me parece adquiere cierta peculiaridad, tiene que ver con la clara discrepancia de la Presidencia con la hipervalorización y absolutización del crecimiento económico como la variable que determina el desarrollo y prosperidad de los países, idea con que la derecha económica y la modernidad capitalista tienen convencida a muchos chilenos.

Michelle Bachelet se inscribe entre aquellos que respaldados en un corpus sustantivo de la literatura, reconocen la importancia de dicho crecimiento, pero tienen absoluta claridad que  no son la mayor productividad y la permanente competitividad lo que conduce al mayor bienestar humano y que incluso, muchas veces, estos empeoran las condiciones de vida de los habitantes y destruyen el entorno natural.

En un país cuyo ritmo económico depende fundamentalmente del dinamismo internacional y del precio de su comodity (el cobre), ella supo caminar en medio de una mala racha en dichos condicionantes y forjar proyectos que pudieran sentar bases para que el desarrollo humano, el bienestar y la dignidad de los chilenos tengan un mejor futuro.   

Lo recientemente señalado me lleva al último punto que quisiera relevar, siendo tal vez la herencia por excelencia del segundo gobierno de Michelle Bachelet.

A pesar de los errores procedimentales y de contenido cometidos por algunos de sus ministros y mandos superiores, con una deficiente política de comunicaciones del gobierno, en medio de una crisis de confianza y ética que afecta transversalmente a los partidos políticos, contra una campaña apocalíptica permanente del gran empresariado y la derecha política en complicidad con la mayoría de los medios de comunicación y más allá de algunas tensiones e incoherencias en la coalición política oficialista, la gestión presidencial  lleva a cabo un conjunto de transformaciones en el país que junto con significar más justicia social, modifica normas y valores que condicionan la vida de los chilenos.

Definitivamente Michelle Bachelet marca un hito o punto de inflexión desde el retorno a la democracia por su compromiso y logros en cambios institucionales y socio-políticos cuyas repercusiones la historia ubicará en su justo podio.

Por su coraje, constancia y actitud  con que lideró su gestión, nuestra sincera admiración Presidenta y por no claudicar e impulsar cambios inéditos en pro del bien común, nuestro gran reconocimiento.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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