BTS, K-pop y la lección coreana para el mundo

Durante tres noches, Santiago pareció transformarse en una pequeña capital de Corea del Sur. Miles de jóvenes, familias y fanáticos llegaron desde distintas regiones de Chile, y también desde países como Brasil, Argentina e incluso Sudáfrica, para asistir a los conciertos de BTS en el Estadio Nacional. Hubo quienes ahorraron durante años, viajaron miles de kilómetros y organizaron sus vacaciones alrededor de un espectáculo musical. Las calles se llenaron de fotografías, pancartas, vestimentas coreanas y una multitud que cantaba en un idioma que muchos no hablan, pero que todos parecían comprender. Detrás de esa celebración estaban los ARMY, como se conoce a la comunidad internacional de seguidores de BTS. Es una organización de fanáticos capaz de movilizar personas, articular campañas y transformar su entusiasmo en una fuerza colectiva.

Semanas antes, esa misma comunidad había demostrado que su influencia trascendía los escenarios. El Instituto Nacional del Deporte (IND) rechazó inicialmente los tres conciertos en el Estadio Nacional, argumentando que el montaje del escenario podía afectar la cancha y las actividades deportivas. Los ARMY reaccionaron con movilizaciones, campañas digitales y presión pública. Finalmente, el 21 de julio, el Ministerio del Deporte anunció que los espectáculos podrían realizarse tras modificaciones técnicas propuestas por la productora para proteger el recinto. Lo ocurrido no fue simplemente una controversia sobre conciertos. Fue la expresión de un fenómeno cultural con capacidad de organización social, influencia política y una enorme dimensión económica.

Lo que vimos en Santiago es apenas una pequeña manifestación de una de las transformaciones más sorprendentes de la economía cultural contemporánea. Corea del Sur, un país de aproximadamente 52 millones de habitantes, ha conseguido convertir su música, sus series, sus películas, sus productos de belleza, su gastronomía y sus estilos de vida en una industria de alcance planetario. La llamada Hallyu u ola coreana, representa mucho más que una moda juvenil. Lo que comenzó con producciones televisivas y artistas que conquistaron audiencias regionales terminó convirtiéndose en una estrategia de proyección internacional. Hoy abarca música, cine, videojuegos, cosméticos, gastronomía, turismo y moda. Su particularidad es que no se limita a exportar productos culturales: construye una identidad reconocible, despierta aspiraciones de consumo y transforma la admiración por un país en actividad económica.

Las cifras permiten dimensionar el fenómeno. Durante 2025, las exportaciones asociadas a la ola coreana alcanzaron los 18.975 millones de dólares, un crecimiento del 15,9% respecto del año anterior. De ese total, 10.188 millones correspondieron a contenidos culturales y 8.788 millones a bienes de consumo y servicios turísticos vinculados con Hallyu. El impacto económico estimado fue todavía mayor. Hubo cerca de 34.000 millones de dólares en producción inducida, unos 14.600 millones en valor agregado y un efecto sobre el empleo equivalente a 242.370 puestos de trabajo. Estamos frente a una industria capaz de movilizar cadenas productivas completas, generar exportaciones y contribuir al desarrollo nacional.

La industria musical es probablemente su expresión más visible. En el ranking de giras de Billboard de 2025, Stray Kids recaudó 185,7 millones de dólares y reunió a 1,3 millones de espectadores en 31 conciertos. SEVENTEEN obtuvo 142,4 millones, j-hope, integrante de BTS, alcanzó 79,9 millones, y ENHYPEN sumó 76,1 millones. Solo estas cuatro giras acumularon más de 484 millones de dólares en entradas. HYBE, la empresa vinculada a BTS, registró 469,2 millones en ingresos brutos por giras de sus artistas en el mismo periodo. BLACKPINK lleva esa lógica aún más lejos. Su gira Born Pink, entre 2022 y 2023, recaudó cerca de 332 millones de dólares en 66 conciertos ante más de 1,8 millones de espectadores. Además, sus integrantes son embajadoras de grandes marcas de lujo, belleza y moda. La industria coreana no solo produce estrellas musicales, también produce marcas globales capaces de generar ingresos en múltiples sectores.

La verdadera sofisticación del modelo coreano está en que sus industrias culturales no funcionan de manera aislada. Una canción promueve una marca de ropa, un artista se convierte en embajador de una empresa de lujo y una teleserie populariza cosméticos, alimentos o destinos turísticos. El Instituto Coreano de Contenidos Creativos estimó en 2026 que, por cada 100 millones de dólares adicionales de exportaciones vinculadas a Hallyu, se inducen aproximadamente 202 millones de dólares de exportaciones en industrias relacionadas. La cultura genera ingresos propios y también crea mercados para otros sectores de la economía.

