Education at a Glance 2026 y la nueva advertencia sobre cómo invertimos recursos

La OCDE publicó la última versión del "Education at a Glance" 2025, un informe anual sobre el estado de la educación a nivel internacional y en Chile, volviendo a recordar algo que venimos señalando hace tiempo: más allá de cuánto gastamos en educación, el punto crítico está en dónde ponemos los recursos.

De acuerdo con la entrega, Chile es el país de la OCDE que destina la mayor proporción de su presupuesto público a educación con 15,6%, frente al 9,8% del promedio. Eso no es un logro menor y vale reconocerlo, sin embargo, el problema está en la distribución. Chile destina 4,8% del gasto público a educación superior, por encima del 2,5% promedio en la OCDE y siendo el mayor porcentaje dentro de los países con información. En términos de PIB, como país gastamos 2,2% en educación superior y 1% en educación parvularia. Además, entre 2015 y 2023, el gasto por niño en parvularia creció 12% en Chile, mientras que en el promedio de la OCDE aumentó 34%.

Esa distribución podría tener alguna justificación si la evidencia indicara que la educación superior es el nivel en que la inversión pública rinde más para la sociedad, pero resulta ser lo contrario. Los primeros años de vida son la etapa en que las habilidades cognitivas y socioemocionales se desarrollan con mayor intensidad, y dónde la evidencia muestra que la rentabilidad en términos sociales tiene un mayor impacto, sobre todo en el cierre de brechas. La educación superior, en cambio, tiene en Chile los premios salariales más altos de toda la OCDE: un profesional universitario recibe, en promedio, el doble de los ingresos de quien solo completó la enseñanza media. Quienes alcanzan un magíster o doctorado ganan 3,8 veces lo que gana alguien con educación media completa, frente a 1,8 veces en el promedio OCDE. Es decir, estamos subsidiando con más recursos públicos el nivel que ya entrega los mayores beneficios privados, y descuidando sistemáticamente el que más beneficia al conjunto de la sociedad.

Las consecuencias de ese desequilibrio no son abstractas. La cobertura de educación parvularia en Chile lleva una década estancada: en 2015 alcanzaba 79% para niños de 3 a 5 años y en 2024 sigue en 79%, mientras que el promedio de la OCDE subió de 86% a 90%. La brecha no solo persiste: se amplía. A los tres años, cuatro de cada 10 niños todavía no asisten al jardín cuando es a esa edad donde el cerebro está en pleno desarrollo y las experiencias de aprendizaje y estimulación temprana dejan huellas que se proyectan sobre toda la trayectoria posterior.

Asimismo, el informe ofrece una señal potente de lo que ese rezago implica más adelante, pues revela que uno de cada cinco jóvenes de entre 18 y 24 años no estudia ni trabaja, proporción que en Chile supera en casi cinco puntos el promedio de la OCDE. Y esa cifra no es aleatoria: casi se duplica entre quienes tienen bajas competencias lectoras. Esto es una muestra de que las brechas no aparecen de la nada en la adolescencia: se forman temprano, se acumulan silenciosamente durante años y pasan la cuenta cuando intervenir ya es mucho más difícil y costoso. Así, el joven que a los 20 años no estudia ni trabaja no es el punto de partida del problema, sino que es su expresión más visible.

Frente a este diagnóstico, parece justo preguntarse si resulta estratégico seguir distribuyendo los recursos que destinamos a educación de la misma forma en que lo hacemos hoy. Reequilibrar esa distribución no exige gastar más en términos absolutos, sino reconocer que concentrar recursos públicos crecientes en la educación superior tiene un costo de oportunidad real: son recursos que no llegan a las salas cuna, a los jardines infantiles ni a los niños de tres años que hoy no asisten. Es ahí donde tenemos el mayor margen para enfrentar de raíz los problemas educativos, y donde se acumula una agenda pendiente: igualar el financiamiento entre jardines, generar indicadores de calidad, implementar planes de cobertura, entre otros.

"Education at a glance 2026" vuelve a poner los números sobre la mesa y nos entrega una nueva posibilidad -en la antesala de la discusión del presupuesto 2027- de enderezar el rumbo y ordenar nuestras prioridades en materia de educación. Hoy tenemos en nuestras manos la oportunidad de equiparar la cancha y corregir el camino, mañana ya será tarde.