Más allá del liderazgo en IA

Por cuarto año consecutivo, Chile lidera el Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA 2026), elaborado por Cenia y la Cepal, con 71,4 puntos; y seguido por Brasil y Uruguay en el grupo de países "pioneros". Es una buena noticia, pero sería un error leerla como una meta alcanzada.

Esta edición incorporó por primera vez una comparación con Alemania, España, Estonia, Portugal y Singapur, y frente a ellos la distancia sigue siendo grande. Mirado desde la investigación en IA aplicada a la salud, el índice muestra con claridad dónde estamos frenados.

La IA ya está cambiando la práctica clínica, sobre todo en imagen médica en tres condiciones que no siempre se ven: capacidad de cómputo, personas formadas y acceso responsable a datos. Es precisamente en esas tres donde el ILIA enciende alertas. La primera es la infraestructura. Chile ocupa el quinto lugar regional en capacidad de cómputo y concentra apenas el 2,1% de las GPU identificadas en los clústeres de la región, frente al 87,7% de Brasil. Los cinco países de referencia, a su vez, disponen en promedio de cerca de 29 veces más GPU por millón de habitantes que América Latina.

Se puede pensar que basta con arrendar nubes extranjeras o adoptar modelos ya entrenados. Sin embargo, eso es solo una solución parcial: un modelo entrenado con pacientes de otros países puede rendir peor en la población chilena, enviar datos clínicos al extranjero complica su resguardo y depender de proveedores externos encarece y limita la investigación.

La segunda condición son las personas. Chile lidera la región en talento humano y, ajustado por población, tiene levemente más programas de doctorado vinculados a IA que Alemania. Sin embargo, ningún país latinoamericano alcanza un desempeño alto en esta dimensión, y las economías de comparación cuentan con 18 veces más investigadores activos. En formación profesional en IA, Chile cae al séptimo lugar regional, y la brecha de género es evidente: en la región, las mujeres son apenas el 24,8% de quienes investigan en IA.

La tercera condición son los datos. Chile obtiene 77,6 puntos en disponibilidad y gestión de datos, la mejor cifra de la región, pero tenerlos no es lo mismo que poder usarlos. El índice advierte que la falta de certeza jurídica para la minería de textos y datos limita la construcción de modelos propios. En salud, la interoperabilidad sigue pendiente: aunque la ley 21.668 exige que las fichas clínicas puedan compartirse entre prestadores públicos y privados, según la encuesta Chile Nos Habla-Salud 2026 solo en el 31% de los casos los centros acceden directamente a la información clínica del paciente. Y la ley 21.719 de protección de datos personales, que debería regir desde el 1 de diciembre, podría postergarse a 2027 si prospera el proyecto del Ejecutivo. Usar datos clínicos para investigar requiere un marco que proteja a las personas sin paralizar la ciencia, con definiciones claras sobre anonimización, consentimiento y fines de investigación.

Resolver estas condiciones también define quién se beneficia. El ILIA estima que apenas el 13,5% de las empresas chilenas usa IA: 42,1% de las grandes y 10,3% de las pequeñas. Si esa distancia se reproduce entre los grandes centros privados y la red pública o los hospitales regionales, la IA no cerrará las brechas de acceso: las ampliará.

Evitarlo exige decisiones de política pública con respaldo real. El índice constata que el 85% de los países de la región tiene o prepara una estrategia nacional de IA, pero solo Brasil y Colombia le asignan presupuesto; Chile menciona financiamiento, sin precisar el monto. Los países de referencia, en cambio, cuentan con presupuestos definidos, hojas de ruta y mecanismos de evaluación. A ello se suma un gasto nacional en I+D de apenas 0,39% del PIB, frente al 1,19% de Brasil y a un promedio OCDE cercano al 2,7%. Una estrategia sin recursos es, en el mejor de los casos, una declaración de intenciones. La modificación al proyecto de ley marco de IA que prepara el Ejecutivo es una oportunidad para corregirlo.

El ILIA confirma que el país parte con ventaja. La tarea, como planteó la Cepal, es pasar de una adopción pasiva de estas tecnologías al desarrollo de capacidades propias, con inversión sostenida en infraestructura, formación de especialistas en IA para la salud y un marco regulatorio que dé certezas. Los centros de investigación estamos disponibles para aportar evidencia y trabajar junto al Estado, los prestadores de salud y la industria. El liderazgo regional es un buen punto de partida; lo que importa es que se traduzca en mejores diagnósticos, tratamientos oportunos y un acceso más equitativo a la salud.