Chile construye a ciegas: sin plan, sin responsables y sin confianza

Pedir "un plan", "integración" o "una mirada de conjunto" es ya un lugar común: todos lo dicen, nadie lo discute y nada cambia. Chile no carece de proyectos de infraestructura; carece de un sistema que los ordene.

Un Estado a ciegas

Hay tres cegueras independientes:

  • Un Estado que mira por partes. El MTT planifica, el MOP construye, el Minvu urbaniza y las empresas públicas operan. Nadie responde por que la carga llegue de la fábrica al puerto y de ahí a los centros comerciales
  • Sin plan vinculante ni responsable. El Plan Nacional de Infraestructura Pública 2055 es solo del MOP y no es vinculante
  • El proyecto-negocio. Avanza lo que tiene dueño y rentabilidad, desconectado de una estrategia país. La falla no es del sector privado, sino de la ausencia de un plan del Estado: la suma de proyectos correctos no da una red, da un archipiélago

Pero alguien sí ve la red completa: quien la recorre. El pasajero que combina bus, metro y tren cruza cada día barreras que ningún ministerio ve.

Políticos, urgencia e impulso

A estas cegueras se suma la del político, con horizonte de cuatro años: lo que da votos es lo "inaugurable"; planificar, interconectar y mantener no tiene cinta que cortar.
Boric prometió, entre otros, transporte gratis a los mayores y no cumplió. Kast suspendió la adjudicación de los corredores del Gran Concepción y declaró desierta la licitación del tramo soterrado del tren Santiago-Melipilla, que no llegará a Estación Central.

Es penosa la situación de los aluviones. Constatemos la falta de planificación territorial, infraestructura hidráulica, tecnologías de alerta temprana y gobernanza integrada.

Quién paga la cuenta

La paga la gente, que pierde horas y tiempo con sus hijos; los contribuyentes, que financian la obra y luego su conexión; y el país: los costos logísticos rondan el 12% del PIB (9% en la OCDE), un impuesto invisible y regresivo.

Además, el centralismo: se recorta lejos de donde se decide. Concepción pierde sus corredores sin alterar la agenda nacional, porque las regiones carecen de peso político. La periferia pierde más horas: 65 minutos desde Tomé a Concepción.

La cuenta que no se ve: la confianza

Cuando se inaugura lo visible, se posterga lo que integra y nadie responde por el conjunto, la ciudadanía aprende que los anuncios no comprometen a nadie: la desconexión se naturaliza ("así es Chile") y la irresponsabilidad no cuesta.

Cuando la resignación se rompe, aparecen la desesperanza y el conflicto: el alza del Metro en 2019 mostró cuánto cuesta decidir sin considerar a las personas.

La solución es presidencial. Sin institucionalidad que integre, la conducción recae en el Presidente. Solo él puede fijar el rumbo, arbitrar entre ministerios y crear el mando que hoy no existe. Si la integración se posterga, no falla la burocracia: falla la conducción.

Instrumentos, no consignas. "Se requiere una política de Estado" es otra coartada: no dice quién la define, quién la financia ni qué pasa si el próximo gobierno la ignora. Tres instrumentos para el Presidente:

  1. Plan país con mandato legal. Prioridades fijadas por ley a 20 años, con metas verificables, responsables e informe anual al Congreso. Modificarlas exige ley: estabilidad sin impedir revisiones
  2. Institucionalidad permanente de integración. Autónoma, evalúa el plan y exige a todo proyecto su conexión intermodal
  3. Financiamiento plurianual protegido de recortes. Regla fiscal de inversión; el Consejo de Políticas de Infraestructura (CPI), entidad privada, propone 3,2% del PIB por 10 años

 

Lo que nos toca a nosotros, la gente

Debe diseñarse un espacio de control ciudadano con metas y plazos públicos, consultas a comunidades y gobiernos regionales, y respuesta obligatoria de la autoridad. Tengamos presente que los gremios defienden su obra, no la red; la clase política evita lo que no cosecha votos; la academia diagnostica, pero no exige; y los ciudadanos, nosotros, premiamos el eslogan.

"Votar informado" es otro lugar común: no precisa informado de qué ni para exigir qué. Exijamos a cada candidato: ¿Quién conducirá el plan nacional, con qué financiamiento y metas verificables, y quién responde si no las cumple? Integración, confianza, política de Estado, voto informado: seguirán siendo consignas mientras no tengan responsable, plazo y consecuencia.

Y esa es la deuda más grave, porque no se mide en kilómetros ni en dólares: la confianza. Un país donde los chilenos ya no creen en sus instituciones ni en la utilidad de exigir pierde la base de su estabilidad democrática, cohesión social y desarrollo. Reconstruir esa credibilidad es la primera obra pendiente de Chile.