El tablero geopolítico global ha sufrido un remezón tectónico cuyas réplicas, lejos de ser un fenómeno lejano reservado a las cancillerías europeas o asiáticas, golpean directo en la línea de flotación de la estrategia de defensa chilena. Vivimos un cambio de época donde la arquitectura de seguridad internacional cruje bajo el peso de guerras de desgaste, la reconfiguración acelerada de las cadenas de suministro y, sobre todo, el destacado rol que asume la I+D como capacidad estratégica.
Para países pequeños, como Chile, este escenario no solo ha encarecido drásticamente los costos de adquisición y mantenimiento de sus capacidades defensivas, sino que ha transformado la dinámica misma de la adquisición militar: hoy existen capacidades estratégicas que sencillamente ya no están a la venta, u otras que se ofrecen a precios prohibitivos respaldados por listas de espera que se miden en décadas.
A este panorama de escasez de oferta se suma una erosión más profunda: el cuestionamiento y la revisión de las alianzas tradicionales. Los compromisos diplomáticos y de seguridad que durante décadas brindaron un paraguas de estabilidad previsible hoy enfrentan presiones internas y pragmatismos coyunturales en las grandes potencias. Como era previsible, esta inestabilidad global terminó contagiando los equilibrios regionales. En América del Sur, donde la paz se daba por sentada como una condición inerte del paisaje, las dinámicas de disuasión y contención exigen ahora un nivel de preparación mucho más flexible, exigente y, sobre todo, autónomo.
Chile ha leído esta urgencia y ya ha acelerado el proceso de renovación y fortalecimiento de sus capacidades defensivas. Sin embargo, la discusión pública tiende a encandilarse con los destellos del equipamiento mayor. La prensa y el debate cotidiano suelen focalizarse en la eventual compra de relucientes plataformas estratégicas (F-35, a ti te hablo), reduciendo el debate sobre la defensa a un catálogo de compras internacionales. Esta mirada, excesivamente centrada en el consumo de tecnología importada, pierde de vista el corazón del problema: el verdadero fortalecimiento defensivo del siglo XXI no reside únicamente en adquirir plataformas "llave en mano", sino en la capacidad soberana de adaptarlas, integrarlas, mantenerlas y desarrollarlas localmente.
Es en esta brecha donde se esconde la mayor oportunidad no aprovechada por nuestro país. El esfuerzo de renovación de la defensa no debe entenderse como un mero gasto fiscal estéril, sino como un potente catalizador del ecosistema de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación (CTCI). La historia económica global demuestra de forma majadera que la industria de la defensa ha sido la incubadora originaria del internet, el GPS, la aviación moderna y la robótica avanzada. Convertir el gasto defensivo en demanda de innovación local permitiría orientar las capacidades de nuestras universidades, centros de investigación y startups hacia el desarrollo de soluciones duales -con aplicación tanto civil como militar- en áreas críticas como la ciberseguridad, energía, la logística compleja y los sistemas autónomos.
Pero aquí es imprescindible evitar la tentación del dogma: esta convergencia entre defensa y desarrollo tecnológico no ocurrirá de manera espontánea. La famosa "mano invisible" de Adam Smith carece de alcance en un sector donde las fallas de mercado son estructurales, los retornos de la investigación y desarrollo son de largo plazo y el único comprador es el propio Estado. Confiar en que las fuerzas del mercado articularán por sí solas los requerimientos de las Fuerzas Armadas con la oferta de nuestros científicos e ingenieros es una ilusión ingenua que solo perpetuará la dependencia tecnológica exterior.
Para transformar la defensa en un auténtico motor de desarrollo industrial y científico se requiere el involucramiento activo, deliberado y coordinado de al menos tres áreas del Estado que históricamente han operado como islas inconexas: Defensa, Economía y Ciencia. Defensa debe ser capaz de explicitar sus demandas tecnológicas futuras a mediano y largo plazo; Ciencia debe orientar sus instrumentos de fomento e investigación aplicada para responder a esos desafíos; y Economía debe crear los incentivos tributarios, industriales y de compras públicas que permitan escalar esas soluciones locales e insertarlas en cadenas globales de valor.
La inestabilidad del nuevo orden internacional no es solo una amenaza a la seguridad territorial; es un emplazamiento frontal a la madurez de nuestra estrategia de desarrollo. Seguir operando como meros compradores de tecnología en un mercado global desabastecido e incierto es una vulnerabilidad estratégica inadmisible. Unir la capacidad disuasiva de nuestras Fuerzas Armadas con la inteligencia, creatividad e industria de nuestros profesionales no solo garantizará la protección de nuestra soberanía, sino que construirá una economía más compleja, resiliente y preparada para las incertidumbres del presente.