La profundidad de la crisis

Se ha vertido mucha tinta en las últimas horas respecto de la situación en la Democracia Cristiana, centrándose en la confrontación entre la presidenta Carolina Goic y el actual diputado Ricardo Rincón, acusado de un antiguo caso de violencia intrafamiliar.  

Si la crisis estuviera radicada solamente en ese episodio, hubiera sido un asunto de fácil solución, pero hay asuntos más profundos y pendientes por más tiempo que no se han resuelto y que permiten suponer que la crisis partidaria seguirá prolongándose más tiempo, en la medida que la convivencia interna no sea abordada con una claridad y una decisión que, hasta ahora, no han sido definidas, al menos de acuerdo a la percepción ciudadana.

No se trata de ser pro DC o anti DC para constatar algunos hechos. En primer lugar que desde la reinstauración de la democracia, la DC ha perdido un millón de votos y que esa situación le ha quitado buena parte de su tonelaje político. 

Este fenómeno tiene diversas razones. El sistema electoral binominal con su efecto centrífugo afecta a los partidos de Centro y favorece a los de Izquierda y Derecha, que aparecen con posiciones más definidas y distinguibles, aunque a la hora de pensar el país en el largo plazo siguen siendo necesarias posiciones moderadas y lejanas al fanatismo ideológico.  

Por eso es que tanto y a tantos les preocupa lo que sucede en la DC, porque se la necesita y porque se tiene la percepción que se ha introducido por su propia responsabilidad en un atolladero difícil de resolver.

Pero no es sólo culpa del empedrado ni de los adversarios políticos. La DC no ha tenido la capacidad de generar figuras con un carisma y una reputación equivalentes al de sus fundadores. Se ha dejado desplazar en su política por criterios que suelen calificarse como tecnocráticos, ha cometido errores estratégicos y ha  persistido en une defensa de valores morales que parecen confundirse con una iglesia Católica que tiene sus propios problemas, mientras, al mismo tiempo, no ha cuidado de la ética y coherencia entre su discurso y el comportamiento de algunos de sus militantes.

Es cierto que en ocasiones ha servido de contrapeso dentro de una alianza inclinada hacia la Izquierda, pero a la vez esa pertenencia a un pacto que parece ajeno a su historial doctrinario le resulta difícil de comprender a los partidos que tienen la misma orientación en el extranjero.

La DC tampoco ha sido exitosa en leer los cambios en la sociedad chilena, que ha entrado en una fase de fuerte individualismo y materialismo, y por lo mismo no ha sido exitosa en sus esfuerzos por actualizarse sin perder su identidad.

Es evidente que estos males aquejan a todos los partidos, porque hay una crítica generalizada a la política, pero resulta comprensible que las colectividades de mayor tamaño son las que tienen más que perder, y más cuando se trata de un partido ya con 60 años de existencia y con tres Presidentes por cuyos actos - buenos y malos- tiene que responder ante la ciudadanía actual.

En estas condiciones, se tiene que demostrar más que nunca una capacidad de conducción política que no se observa.  El caso de Rincón no es el único que recibe reproches ciudadanos, pero la decisión de intervenir sólo se da en este asunto, con una atribución que ha existido siempre pero que no se ocupó a tiempo.

Se convocó a un Congreso Ideológico para actualizar su doctrina, pero no se han aplicado las conclusiones y, lo que es grave en una colectividad que ha patentado el concepto de la fraternidad en su convivencia interna, persisten los grupos internos que constituyen verdaderas camarillas que tratan de proteger su poder propio aun a costa del partido, tan inevitables en un partido grande como necesitados de control.

La buena noticia para la DC es que el sistema electoral cambió y el espacio en el Centro político vuelve a recuperar algo de su antigua importancia, por lo que tiene un lugar en el que volver a crecer, siempre que sepa hacerlo con claridad, verdadera vocación de servicio y comportamiento recto. 

El camino será, sin duda, largo y difícil, pero servirá para desprenderse de quienes participan en el partido por la posibilidad de conseguir cargos de poder y ventajas personales.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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