Maestras y maestros: la dignidad no se arrodilla

Cada octubre en las escuelas y liceos repetimos el ritual de flores, tarjetas y un aplauso apurado. El 5 de octubre el mundo celebró el Día Mundial de los Docentes, instituido por la Unesco en 1994, y el 16 de octubre lo hacemos en Chile con el Día del Profesor y la Profesora. Este año, como profesora y ciudadana, prefiero que la fecha sea menos postal y más espejo.

Porque el espejo devuelve datos incómodos. La Unesco advirtió que faltan 50 millones de docentes para garantizar educación universal en 2030, y que el 58% de esa necesidad nace de quienes abandonan la profesión. En 27 países los sueldos docentes están bajo los de otros profesionales con formación comparable, y la jornada real ronda las 60 horas semanales aunque las clases promedien 19. Se cumplen además 60 años de la Recomendación OIT-Unesco de 1966 sobre la condición docente: 60 años de derechos escritos y aún incumplidos.

En Chile la carga de aula es mayor. La ley permite hasta 28 horas y 30 minutos de docencia en un contrato de 44, y la OCDE registra 1.003 horas anuales de enseñanza, frente a 710 en secundaria y 770 en básica como promedio. El Colegio de Profesores denuncia que el Ordinario 1691 de la Dirección de Educación Pública fusionará cursos, suspenderá reemplazos de licencias breves y congelará vacantes. Traducido: más estudiantes por sala y cursos sin profesores. A eso se suman el traspaso a los SLEP previsto para el 1 de enero de 2027, con una deuda previsional que afecta a miles de docentes y unos resultados PISA recientes que obligan a dejar de hacer más de lo mismo.

Y sin embargo, siguen llegando profesores y profesoras. Cada marzo alguien entra a una sala, mira 40 rostros y decide que vale la pena. Eso es vocación: la convicción silenciosa de que enseñar es una forma de cuidar. Hay una fuerza en la pedagogía que no figura en ninguna planilla: la que reconoce al niño o al joven que no habla, nota a quién llegó sin desayunar o no durmió por cuidar a sus hermanos o abuelos y convierte una pregunta tímida en pensamiento propio. Cada profesor o profesora chilena sabe que educar es sostener el bienestar de otro ser humano mientras aprende a ser libre, por eso la OCDE consideró al profesorado chileno como una fortaleza real: 88% de los estudiantes siente que sus profesores apoyan su aprendizaje, muy por sobre el 75% de la OCDE.

Por eso una sociedad es, en buena medida, lo que enseña. En la sala de clases las niñeces aprenden que su palabra vale, que dudar no es pecado y que la verdad se busca con otros. Quien enseña a pensar enseña, sin proponérselo, a no obedecer a ciegas.

Esa fuerza incomoda a todo poder que somete: el que impone miedo, el que mercantiliza los derechos o el que ve la educación pública como un gasto y no como un destino. Un pueblo que se arrodilla frente al poderoso no necesita escuelas, solo obediencia entrenada. Una escuela viva forma ciudadanos que miran de frente y que saben que los derechos no se piden de rodillas.

Por eso este saludo viene con cuatro exigencias. Primero, menos estudiantes por sala y más tiempo real para preparar. No se puede cuidar a cuarenta niños o jóvenes a la vez, y el 35% no lectivo incluye recreos, por lo que no alcanza para planificar y evaluar como corresponde. Y menos para ir al baño.

Segundo, tramos de la carrera docente más justos. Que avanzar no tome una eternidad y que los plazos reconozcan la experiencia real de quien lleva años en el aula. Tercero, pago de las imposiciones pendientes. Quien dedicó su vida a formar a otros no debe llegar a la vejez con una deuda sobre su previsión. Cumplir es una obligación, no un favor.

Cuarto, respeto. A la autonomía profesional, al tiempo de preparar clases y a la voz del gremio en las decisiones que lo afectan. Un país que desconfía de quien enseña no puede esperar que la educación mejore.

Mi saludo no es de flores, es de gratitud con exigencia. A las y los profesores: gracias por sostener la promesa de que el mañana puede ser más justo que el hoy, con una vocación que ningún recorte ha logrado apagar. A las autoridades: ninguna reforma ni ranking reemplaza a un profesor con tiempo, sueldo digno y confianza. A la ciudadanía: defender a quienes nos enseñaron a leer es defender nuestra propia libertad.

Que este 16 de octubre sea un compromiso y no un trámite. Un pueblo educado no se arrodilla. ¡Feliz día, maestras y maestros!