Perdón por la obviedad

La Democracia Cristiana debe iniciar su recuperación política recurriendo a la colaboración de todos sus militantes. La diversidad de opiniones, cuando se busca finalmente actuar en conjunto, es una riqueza humana y política de la mayor importancia. 

Lo lógico es que un partido tenga ante sí un abanico de opciones tácticas y estratégicas entre las cuales tiene que decidir mediante procedimientos democráticos. El debate está siempre abierto, las evaluaciones de las líneas políticas asumidas tienen que ser una práctica cotidiana y es parte de la normalidad. 

Como el partido acaba de protagonizar una derrota electoral y además una crisis de la convivencia interna, es natural que se empleen exclusivamente las buenas prácticas de los debates centrados en propuestas, dejando drásticamente fuera de la deliberación comunitaria las descalificaciones personales. 

Tiene plena validez que militantes muy destacados pidan a la bancada de diputados del partido que adopten una decisión que les parece la más coherente con nuestros principios y valores. Es el caso de Soledad Alvear, Gutenberg Martínez y Jorge Burgos, entre otros.

Piden una rápida definición política que separe aguas respecto del Frente Amplio, a raíz del acuerdo en la Cámara de Diputados que reúne, además, a los partidos de la Nueva Mayoría y a la Federación Regionalista Verde.

Lo que se dice es que este acuerdo “constituye el inicio de un nuevo tipo de alianza política”. Lo que se rechaza es tanto el acuerdo específico como este posible tipo de alianza. Por eso se da a una decisión puntual una inusitada importancia. Se pone así al rechazo al Frente Amplio en el centro de nuestras definiciones. 

Esta clase de emplazamientos tiene plena legitimidad con la obvia condición que se plantee como un llamado a la acción inmediata que sea analizada y resuelta por las instancias de decisión partidaria. Siempre es debatible los ámbitos que abarcan lo táctico y lo estratégico en política, pero tampoco nadie discute que la política de alianzas es una definición que se toma en las instancias superiores del partido. 

No hay mejor momento que este para este tipo de decisiones de fondo, puesto que se ha llamado a elecciones internas, las diversas posturas se pueden expresar con libertad y no hay temas vedados a la decisión de toda la militancia.

No estamos desperdiciando el tiempo, no se están escabullendo las definiciones ni se está jugando a la ambigüedad. De modo que hay que emplearse a fondo en el debate interno, y de este modo se habrá colaborado a la mejor decisión posible. 

Personalmente tengo una aproximación distinta al tema, lo diagnostico de manera diferente y llego a conclusiones distintas de estos destacados militantes.

Tengo la obligación de exponer mi punto de vista, como cualquier otro DC, pero no tengo ninguna pretensión de tener la verdad. No me siento particularmente iluminado en mis juicios.

Es más, y como corresponde, estoy dispuesto como siempre a que, luego del debate, otros camaradas argumenten mejor que yo, y una mayoría respalde una evaluación distinta a la que he reflexionado en lo personal. 

Desde ya asumo la decisión que democráticamente se resuelva. Desde luego esto es obvio, no debería mencionarlo siquiera y nada distinto espero de ningún otro camarada.

Lo contrario sería aceptar solo las decisiones con las que concuerdo y, por lo tanto, que nunca debatí para decidir como comunidad, sino que tenía una decisión previamente tomada y que solo aceptaría lo que me dé la razón. Esto ni siquiera merece mencionarse. 

Sin embargo y entrando en el fondo de la discusión, quiero presentar las cuatro razones por lo cual llego a conclusiones distintas a las que se han presentado en estos días.

Y es que básicamente, creo que definirse por antagonismo al Frente Amplio me parece un error aquí y ahora.

(a) Hace anteceder el rechazo a sus definiciones políticas.

(b) Esta posición fortalece al Frente Amplio.

(c) Afecta negativamente la reconstrucción de la centroizquierda.

(d) Nos saca del esfuerzo partidario central. 

Hay que recordar que el Frente Amplio no es un partido sino una coalición de formación muy reciente. Se encuentra en estos momentos estructurando su perfil más definitivo, luego de una elección presidencial y parlamentaria que consideran un triunfo. 

