Pedir "un plan", "integración" o "una mirada de conjunto" es ya un lugar común: todos lo dicen, nadie lo discute y nada cambia. Chile no carece de proyectos de infraestructura; carece de un sistema que los ordene.
Un Estado a ciegas
Hay tres cegueras independientes:
Pero alguien sí ve la red completa: quien la recorre. El pasajero que combina bus, metro y tren cruza cada día barreras que ningún ministerio ve.
Políticos, urgencia e impulso
A estas cegueras se suma la del político, con horizonte de cuatro años: lo que da votos es lo "inaugurable"; planificar, interconectar y mantener no tiene cinta que cortar.
Boric prometió, entre otros, transporte gratis a los mayores y no cumplió. Kast suspendió la adjudicación de los corredores del Gran Concepción y declaró desierta la licitación del tramo soterrado del tren Santiago-Melipilla, que no llegará a Estación Central.
Es penosa la situación de los aluviones. Constatemos la falta de planificación territorial, infraestructura hidráulica, tecnologías de alerta temprana y gobernanza integrada.
Quién paga la cuenta
La paga la gente, que pierde horas y tiempo con sus hijos; los contribuyentes, que financian la obra y luego su conexión; y el país: los costos logísticos rondan el 12% del PIB (9% en la OCDE), un impuesto invisible y regresivo.
Además, el centralismo: se recorta lejos de donde se decide. Concepción pierde sus corredores sin alterar la agenda nacional, porque las regiones carecen de peso político. La periferia pierde más horas: 65 minutos desde Tomé a Concepción.
La cuenta que no se ve: la confianza
Cuando se inaugura lo visible, se posterga lo que integra y nadie responde por el conjunto, la ciudadanía aprende que los anuncios no comprometen a nadie: la desconexión se naturaliza ("así es Chile") y la irresponsabilidad no cuesta.
Cuando la resignación se rompe, aparecen la desesperanza y el conflicto: el alza del Metro en 2019 mostró cuánto cuesta decidir sin considerar a las personas.
La solución es presidencial. Sin institucionalidad que integre, la conducción recae en el Presidente. Solo él puede fijar el rumbo, arbitrar entre ministerios y crear el mando que hoy no existe. Si la integración se posterga, no falla la burocracia: falla la conducción.
Instrumentos, no consignas. "Se requiere una política de Estado" es otra coartada: no dice quién la define, quién la financia ni qué pasa si el próximo gobierno la ignora. Tres instrumentos para el Presidente:
Lo que nos toca a nosotros, la gente
Debe diseñarse un espacio de control ciudadano con metas y plazos públicos, consultas a comunidades y gobiernos regionales, y respuesta obligatoria de la autoridad. Tengamos presente que los gremios defienden su obra, no la red; la clase política evita lo que no cosecha votos; la academia diagnostica, pero no exige; y los ciudadanos, nosotros, premiamos el eslogan.
"Votar informado" es otro lugar común: no precisa informado de qué ni para exigir qué. Exijamos a cada candidato: ¿Quién conducirá el plan nacional, con qué financiamiento y metas verificables, y quién responde si no las cumple? Integración, confianza, política de Estado, voto informado: seguirán siendo consignas mientras no tengan responsable, plazo y consecuencia.
Y esa es la deuda más grave, porque no se mide en kilómetros ni en dólares: la confianza. Un país donde los chilenos ya no creen en sus instituciones ni en la utilidad de exigir pierde la base de su estabilidad democrática, cohesión social y desarrollo. Reconstruir esa credibilidad es la primera obra pendiente de Chile.