Un Estado nerd: donde la ciencia ficción es política pública

Hay una pregunta que Chile podría responderse sin necesidad de convocar una comisión presidencial ni contratar una consultora extranjera: ¿Por qué una potencia tecnológica como China destina recursos públicos para estudiar la ciencia ficción?

Es una inquietud legítima considerando que, en noviembre de 2019, una universidad dependiente del Ministerio de Educación de China, en conjunto con la Asociación de Ciencia y Tecnología de Sichuan, estableció la Academia de Investigación de Ciencia Ficción de China(1). A primera vista, ese gigante asiático debe valorar institucionalmente alguna cualidad en ese género de ficción que por ahora los chilenos no identificamos.

Mantener una academia de ciencia ficción no demuestra ni mucho menos garantiza que tal expresión cultural a nivel universitario produzca desarrollo socioeconómico. Pero sí permite constatar que un país ambicioso considera de interés nacional la docencia, investigación y extensión en algo que otros podrían relegar al mero entretenimiento. El asunto no es entonces si debemos imitar a China, sino qué utilidad puede tener para el Estado de Chile que él imagine aquello que todavía no existe y que tal vez nunca existirá.

Antes de responder, conviene deshacerse de una caricatura. Un Estado interesado en la ciencia ficción no necesita estar gobernado por nerds fascinados con invasiones alienígenas, máquinas para viajar en el tiempo, androides díscolos, sofisticadas naves interestelares, mutantes fugados de un laboratorio ni guerrillas post-apocalípticas. Esos entes pueden ser estupendos ingredientes narrativos, pero no agotan este género de ficción ni explican su posible utilidad.

Y es que la ciencia ficción también permite fantasear con sociedades transformadas por tecnologías disruptivas, imaginar consecuencias inesperadas de decisiones gubernamentales y poner a prueba, en el terreno de la narración, futuros que aún no se experimentan en escenarios reales. Permite simular en una película, en un cómic o en un cuento aquella gestión tecnológica que puede impactar para bien o para mal, y así prepararse para minimizar lo perjudicial y maximizar lo beneficioso.

La diferencia es sustantiva. La planificación tradicional suele proyectar las tendencias conocidas. La ciencia ficción, en cambio, tuerce el curso de lo común y formula preguntas que quedan fuera de esas proyecciones: ¿Cómo cambiaría la sociedad si los ciudadanos dispusieran de aparatos para realizarse cirugías estéticas, todas seguras y gratuitas? ¿Qué conflictos surgirían si a los jueces se les permitiera dictar sus sentencias con total apoyo de algoritmos computacionales? ¿Qué pasaría si fallara alguna máquina destinada al control del clima local?

La ciencia ficción no ofrece respuestas infalibles, incluso a veces ni siquiera contesta; pero amplía el repertorio de preguntas. Y en política pública, formular anticipadamente una pregunta puede ser tan valioso como disponer de una respuesta. Para un funcionario responsable de servir a la sociedad es menos costoso sorprenderse sentado en la butaca de un cine que en un sillón ministerial.

Así, la iniciativa de una academia estatal de ciencia ficción parece estar respaldada en la formación del recurso humano, tal como lo demostró un estudio publicado en 2004 en una revista especializada en educación superior(2). Ahí se sostiene que los planes de estudio imaginativos que incorporan tal género son capaces de atraer a estudiantes procedentes de sectores desfavorecidos que, de otro modo, permanecerían distanciados de la universidad.

Otro aspecto de su utilidad se dio a conocer en 2026 en la revista Futures, donde se publicó una revisión sobre la ciencia ficción y sus efectos en la innovación. Los autores de dicho artículo identificaron 17 métodos vinculados con ese género de fantasía que apoyan el desarrollo de innovaciones(3).

Es más, una investigación publicada en la revista Technovation en 2025 mostró cómo la ciencia ficción ha trascendido su función tradicional de entretenimiento(4). En efecto, los investigadores establecieron que dicho género se ha convertido en un recurso significativo en la prospectiva estratégica, la deliberación ética y la creatividad organizacional.

Al parecer, la mayoría de los argumentos sobre la utilidad de la ciencia ficción para un país coinciden en que dicha práctica fantástica desarrolla la imaginación. Y tal como lo dijo la escritora británica M. Warnock hace medio siglo: "He llegado a creer muy firmemente que el cultivo de la imaginación es el que debiera ser objetivo básico de la educación, y en el cual es donde más fallan nuestros sistemas actuales de educación, cuando realmente fallan"(5).

De estas investigaciones se desprenden al menos cuatro vías por las que la ciencia ficción podría contribuir directa o indirectamente al desarrollo de una nación. La primera es ampliar el espacio de la innovación al permitir que empresas y organismos públicos exploren alternativas que la rutina institucional tiende a descartar. La segunda es anticipar consecuencias ambientales, económicas y sociales de tecnologías que todavía están en mentes perturbadoras. La tercera es estimular vocaciones y curiosidad científica por lo extraño. La cuarta es fortalecer industrias culturales capaces de generar empleos y nuevas actividades económicas.

¿Y qué podría hacer el Estado de Chile? No necesariamente crear una academia, al menos por ahora. Sí podría, desde ya, incluir en el maletín literario de las escuelas básicas más obras de ciencia ficción, las cuales tienen una riqueza a la altura de creaciones de galardonados poetas chilenos. También podría convocar inmediatamente a practicantes de la ciencia ficción a que den rienda suelta a su imaginación ante desafíos concretos. Por ejemplo, preguntarles cómo se comportaría la sociedad si el Estado le diera a cada recién nacido un millón de pesos para que sea administrado a través de un fideicomiso ciego por una inteligencia artificial dotada de los más avanzados conocimientos en inversión, para que el fondo acumulado lo devolviera al individuo a los 75 años como aporte a su pensión.

Un Estado nerd, en este sentido, no sería uno que se distrae en concebir aldeas para albergar extraterrestres que huyen de su colapsado planeta, sino uno que comprende que la imaginación forma parte del capital intelectual de un país y que la ciencia ficción ofrece una vía para desarrollarla. En efecto, si hay algo que caracteriza a la mayoría de los amantes de este género, es que están estrechamente conectados y comprometidos con el devenir del país y recurren a la ciencia ficción no para escapar de los incómodos acontecimientos de los cuales son testigos, sino para traer desde la fantasía algunas alternativas que contribuyan a solucionar problemas reales.

Y así, tal vez dentro de poco, observadores internacionales notarán que parte de los recursos públicos en Chile no siguen la ruta clásica, sino que en diagonal se separan de ella para recorrer el camino de la ciencia ficción. Probablemente esos observadores, muy extrañados, no vean en sus horizontes el destino de dicho flujo. Ese solo será visualizado por los propios chilenos: irán con rumbo directo hacia un mejor futuro.

(1) Xinhua, "China university sets up country's 1st sci-fi academy," Xinhua News, Nov. 25, 2019
(2) D. Saunders, M. Brake, M. Griffiths, R. Thornton et al., "Access, astronomy and science fiction: A case study in curriculum design," Active Learning in Higher Education, vol. 5, no. 1, pp. 27–42, Mar. 2004
(3) S. Schimpf, M. Lauster, J. O. Schwarz, and M. John, "Science fiction and innovation: A literature analysis on science fiction-related methods mapped into the innovation process," Futures, vol. 177, Art. no. 103770, 2026
(4) F. Appio, T. Michaud, S. Vint, and L. Yaszek, "Science fiction and the quest for innovation," Technovation, vol. 141, Art. no. 103172, 2025
(5) M. Warnock, Imagination. London, U.K.: Faber and Faber, 1976