Inmigrantes con la ley siempre postergada

La creciente corriente de inmigrantes hacia Chile no va a disminuir con rapidez; los flujos serán permanentes por muchos años más. A pesar del lento crecimiento económico reciente, la brecha entre las condiciones que ofrece el país y la que disponen las naciones de origen es muy notoria, en  los aspectos económicos, sociales y políticos, y se mantendrá por un período que no será breve.

Por lo tanto, Chile como parte de un mundo globalizado e interdependiente, deberá adecuarse a esta realidad para la cual no está preparado. Además, mientras en otras partes del mundo las fronteras se cierran aquí siguen abiertas.

El principal problema es que la legislación está obsoleta, es de 1975 y no ha cambiado en su esencia, a pesar de los parches posteriores, desconociendo las obligaciones con el exterior, en especial los convenios internacionales.

La normativa se caracteriza por estar centrada en la seguridad frente a los extranjeros, a quienes se temía como enemigos en una Dictadura que recién se iniciaba y se heredaba la más que centenaria tradición selectiva frente a quienes se aceptaba como residentes: tenían que ser europeos que vinieran a continuar la colonización de las tierras no cultivadas como fue el sello de la llegada de alemanes, franceses e italianos en el sur, durante el siglo XIX. No fue un país abierto a la llegada de todo tipo de foráneos, como las naciones sudamericanas que miran al Atlántico.

Por lo tanto, tradicionalmente Chile fue un país de emigración neta, ya que quienes abandonaban el país superaban a los que llegaban; como país pobre muchos nativos buscaban mejores destinos. Pero desde hace pocos decenios la situación se invirtió, como consecuencia principalmente del progreso nacional.

Que la ley vigente no sirve para la realidad actual lo reflejan muchos signos, como la enorme cantidad de indocumentados viviendo en el país o la incapacidad para expulsar a quienes no hacen aportes a la comunidad sino serios perjuicios, favorecidos por la timidez de algunas autoridades temerosas  de ser tachados de “discriminación”.

Sin embargo, lo más serio es que la legislación no tiene los elementos indispensables para la inserción de los inmigrantes a la sociedad, con lo cual se pierden aportes importantes que son valiosos para el desarrollo económico y social, así como elementos para la diversificación cultural. Se están desaprovechando los factores más destacados  que entregan los extranjeros como son su capacidad de emprendimiento, innovación o su incorporación como especialistas.

Una insuficiente integración del extranjero que permanecerá en el país, por un tiempo acotado o definitivo, atenta gravemente contra sus derechos humanos, cuando no recibe una adecuada atención de salud, educación, vivienda y la posibilidad de incorporarse a la comunidad local en que vive o a un trabajo regulado. Esta situación es una fuente de insatisfacción y de potencial conflicto que se debe evitar. Por el contrario, es muy probable que se esté incubando el rechazo explícito o latente de quienes vean al extranjero como un competidor en el acceso al trabajo o a los beneficios sociales, como acontece en muchas sociedades que no han desarrollado políticas exitosas de integración.

Este elemento se refuerza cuando la oposición política lo utiliza con profusión, así como algunos medios de difusión afines.  El hecho puede ser más agudo si en el futuro la economía no está en condiciones de generar suficiente empleo o la satisfacción de  las demandas de la población local no puedan ser satisfechas en la medida esperada.

Zygmunt Bauman, en su reciente libro “Extraños llamando a la puerta” [Paidós, 2016], señala que el inmigrante empieza a ser mirado como “un extraño”, inquietud que sería más intensa entre los más pobres, generando sentimientos de xenofobia y chovinismo, como ha ocurrido en varios países desarrollados, y el alegato “nadie nos consultó”, para justificar su rechazo.

Esta situación en Chile todavía no se ha dado, pero puede generarse especialmente en los trabajadores independientes, muy comunes en el comercio callejero, tan propicio a frecuentes incidentes.

Según el mismo autor, el proceso de deshumanización, tan propio de la época actual, ha llevado “al desplazamiento de la cuestión de las migraciones desde el ámbito de la ética al de los riesgos para la seguridad, la prevención y el castigo de la delincuencia”, síntomas que se empiezan a observar en Chile.

A pesar de los antecedentes anteriores y de permanentes anuncios, el Gobierno sigue postergando el envío de un proyecto de ley al Parlamento. Si bien no parece tener  claridad sobre los contenidos esenciales de la iniciativa, el Parlamento podría ser el lugar para que se aclaren las ideas y se puedan expresar las diferencias y acuerdos en una materia compleja, a pesar que el ambiente actual es tan propicio para los gestos demagógicos como ocurre en este lapso pre electoral. Lo peor sería que se dijera “pasó la vieja“, si se desataran serios conflictos. 

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Edición
Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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