La industria de la belleza es el mejor ejemplo. En 2025, Corea del Sur exportó un récord de 11.400 millones de dólares en cosméticos y se consolidó como uno de los principales exportadores mundiales del sector. Cremas, tratamientos faciales y maquillaje circulan hoy por mercados que hace pocos años dominaban marcas europeas o estadounidenses. Basta revisar Mercado Libre en Chile para encontrar vendedores especializados en productos coreanos. Detrás de cada pequeña tienda digital hay un negocio que muchas veces comenzó con una serie, una celebridad o una tendencia en redes sociales. La influencia cultural se convierte en decisión de consumo y termina generando ingresos para importadores, distribuidores y emprendedores locales.

Los doramas, como se conoce popularmente a las series coreanas, son otro capítulo fundamental. En 2023, Netflix anunció una inversión de 2.500 millones de dólares en cuatro años para producir contenidos en Corea del Sur, señal de que esas historias se transformaron en activos estratégicos de las grandes plataformas. Pero los doramas también muestran una dimensión menos evidente del fenómeno: la construcción de un imaginario sobre lo que significa ser coreano. Sus protagonistas masculinos suelen encarnar una masculinidad sensible, protectora y emocionalmente disponible. Sus personajes femeninos combinan independencia, sofisticación y aspiraciones profesionales. No es necesariamente un retrato fiel de la vida cotidiana coreana, sino una selección de historias, valores y estéticas que construyen una imagen deseable del país.

El turismo permite comprobar cómo esa imagen se transforma en actividad económica. En 2025, Corea del Sur recibió 18,9 millones de turistas internacionales, frente a 16,3 millones en 2024. El gasto de visitantes extranjeros con tarjetas de crédito alcanzó los 14.100 millones de dólares. No todo ese movimiento puede atribuirse al K-pop o a los doramas, pero el interés por la cultura coreana es uno de los factores de su atractivo internacional. Las locaciones de series, los barrios comerciales, los restaurantes y los conciertos se integran en una oferta turística que amplifica el valor económico de sus contenidos.

Nada de esto es solo el resultado espontáneo del talento artístico. Durante décadas, Corea del Sur construyó una institucionalidad para fortalecer sus industrias creativas, apoyar la producción, facilitar el financiamiento, promover exportaciones y desarrollar capacidades empresariales. La cultura pasó a ser considerada también una industria estratégica. El Estado está presente pero no reemplazó a las empresas ni creó por decreto el éxito de BTS, pero ayudó a generar condiciones para que productores, artistas y compañías pudieran competir internacionalmente. La combinación de inversión privada, políticas públicas y capacidades tecnológicas terminó convirtiéndose en una ventaja competitiva.

La experiencia coreana demuestra que la frontera entre cultura, ciencia, tecnología e innovación es cada vez más difusa. Un país que invierte en inteligencia artificial, infraestructura digital y contenidos fortalece su industria tecnológica y también amplía su capacidad de crear historias y competir en la economía global. Chile tiene talento de sobra para entrar en esa conversación. Dos películas chilenas ganaron el Oscar en menos de una década, "Historia de un oso" y "Una mujer fantástica". Nuestros músicos llenan escenarios en toda Latinoamérica, y estudios locales de animación y videojuegos venden sus productos al mundo. El problema no es la falta de creatividad, sino que seguimos tratando estos logros como hazañas individuales y no como el comienzo de una industria.

Nuestra discusión cultural suele concentrarse en fondos concursables y presupuestos, como si la cultura fuera solo un gasto que hay que financiar. Corea nos muestra que también puede ser un sector productivo que exporta, atrae inversión y genera empleo calificado. Para eso, Chile podría dar al menos tres pasos concretos. Primero, que los instrumentos de innovación de Corfo y ANID reconozcan explícitamente a las industrias creativas, de modo que un estudio de animación o un desarrollador de videojuegos acceda a ellos en igualdad de condiciones que una empresa de software. Segundo, que ProChile trate la música, el audiovisual y los videojuegos como sectores exportadores, con presencia permanente en los mercados donde se decide su circulación. Tercero, que la coordinación entre los ministerios de las Culturas, Ciencia y Economía deje de depender de voluntades y tenga una agenda común sobre propiedad intelectual, plataformas digitales y formación de talentos.

Las tres noches de BTS en el Estadio Nacional nos dejaron algo más que imágenes de fanáticos emocionados. Nos mostraron cómo una industria construida a miles de kilómetros puede movilizar a ciudadanos chilenos, activar decisiones institucionales y generar negocios en sectores aparentemente inconexos. Corea no tenía hace treinta años lo que tiene hoy, y lo construyó con una decisión deliberada. La pregunta para Chile no es si tenemos el talento, porque ya lo demostramos. La pregunta es si estamos dispuestos a tratar nuestra cultura como lo que también puede ser: una estrategia de desarrollo.