No hay que desestimar la importancia de esta etapa ni adelantase a su conclusión.

Nosotros sabemos mejor que nadie que se puede ser parte de una coalición y, al mismo tiempo, estar interesados en tener un perfil propio.

Prever desde ahora lo que ocurrirá es demasiado precipitado. Pensar, desde ahora, que estaremos igual de distantes de todos y cada uno de los movimientos y partidos que integran este conglomerado es un exceso. 

No podemos justificar un rechazo a priori. Tampoco es necesario. Mucho menos resulta conveniente. Por lo demás, una actitud de franco hostigamiento solo puede resultar contraproducente. 

Nuevamente, si recurrimos a nuestra propia experiencia, podemos recordar cómo hemos reaccionado nosotros siempre que hemos sentido un ataque externo.

Todo el debate entre nosotros se suspende, se cierra filas y se responde unidos al embate viene de fuera. Lo que es una agrupación en esbozo, resulta ya un frente unido por la fuerza de los hechos.

Se ha creado la realidad que se ha querido exorcizar. Se ha dado la razón a los de posiciones más radicales. Se ha provocado la eliminación de los matices. ¿Por qué nos vamos a meter gratuitamente en este lío? 

Otra cosa son las posiciones políticas asumidas por actores específicos y movimientos en particular. Es decir, cuando se actúa frente a definiciones ya tomadas. Sabiendo cuales son las definiciones propias, no hay dificultad para coincidir y discrepar de otros. Para eso se está en política.

Pero ¿por qué ahora y a rajatabla este pronunciamiento antagónico en particular mediante la ruptura de un acuerdo en la Cámara? 

Esto justo cuando nosotros mismos estamos convocando a un Congreso Ideológico y Programático para actualizarnos, y cuando veamos a todos los partidos con lo que hemos compartido gobierno hacer lo mismo o su equivalente. No lo entiendo.

Y en política ocurre que, si tu caminas y no sabes a donde vas, hay otro que si sabe para donde te lleva. No me parece prudente actuar a destiempo con efectos políticos que no controlamos. 

Y son los efectos no deseados los que más me preocupan. El efecto más importante que tendría atacar al Frente Amplio no tiene nada que ver con lo que ocurría con este conglomerado con el que tenemos pocas relaciones. En cambio, sin duda nos alejaría del resto de los partidos de centroizquierda. 

En efecto, afecta negativamente la reconstrucción de la centroizquierda. En un ambiente caracterizado por el inicio del diálogo político, abierto y sin exclusiones, cuando todavía está muy alejado la posibilidad de plantearse una nueva coalición, el partido que se excluye es el que se aísla y, por lo tanto, el que se debilita. 

Los partidos que han sido nuestros aliados no entenderán el por qué de nuestro radicalismo, y estarán muy lejos de imitarnos. Simplemente el dialogo comenzará con los que quieran dialogar. Al cabo de poco tiempo, el autoexcluido no influirá en nada.

La opción de centroizquierda desaparecerá por falta de acciones que la hagan posible. Solo quedará la izquierda aglutinada en exclusividad, no porque quiso sino porque hubo quien se restó por anticipado.

Todo esto justo cuando hay que ponerse de acuerdo para enfrentar la elección municipal y de gobernadores regionales. La idea de que, después de todo esto, la Democracia Cristiana saldrá fortalecida me es inconcebible. 

Por último, me parece que esta discusión a destiempo, negativa y consumidora de tiempo nos saca del esfuerzo partidario central. Y lo central consiste en establecer nuestras propias decisiones en materia programática, haciendo frente a un gobierno de derecha que, desde el primer día, trabajará para perpetuarse.

Hacer frente no es obstruir, es mostrar que el país se puede desarrollar con equidad y sin privilegiados, con participación y sin conservadurismos chatos. 

Acepto que pueda estar equivocado. Puede que no calibre bien los aspectos en juego. Estoy dispuesto a ser convencido con argumentos. Y si no me convencen, pero la mayoría partidaria decide otra cosa, seguiré la línea que se resuelva y continuaré abogando por mi punto de vista al interior de la DC.

Porque que, claro, no se trata de presentar un ultimátum cada vez que no estoy de acuerdo. Perdonen la obviedad.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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