¿Refundando un nuevo Chile?

¿Será necesario refundar un nuevo Chile para superar las grandes carencias que tiene el actual, no solo en el plano económico y social, sino de una manera imponente en su dimensión cultural?

Al parecer esta pregunta tiene una respuesta positiva, es decir, debemos cambiar nuestra forma de hacer país, de manera urgente y más precisa, con el fin que los cambios necesarios se lleven a cabo con mayor celeridad, sin que las miserias existentes nos alcancen de manera trágica en el plano de la interacción social entre chilenos y chilenas.

No obstante esta necesidad, nos queda a lo menos una pregunta pendiente antes de responderla, ¿cuál será el camino y la metodología que debemos seguir para alcanzar la superación de las carencias antes señaladas?

He pensado que hay tres formas de construir realistamente este mundo nuestro, llamado Chile y que constituye una dimensión importante de nuestra propia personalidad individual y colectiva.

Hoy me digo chileno o chilena porque existe un sustrato colectivo que es la base de nuestros valores y pautas culturales (normas, costumbres y usos). Sin este sustrato nos disgregaríamos como se han disgregado otros pueblos que han existido sobre nuestra tierra y su historia. Y eso se ha producido por las guerras, la violencia, la falta de ánimus de vida en común, la carencia de diálogo, los intereses de los más poderosos y las revanchas de los que nada han tenido.

Una sociedad sin una justa repartición de sus bienes comunes es una sociedad que pronto cae en el espíritu revanchista y en los deseos de venganza, dejando de lado las posibilidades de construir un mundo más comunitario y por lo tanto más solidario, justo y participativo.

Este sustrato colectivo no es sólo el espacio y el tiempo que nos rodea sino que es algo mucho más profundo que solo puede ser descrito por el lenguaje subjetivo de las comunidad y las personas. Es lo que el filósofo H. Bergson llamaba “la duración”, que es aquel tiempo y movimiento indescifrable a simple vista, que está por debajo, sustentando y dando energías, al tiempo cronos y al espacio tridimensional que vivimos cotidianamente los seres humanos.

En la actualidad esa dimensión es la que se ha disipado de la conciencia  de las personas, quedando las áreas del conocimiento y sentires más profundos perdidas en la incógnita de las interrogantes.

Por eso es necesario, enfrentar la realidad desde tres niveles que se entrecruzan entre sí: de una parte, acercarnos a la realidad desde los hechos particulares, los que debemos vivir cotidianamente mediante las necesidades crecientes y complejas que debemos enfrentar para sobrevivir. Aquí se nos hace presente el mundo del “cosismo” o “cosa simple”, de lo particular, de lo aislado entre sí, sin una mirada global.

No obstante, pese a lo fácil que se dice, lo simple es quizá lo más complejo de obtener en términos comprensivos y de beneficios para la vida cotidiana.

Por otra parte y en la medida que nos podemos destrabar y liberar de ese primer nivel, entramos a la posibilidad cierta de la reflexión, de la síntesis, que nos permite comenzar a tener miradas globales sobre lo particular en un segundo nivel de comprensión.

Es lo que denominaríamos, en el plano de la política, “las políticas públicas” (aquella dimensión intermedia entre la persona y el todo de la realidad)  que se supone nos guiarán por la voluntad de las mayorías de los miembros de la comunidad y en donde la persona individual va perdiendo su capacidad de influencia sobre el todo que la circunda y queda prisionera de dichas políticas, campo propicio para que algunos aprovechen la coyuntura de conseguir cada vez más poder. De esta manera se comienza también el proceso de divorcio entre quehacer  cotidiano necesario de la persona y las orientaciones prometidas por aquellos que detentan el poder intermedio de la sociedad.

No obstante lo anterior, queda un nivel de la realidad que hoy ha sido casi totalmente olvidado en nuestra la sociedad actual. Nos referimos a la dimensión de lo macro cultural, en donde pocos son los que reflexionan sobre el mismo, dado que este no produce bienes a corto plazo ni premios del alta monta, salvo los de consumo.

Además, para entrar al mismo, no se necesita solo de la capacidad del conocimiento común, científico o intelectual, sino conjuntamente del conocimiento que llamaré “el conocimiento del silencio”, que es aquel que debe accionarse desde lo más profundo del corazón, desde lo que muchos denominan el conocimiento del lenguaje subjetivo o del silencio, contemplativo y permanente

Estas tres dimensiones nos permiten, conjuntamente comprender la realidad y proyectarnos hacia el futuro con fuerza y energía, al tener que trabajar en los tres niveles sin preeminencia de ninguno, pero teniendo como base a la integralidad de la persona humana y la comunidad con la cual convive.

Chile necesita los tres tipos de pensamiento que hemos configurado en este escrito. Sin alguno de ellos el futuro queda truncado en sus proyecciones de bienestar  y felicidad posible para las nuevas generaciones.

Se necesitan obreros, técnicos, profesionales y educadores bien calificados en sus competencias para la realización de  trabajos bien hechos; de creación de círculos comunitarios y culturales; la disposición de participación en el “gobierno de la polis”; de personas capaces de desarrollar su potencial humano; de personas generosas y tiernas en su fe, en su esperanza y especialmente en su caridad y participación.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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