¿Cuánto le estamos pidiendo a la escuela?

La escuela, indudablemente, tiene una enorme responsabilidad formativa y social. Pero tener una gran responsabilidad no significa tener todas las responsabilidades.

A los establecimientos educacionales les pedimos enseñar, formar, prevenir la violencia, desarrollar habilidades socioemocionales, proteger derechos, abordar problemas de salud mental, resolver conflictos y, muchas veces, intervenir en situaciones que comenzaron fuera de sus muros.

Un ejemplo cotidiano está en el uso de redes sociales. Un conflicto puede comenzar durante la noche de un viernes, y llegar el lunes a la sala de clases convertido en un problema de convivencia. Si aquello afecta a los estudiantes, la escuela debe actuar, proteger y aplicar sus protocolos. Pero intervenir frente a las consecuencias no significa que pueda -ni deba- controlar toda la vida digital de niños y adolescentes.

Nuestra propia legislación educacional reconoce que corresponde preferentemente a los padres el derecho y el deber de educar a sus hijos. Al mismo tiempo, las políticas actuales de convivencia educativa avanzan hacia una comprensión comunitaria de la formación: convivir se aprende en relación con otros y requiere corresponsabilidad.

Esto no significa responsabilizar exclusivamente a las familias. Muchas viven jornadas laborales extensas, dificultades económicas, falta de tiempo y enormes exigencias cotidianas. Comprender esa realidad es indispensable. Pero comprenderla no puede llevarnos a normalizar que la escuela termine absorbiendo progresivamente responsabilidades que requieren la presencia de otros adultos e instituciones.

La convivencia no se construye únicamente con reglamentos. Los hábitos no se forman solo mediante sanciones. La responsabilidad digital no se desarrolla bloqueando celulares durante la jornada escolar. Y los valores difícilmente se consolidan si aquello que promovemos en la escuela no encuentra continuidad fuera de ella.

Por eso, quizás el desafío educativo de nuestro tiempo no sea seguir preguntándonos qué más puede hacer la escuela, sino comenzar a preguntarnos qué necesitamos hacer todos para que la escuela pueda cumplir bien su función.

Nuestros niños, niñas y adolescentes necesitan escuelas que enseñen, protejan y acompañen. Pero también necesitan familias que participen y una sociedad que no renuncie a su responsabilidad formativa. Porque educar nunca ha sido tarea de una sola institución. La responsabilidad de educar no se delega: se comparte.