El pacto de silencio y la vergüenza militar

Mi abuelo fue militar. Hizo una brillante carrera que lo llevó a representar a Chile en la Sociedad de las Naciones. Fue demócrata y fue uno de los pocos militares leales al gobierno constituido de Arturo Alessandri Palma. Fue exiliado, como su nieto,  y murió y fue enterrado con honores militares en el Cementerio General. Era un hombre riguroso, de una moral sin tachas y no permitía que nadie mintiera o cometiera actos innobles a su alrededor.


Es por eso que nosotros, sus descendientes, fuimos criados con una noción muy clara que asociaba la nobleza de espíritu a la carrera militar. Un militar que robara o que  engañara no cabía en nuestras cabezas. Tampoco era imaginable un militar que actuara en contra de la Constitución y de la ley. Esta idea se derrumbó el 11 de setiembre de 1973.


A partir de esa fecha, cada cierto tiempo, a medida que se conocen nuevos detalles de lo que ocurrió durante la dictadura militar esa idea se hunde todavía más en el abismo de las ilusiones perdidas, hasta no ser hoy día mas que un pálido recuerdo de lo que algún día pudo representar el Ejército de Chile para la ciudadanía.


Las Fuerzas Armadas transformadas en instituciones que acogieron y defendieron a una horda de criminales que existieron en su seno y que fue capaz de cometer las tropelías más repugnantes que se pueda imaginar.


El General en Jefe del Ejército, transformado en dictador por medio de traiciones y engaños, y mintiendo sistemática y descaradamente para amparar a los asesinos y torturadores, él mismo robándose los fondos reservados del Estado con la complicidad de varios miembros del ejército subordinados suyos, él mismo repartiendo las empresas del Estado entre sus parientes, él mismo justificando con mentiras las persecuciones y los atentados a los derechos humanos perpetrados bajo su régimen.


Las Fuerzas Armadas transformadas en el brazo armado de tendencias políticas ultraderechistas pisoteando toda la tradición constitucionalista que tuvo muchos nobles representantes en sus filas. Es decir, el prestigio de estas instituciones arrastrado por el suelo y cada vez más en peligro de perderse definitivamente.


Desde el término de la dictadura hasta ahora ha pasado mucha agua bajo los puentes, pero lamentablemente los gestos que se han hecho de parte de los representantes de las Fuerzas Armadas siempre se han quedado cortos. La bajeza en la que cayeron estas instituciones fue tan grande que lo que se hubiera necesitado para restituir su honor habría requerido acciones mucho más radicales que las que se llevaron a cabo.


El pacto de silencio frente a los atropellos fue mantenido y la entrega de antecedentes a los Tribunales que sin duda las hubiera alejado de los problemas del pasado, limpiando su imagen, fue siempre negada. La justicia militar se transformó en el principal órgano encubridor de estos crímenes.


Por eso, parece injustificable que a pesar de los años, cuando ya todas las justificaciones que se entregaron para intentar explicar estos hechos deleznables se han derrumbado, estas instituciones sigan apareciendo ante la opinión pública como cómplices de ese negro pasado precisamente debido a su completa falta de cooperación con la justicia en los temas de derechos humanos.


Por la actitud de los políticos nacionales que han tenido responsabilidades de Estado frente a estos hechos da la impresión de que las Fuerzas Armadas siguen en cierto modo chantajeando a los poderes institucionales manteniendo una política de encubrimiento que estos no han enfrentado en forma abierta y clara.


Este chantaje apareció en los primeros años de la Concertación en forma abierta, pero no está excluido que hoy día siga en forma encubierta. Si no, no se explica que no se hayan tomado medidas más drásticas para limpiar de una vez por todas esta historia oscura y denigrante.


Que las fuerzas armadas sigan manteniendo y protegiendo el pacto de silencio entre sus filas demuestra que ellas no han avanzado en la conciencia democrática y en el respeto a los derechos humanos que hoy día en el resto de Chile son temas ya asentados como valores ciudadanos indiscutibles.


Que exista esta distancia entre estas instituciones y el país es sin duda algo preocupante y si se desea afirmar nuestra democracia debieran tomarse medidas a la brevedad para terminar con este peligro.


Mi abuelo está muerto. El ejército al que él perteneció también. Las fuerzas armadas coherentes con los nuevos tiempos que se han ido asentando en Chile todavía no han nacido y las que actualmente existen tienen todavía mucho camino que recorrer para recuperar el honor perdido y reencontrarse de nuevo con la mejor parte de su propio pasado que durante todos estos años ha sido vergonzosamente olvidado.

Desde Facebook:

Guía de uso: Este es un espacio de libertad y por ello te pedimos aprovecharlo, para que tu opinión forme parte del debate público que día a día se da en la red. Esperamos que tus comentarios se den en un ánimo de sana convivencia y respeto, y nos reservamos el derecho de eliminar el contenido que consideremos no apropiado

Edición
Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
Columnas recientes
Columnistas