El país de las barras bravas

Nos hemos ido transformando, de a poco, en una sociedad tremendamente agresiva, en la que el odio predomina por sobre otros sentimientos.

Eso se puede percibir incluso en los detalles más domésticos. Un estudio de la institución Hora de Parar nos señala que en Twitter se producen en promedio 136.000 mensajes con insultos mensuales. El Automovil Club señala que el 25% de los chilenos que manejan se definen como un conductor agresivo, ofensivo, nervioso e impulsivo y el 72% ha protagonizado un altercado o discusión con otro automovilista.

Ocupamos un lamentable segundo lugar en Latinoamérica en violencia laboral, acumulando más de cinco mil denuncias en la Inspección del Trabajo por esta causa en los últimos 4 años. El 80% de los trabajadores del retail dice haber sido víctima de algún tipo de violencia sicológica laboral.

Violencia. Cada vez más muestras de odio. Y esa odiosidad, por cierto, incide en la política.

Una buena muestra de aquello es la agresiva confrontación entre barras bravas a las afueras del Tribunal Constitucional. Me tocó constatar personalmente la realidad del odio entre bandos rivales. Fue un espectáculo lamentable. Tanto detractores y partidarios del proyecto de aborto aprobado por el Congreso, propiciado por el Gobierno, provocaban duramente a sus detractores. Tal situación derivó en que incluso un ministro del propio Tribunal fuera agredido porque se resolvió cambiar la fecha del veredicto para el lunes y no para el viernes como esperaban los manifestantes.

Pero lo del Tribunal Constitucional no es la única muestra del odio social. Ejemplos sobran. Los discursos agresivos en redes sociales de Hugo Gutiérrez quien ayer difundió una foto - trucada por cierto - de los padres de Donald Trump vestidos de militantes del infausto Ku Klux Klan; los xenófobos, pretendiendo culpar a los extranjeros de enfermedades exóticas que se han constatado en Chile; las peleas por un bus naranja y sus mensajes que ponían a prueba la paciencia de sus detractores, que dio paso a un segundo bus, llamado “por la tolerancia”, cuyos ocupantes no siempre la predicaban. Podríamos seguir, ejemplos hay varios.

Todo esto nos hace replantearnos hasta dónde se puede permitir una sociedad democrática el predominio del odio en el espacio social.

Partamos por lo básico. En una sociedad democrática, cualquiera tiene derecho a reunirse con otros en un espacio público en apoyo o rechazo de una idea, causa, persona o movimiento, por impopular, repugnante o desagradable que este sea.

La Constitución pone escasas trabas para aquello: que tal manifestación sea pacífica y sin armas. Asimismo, cualquiera puede expresar estas ideas, pues la libertad de expresión es un derecho esencial. Las escasas excepciones son no imputar delitos a terceros o no deshonrar, desacreditar o menospreciar a otros.

Es irrelevante si dicha reunión o expresión constituya, para algunos, una provocación que genera odio y división. En Chile, en general, no existen los delitos de incitación al odio.

Por ejemplo, la legítima presencia de detractores de la ley, autodenominados pro-vida, normalmente generarán molestia en quienes consideran, en forma igualmente legítima, que el proyecto de tres causales de aborto es una causa de odio. Pero esa molestia es un costo que nos impone la vida en democracia. A la inversa, la expresión o presencia legítima de los partidarios del proyecto podría entenderse como una motivación al odio de los primeros, quienes igualmente deben respetar la expresión de aquellos.

El problema no está en la legítima expresión de ideas o manifestación, está en el grado de odiosidad que representan. Cuando nuestra discusión social se funda en la lógica del “enemigo político” del cual hablaba Carl Schmidt, del “nosotros contra los otros”, caemos en aquello que Karl Popper alertaba, con razón, que predominen la irracionalidad y al dogmatismo, ambos enemigos de la democracia y la sociedad abierta.

Cuando consideramos al adversario como “enemigo”, ambos aspectos predominan. Eso aplica al conductor, al tuitero con el que debatimos, al empleado, al vendedor, al político, al hincha del equipo rival o al manifestante de causas distintas a las propias.

En democracia, los detractores o rivales son adversarios, pero no enemigos. Un enemigo se diferencia de un adversario, como explica el politólogo alemán Johann Hinrich Claussen, en que el adversario se mueve en el mismo marco de su detractor, pertenece al mismo sistema, comparte convencimientos básicos. Él es un competidor con quien se intenta disputar por la vía argumentativa. Naturalmente, siempre se desea derrotar al adversario, pero si eso no es posible, debemos aprender a aceptar sus victorias o a negociar con él algún compromiso. No aniquilarlo.

De todo lo antes expuesto deriva la siguiente reflexión, ¿es lícito, para quienes se sienten provocados boicotear por vías de hecho, como las tristemente celebres “funas”, la manifestación o expresión de otros? En mi opinión, nadie tiene derecho a convocar a una actividad que, de suyo, se presupone violenta y la “funa”, la manifestación agresiva, lo es por su propia naturaleza. Más sensato sería que, en paralelo y a suficiente distancia del primero, quienes discrepan de dicho acto organicen su propia convocatoria de repudio al mismo.

Incitar el odio, al revanchismo, a reducir al otro tratándolo como un enemigo es no solo irresponsabilidad, sino un error político e histórico. Es retrotraerse a la época de 1967, cuando la “Violencia Revolucionaria” era una vía aceptable, sino la única, para el Partido Socialista.

Es retrotraerse a la Doctrina de Seguridad Nacional en cuyo nombre se violaron derechos fundamentales. Dejar de ver al adversario como un par, y considerarlo un enemigo, llevó al mundo a dos guerras mundiales, y a la proliferación de extremismos y totalitarismos. Esos gustitos, en el pasado, le costaron caro a Chile. Es más, el precio por ellos aún los estamos pagando.

Como país no nos merecemos a los instigadores del “país del odio” ni que las barras bravas de la política monopolicen la discusión.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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