Un cura con mameluco, bototos y las ideas muy claras

Dediqué uno de mis primeros comentarios en este comentado espacio de opinión a la experiencia misionera que el padre jesuita Felipe Berríos había iniciado en África y en el yo destacaba su vida religiosa auténtica, ejemplar y comprometida con los más desposeídos y abandonados.

Hice un contraste entre su admirable actitud pastoral y la de otros sacerdotes católicos que no se comprometen, sino con su propio bienestar, seguridad y comodidad.

Junto con destacar a este sacerdote con los bototos bien puestos, pisando barro e inmundicia, critiqué a esos tantos otros de blancas túnicas y manos tersas, lamentablemente, la gran mayoría de nuestra Iglesia.

A lo largo de mi texto repetí intencionadamente la frase “ojalá que no nos defraude”, refiriéndome al padre Berríos, por supuesto. Un lector creyó advertir en esa reiterada frase mía una doble intención en mi texto, lo que no era ni es efectivo. El padre Berríos no nos ha defraudado.

Otras personas me confidenciaron que el alejamiento de Chile del padre Berríos obedecía a razones muy poco elogiables. Ante la duda, preferí no hacer comentarios y darle tiempo al tiempo.

Y, gracias a Dios y al tiempo, hoy puedo reafirmar mi admiración por el jesuita Berríos, porque, hasta el momento, nada ha enlodado su cristiana reputación y, en cambio, él ha continuado dando claras demostraciones de su comprometido espíritu de servicio pastoral entre las comunidades africanas que atiende y se ha mostrado como un auténtico seguidor del Evangelio original, del que habla de ser una Iglesia misionera cercana a los que sufren, a diferencia de la gran mayoría de los curas y monjas que nos rodean.

Así lo pude ver en la tan vapuleada entrevista que recientemente fue exhibida por las pantallas de Televisión Nacional y que todavía puede ser vista por Internet.

He leído en la prensa varios ataques de altos dignatarios de la Iglesia chilena que reaccionaron indignados contra las grandes verdades que expresó el jesuita en dicha entrevista.

Todas falsas acusaciones, por cierto, en contra de quien se atreve a decir las cosas por su nombre.Por ejemplo, que la Iglesia ha perdido su norte y se ha alejado del verdadero mensaje cristiano; que se ha refugiado en el poder y en la opulencia, olvidando a los pobres y a los que sufren, una Iglesia clasista que discrimina en lugar de congregar, dueña de colegios religiosos que impiden el ingreso de hijos de padres separados o divorciados, una Iglesia arribista que busca codearse con los poderosos, una Iglesia que no es samaritana, sino levita, que es capaz de pasar junto al caído sin darle ayuda ni amparo.

En la entrevista, el padre Berríos plantea una pregunta a su entrevistador y al público: “¿Quién puede decir el nombre de cinco o más obispos en el Chile actual? ¡Nadie o muy pocos! ¿Y eso por qué?”, se pregunta el sacerdote para luego responderse: “Porque los actuales obispos dejaron de ser líderes para los católicos.”

Están refugiados tras sus lujosos ornamentos, lejanos del pueblo. No es esa la actitud que Jesús adoptó y que predicó, porque Jesús no buscó rodearse de los poderosos, sino de los más necesitados, de los enfermos y de los hambrientos, que es lo que está haciendo el padre Berríos en tierras lejanas, porque si lo hiciere en nuestro país, seguramente sería atacado por la jerarquía, igual como le pasó al jesuita Alberto Hurtado en su tiempo.

Porque conocí al cardenal Raúl Silva Henríquez, puedo afirmar que él habría estado de acuerdo con las declaraciones del padre Berríos y no lo habría combatido, sino respaldado. En cambio, otros hoy critican al jesuita porque habla de la Iglesia en tercera persona, desde la vereda del frente. ¡Obvio! ¿Cómo va a hablar en primera persona, desde dentro de la Iglesia, si él no se siente partícipe de esa Iglesia lejana, ausente, insensible, ciega y discriminadora?

Debemos agradecer al padre Felipe Berríos que desde tan lejos y de tarde en tarde nos haga reflexionar sobre cómo está por dentro la Iglesia Católica, tanto la chilena como la universal.

El Papa Francisco decidió no usar la esclavina bordada en oro ni los zapatos de charol rojo propios de su investidura, y el padre Berríos optó por usar un mameluco de pana azul y bototos, porque ambos creen en una Iglesia que le pone el hombro a la vida, que “la fe es un verbo y no un sustantivo”, como canta Arjona, quien también fue criticado por la jerarquía eclesiástica que vio en esas palabras un ataque en su contra.

Definitivamente, las palabras del padre Berríos me parecen mucho más sinceras y acertadas que las que muchos curas pronuncian en sus ceremoniosas prédicas dominicales. El rostro del jesuita refleja paz y amor, no así el de otros curas, que parecieran ocultar sus verdaderos sentimientos tras unas palabras gastadas y carentes de vida.

Paz, amor y sinceridad, con una pizca de profunda pena, se advierte en el rostro del padre Berríos durante toda la entrevista por televisión.Recomiendo buscar en Internet la entrevista al padre Berríos a todo aquel que desee reflexionar en serio sobre la situación actual de la Iglesia Católica. Es justo y necesario.

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