Hay una escena que se repite en muchas salas universitarias del país. Un profesor entrega varias lecturas, pide un ensayo y días después recibe textos correctos, ordenados, sin faltas de ortografía, más o menos todos alineados en un mismo sentido... y sin nadie adentro. La sospecha aparece de inmediato, ¿lo escribió el estudiante o un algoritmo? Pero quizás la pregunta está mal planteada. Lo inquietante es que ya no sabemos muy bien para qué pedimos ese ensayo.
La inteligencia artificial llegó a la universidad sin pedir permiso. Mientras discutíamos protocolos, detectores y cláusulas de integridad académica, los estudiantes ya habían resuelto el asunto por su cuenta. Es apenas el ejemplo más visible de algo más amplio: la universidad está cambiando, pero no necesariamente porque alguien lo haya decidido. Cambia porque la época, la técnica y los contextos se mueven más rápido que nuestras reformas, nuestros comités curriculares y nuestra capacidad de preguntarnos qué estamos haciendo.
Lo mismo ocurre con la formación humanista. Durante años se ha ido corriendo, casi sin ruido, hacia los márgenes de los planes de estudio: cursos de formación general que se reducen, electivos que se vuelven prescindibles, lecturas reemplazadas por competencias medibles. Nadie firmó un decreto contra la filosofía, la historia o la literatura. Simplemente se volvieron difíciles de justificar en instituciones que aprendieron a hablar el idioma de la empleabilidad, los indicadores y la acreditación. Y cuando una universidad deja de preguntarse por el sentido, lo que le queda es la gestión.
Algo similar ocurre con la política. Conviene matizar: las universidades que discutían el país nunca fueron todas las universidades. Fue, sobre todo, un sector acotado, el de las llamadas universidades tradicionales o con rol público-social, las que en distintos momentos lograron mover la brújula de la discusión pública. Pero incluso ahí algo cambió. Por politización no entiendo el ruido de las consignas, sino la capacidad de tomar aquello que parecía dado y convertirlo en materia de deliberación colectiva, de disputar los límites de lo posible y de preguntarse quiénes deciden. Esa politización, tal como la conocimos en décadas anteriores, hoy aparece debilitada. Las demandas siguen existiendo, pero se fragmentan, se vuelven sectoriales o se resuelven en protocolos, y rara vez alcanzan a preguntar por el proyecto de universidad que queremos.
En ese escenario la autoridad del profesor/a se vuelve frágil. No porque los estudiantes sean más irrespetuosos, como suele repetirse, sino porque se desarmaron las bases sobre las que esa autoridad descansaba. Ya nadie queda investido de manera natural por su cargo o su título; las relaciones se han vuelto, con justa razón, más horizontales; y las tecnologías producen la ilusión de acceder directamente al conocimiento, sin mediación. Justamente, la autoridad docente fue eso: una mediación entre las personas y el mundo. Hoy no se hereda ni se impone, se construye en cada interacción y puede perderse en cualquier momento. El problema es que se nos exige sostenerla sin que la institución nos ofrezca los soportes para hacerlo.
Y es ahí donde aparece quizás la pérdida más profunda: la figura del maestro o la maestra. Esa persona que marcaba una trayectoria, que abría una pregunta que nos acompañaba por años, que enseñaba tanto con lo que decía como con su forma de estar en el mundo. Lo que ha cambiado es el propio oficio académico. Las métricas del sistema de educación superior empujan a publicar en revistas indexadas, adjudicar proyectos, alimentar indicadores, responder a procesos de acreditación, llenar informes y evaluaciones, todo al mismo tiempo. En esa carrera, conversar con un estudiante después de clases, leer con calma un borrador o acompañar una duda que no cabe en la rúbrica se vuelve un lujo que esas métricas no contabilizan. Difícilmente alguien puede llegar a ser maestro/a cuando lo que el sistema valora de su trabajo ocurre lejos del aula.
Ninguno de estos fenómenos es, por sí solo, una catástrofe. Pero juntos dibujan un mismo patrón, la institución se transforma mientras sus actores observan, administran o se adaptan, y rara vez deciden. Cambiamos rúbricas, actualizamos reglamentos, incorporamos herramientas, pero como sistema no discutimos el horizonte. Quienes hacemos docencia e investigación, lo sabemos bien, la universidad cambia sin nosotros, aunque no sin nuestra colaboración. Nuestra agencia, esa capacidad de orientar el rumbo, parece haberse quedado un paso atrás de los acontecimientos. Tal vez la pregunta ya no sea si la universidad debe cambiar. Está cambiando y seguirá haciéndolo. La pregunta es: ¿Quién está conduciendo ese cambio? Y si la respuesta es nadie, o el mercado, o la técnica, ¿estamos dispuestos a seguir llamando universidad a una institución correcta, ordenada, eficiente... y sin nadie adentro?